Jardín de dalias



Para Dalia Pérez,
flor solitaria en el jardín de sí misma



Y vuelves tu rostro,
tu faz poderosa, como una dalia con la fuerza
intolerable del roble,
como una estrella,
con la ira amotinada y luminosa del relámpago.

Pablo Antonio Cuadra


En busca de amor amamos
tenazmente, lloramos
con las manos sucias, suplicamos
en los precipicios del viento
y gimen las estatuas
con nosotros, nos conmueve
el vacío del cielo.
Tristemente nos besamos,
adiós adiós, nos despedimos
para siempre y proseguimos
por avenidas de mármol
en busca de amor,
enamorados…

Juan Antonio Masoliver Ródenas


De agua.
Lo supe siempre.
Eres de agua.
Profunda,
transparente.

Efraín Bartolomé



I

Donde las flores aguardan que emerja la nueva vida.
Donde los trigales susurran bajo el viento de la tarde.
Donde el sueño del futuro todavía es una esperanza.
Donde las aves recuerdan la historia del árbol que canta.
Donde existe ese jardín sembrado de nuevos brotes.
Donde cada amanecer es el sol cuando despiertas.
Donde cada anochecer es la luna cuando duermes.


Allí deberé reconocerte.



II

¿A dónde me conduce esta senda silenciosa?

Camino entre las dudas y temores, sobrevivo
pensando solamente en mi destino: arribar
al oasis de tus ojos entreabiertos.

¿A dónde te conduce esta senda solitaria?

Habrá acaso un plan establecido, un sitio a solas
que ofrecerá posada, algo previsto,
la respuesta a una oración no musitada,
el sentido de tantas sinrazones…



III

Libérame, pequeña, de tu ausencia.

Todo el mundo te hiere. Todos juegan
a herirte en un sinfín de llantos.

Con tus manos purísimas hazme beber el agua del olvido.
Unge mi frente con tus frágiles dedos.
Enjuga de ternura la herida de mi pecho.

Mujer, hermana de las aves
que comprendes el secreto lenguaje del silencio
y retornas al igual que el mar regresa;
he preguntado mil años y hoy descubro
que en ti habitan todas las respuestas.



IV

Inmóvil ante ti, observo el milagro:
existes. Y en el filo de esta noche
contemplo el hondo abismo en tu mirada.



V

Al borde del lago, entre la hojarasca
con que el otoño reviste los parajes
cuando el viento de la tarde presagia la llovizna,
medito en espera solitaria.

Una pareja pasea mientras entrelazan sus manos.

Mi pensamiento ha volado junto a ti.


Esta noche, lo guardaré al lado
de todos los que lo preceden.



VI

Pondré tu nombre en mis labios,
triste niña que soportas la tormenta.

Sobre tu mirada desciende una sombra de nostalgia.


¡Cuánto diera por crearle un sol a tu alma
y hacer brotar las flores en tus manos!



VII

Es tu pecho un jardín colmado de flores blancas
donde, al amanecer,
un colibrí libará suavemente
el dulce néctar de dos rosas en botón.



VIII

Recostada sobre la arena de la playa,
tu cuerpo no es ya sendero de pájaros;
es un camino inexplorado, una fruta
que borra de los labios sed y hambre,
un despertar a solas, un prodigio
que encierra los Misterios de la Vida,
el llanto mitigado, un espejismo,
la tibieza colmada de ternura,
un dulce amanecer, un suave abrigo
que otorga entre tus muslos el consuelo,
la entrega solitaria, el alma noble,
un beso sin aliento, la esperanza,
un valle de mesetas, montes, cimas
con ríos de leche y miel, con ríos de fuego,
la torre de Babel, un laberinto,
pecado y redención, calma y espasmo…

Tu cuerpo es el altar en que, de hinojos,
un ángel se estremece de deseo.



IX

En la sombra de un árbol que no existe
presiento tu llegada.

Visitas mis ensueños y vigilias.
Eres la constante visión tras de mis párpados.

Me ha cegado la luz de tu presencia.
Cada vez que te acercas me enceguezco.

Tus ojos están llenos de belleza:
el mundo te ha hechizado.

Te escucho y de tu boca emergen
las virtuosas palabras del tiempo.


Ha sangrado tu corazón con mil heridas.
Mas tu firme voluntad es invencible.



X

Zafiros y diamantes en tus dedos
pondré para que adornen tu hermosura;
he de besar entonces, lentamente,
tus dos manos de cera, apasionado;
percibo su tersura, su tibieza,
blancura de tu piel pálida y fina,
formada en sal y mármol, perla y luna,
espuma tenue y luz, nieve tus manos,
cual dos blancas palomas que se elevan
y otorgan con su vuelo una caricia.



XI

Dalia blanca que emerges como rosa,
azulada al sentir honda tristeza,
lejana en tu hermosura, flor aviesa
incierta entre la hierba, vaporosa;
al borde de tu centro, mariposa
pretende ser colmada de belleza,
espléndida cascada que no cesa,
roja lluvia de sangre y pomarrosa;
en tu vientre un jardín, visión preciosa:
zona donde una dalia negra empieza.



* Poemas escritos durante 2005. Se publican aquí por vez primera