Estaciones



Para Adriana Oliveros Parra,
estas Crónicas de la Gran Oscuridad



"Escribo como la primavera
temprana que escribe
el alfabeto común
de anémonas de hayas
de violetas y de acederillas.

Escribo como el verano
infantil como el trueno
sobre las cúpulas de la linde del bosque
como blanco oro cuando maduran
el relámpago y el campo de trigo.

Escribo como un otoño
marcado por la muerte escribo
como esperanzas inquietas
como tormentas de luz
atravesando recuerdos brumosos.

Escribo como el invierno
escribo como la nieve
y el hielo y el frío
y la oscuridad y la muerte escriben..."

Inger Christensen



PRIMAVERA

Escribo porque es primavera nuevamente,
nadie me espera cuando retorno al viejo lecho que ahora es mi refugio
tras el epílogo de una década prodigiosa, soy un animal herido
que se queja y llora y sueña con sentir amor, no miedo;
soy el único soldado de una guerra solitaria, el sueño me atenaza
cada tarde a las seis, después escucho las voces y el sonido de la fiesta
que se extiende por la madrugada colmada de temores,
negra sábana con qué cubrir mis párpados, noche oscura del alma
cuando, colmado de duelo y de tristeza, abrazo el silencio
como se abraza la vida de una mujer amada, todo es una muerte presentida,
un sudario envolviendo los presagios, un luto que nos abre las heridas y yo,
que no creo en el futuro, acudo otra vez al lugar de la cita,
son las ocho de la noche y ya me espera: muerdo los labios de aquella
a quien me unen los lazos de una soledad desesperada,
acaricio su espalda, me consuela, duermo tibio, contemplo
el tatuaje sobre el cóccix, comparto su deseo de adolescente insatisfecha,
el cabello corto y la piel dispuesta, la mariposa en las colinas de su cuerpo;
y el derrumbe, con su estela de escombros retorcidos, parece aún cercano,
aún rondo entre las ruinas, aún contemplo, atónito, el desplome y yo,
que no creo en los presagios, caigo por el abismo de la tarde,
me enredo entre sus brazos y sus piernas pero sigo solo,
padezco la sed del que no sabe cómo saciarla,
observo cada día en el espejo el inclemente paso de los días,
mi rostro es tan ajeno, mi cuerpo tan absurdo,
intento sin lograrlo romper esta condena, no me encuentro
pero sigo acudiendo, sigo avanzando, sigo llegando
hasta esta noche, hasta esta noche, hasta esta noche
en que hemos sido presentados, la encuentro sin saber que la buscaba,
sin entender que esa mujer desconocida me ha marcado, que revivo
porque ella está ahí y yo la miro, y de pronto es primavera nuevamente,
las flores nuevas brotan de las flores ajadas, sé que brotan porque puedo olerlas
en la caricia de su perfume, dulces como el fruto del manzano,
logro adivinarlas en el movimiento de sus manos, las flores nuevas brotan y yo,
que no creo en el destino, sé que el destino me devuelve la mirada
en cada mirada suya, las flores siguen brotando, es un torrente de flores,
el destino me aguarda en su presencia, me aguarda allí el destino,
me aguarda en sus labios rojos y en sus ojos insondables,
flores como labios y ojos como futuro, una vida renaciendo
porque otra vez es primavera, porque el agua es cristalina,
porque el porvenir se adivina en cada instante que la miro y que me mira
aunque ella no lo sepa, porque hay un jardín brotado de la muerte,
su recuerdo me espera cuando retorno al viejo lecho que constituye ahora mi refugio
tras el epílogo de una década prodigiosa, soy un hombre curado
que medita y ríe y sueña con sentir amor, no miedo;
soy el único soldado de una paz acompañada, el sueño me recibe
cada tarde a las seis, después escucho las voces y el sonido de la fiesta
que se extiende hasta la mañana colmada de ilusiones,
blanca sábana con qué cubrir mis párpados cuando,
colmado de alborozo y alegría, abrazo el silencio
como se abraza la vida de una mujer amada, todo es una vida inesperada,
no sabe de mi presencia pero sé todo sobre ella,
no sabe que existo ni que en mí ha creado una fuente,
no sabe que vivo y la contemplo asombrado porque ella es un instante eterno,
el hilo de Ariadna que me guía fuera de este Laberinto,
una caja de Pandora que se ha abierto y en la cual se vislumbra la esperanza...



VERANO

Escribo porque es verano nuevamente,
la he visto, me ha mirado, no creo en Dios pero corro hacia ella,
corro a sabiendas de que quizás nunca logre alcanzarla, que se aleja,
que podríamos construir torres de pájaros, torres sonoras, torres de trinos,
pero me ha advertido de antemano que no avance más allá del lindero señalado,
me lo ha advertido con incertidumbre en los ojos
pidiendo que abandone la esperanza,
que mi cercanía es sólo un báculo en que apoyarse, soy una sombra
conforme con enjugar su nostalgia, con beber su llanto y ella,
que no cree en los rompimientos, me habla de otros labios y otros cuerpos,
de los desencuentros como viejas estaciones de tren abandonadas,
de pañuelos agitados en señal de despedida, adiós adiós adiós, te veré pronto,
me habla del eterno retorno y de la ausencia
calando los huesos del alma, yo sólo escucho, yo me limito a escucharla
porque soy la sombra conforme con brindarle consuelo, con sentir el hombro
mojado por su dolor y su desesperación, con besar sus mejillas y decirle
que todo pasará aunque sepa que no es cierto, aunque me indigne su lejanía,
aunque no entienda que alguien la haga llorar, aunque se agite entre mis brazos
sacudida por los espasmos de la tristeza, me he convertido
en un ser que se alimenta de sus lágrimas y a quien el porvenir le está negado,
nos damos cita en los sueños, aparece tras mis párpados cerrados;
mas construyo poco a poco sus sonrisas,
cada jornada es colocar una nueva piedra
para erigir la fortaleza donde logre guarecerse y ella,
que no cree en los adioses, lentamente va cediendo al sol de este verano,
desvía la mirada para contemplar en derredor suyo el mundo que habitamos,
tímidamente se acerca, se aleja, vuelve a acercarse, juega con la idea
de probar este fruto, de aspirar el aroma fragante de este bosque donde ambos
corremos como chicos que se toman de la mano y vuelven a soltarse,
que se miran a los ojos sin atreverse a cruzar el límite que los separa
de un círculo en torno al cual dan vueltas eternamente,
uniendo las miradas y alejando los labios, una danza absurda
que debe cumplirse, y entonces todo es ritual, todo es un símbolo,
ambos sabemos que no hay forma de escapar,
que me encuentro atrapado en su presencia y necesito su cercanía, su risa,
que en sus ojos reaparece lentamente la alegría, que se ha dado cuenta
de cosas que quizás no pueda aceptar jamás, pero yo prosigo, yo prosigo,
colocando una roca cada día para su castillo, persigo esa luz en sus pupilas,
bebo sus palabras como el agua lustral de un manantial insospechado,
recorro el arduo camino que ha de conducirme a ese sitio bendecido
porque la he visto, me ha mirado, casi podría creer en Dios, corro hacia ella,
corro a sabiendas de que quizás logre alcanzarla, que se acerca,
que podremos construir torres de pájaros, torres sonoras, torres de trinos,
que la invito dulcemente a avanzar más allá del lindero señalado,
me lo ha expresado con incertidumbre en los ojos
y le pido que reencuentre la esperanza,
que mi cercanía es más que un báculo en que apoyarse,
que no soy sólo la sombra
conforme con enjugar su nostalgia, con beber su llanto y ella,
que no cree en el reinicio, me habla de otros labios y otros cuerpos,
de los desencuentros como viejas estaciones de tren abandonadas,
de pañuelos agitados en señal de despedida,
adiós adiós adiós, volveremos a vernos,
me habla del eterno retorno y de la ausencia,
alguna vez me dice que el universo puede ceder ante un deseo
y por eso sonrío con la fe de quien sabe que lo inexorable
es un encuentro dispuesto de antemano, algo escrito en el Libro de la Vida,
que avanzamos para llegar puntuales a la cita con aquellos que seremos,
para cumplir cabalmente
con los tiempos fragmentados de nuestro ineluctable destino...



OTOÑO

Escribo porque es otoño nuevamente,
ella me espera a las nueve de la noche en el restaurante de la avenida
donde comeremos cordero y beberemos vino generoso, vino dulce
como dulces son los ojos con que me contempla mientras hablamos del mar,
como dulces sus palabras cuando dice que le gustan el océano y sus abismos
y que anhela como yo ver el mar Mediterráneo,
el insondable mar de barcos hundidos y leyendas perdidas, el mar griego,
como griego es el cordero y el vino de su boca y nuestro anhelo;
correremos luego para ganarle a la lluvia
que en estos días de octubre lava nuestras miradas como lágrimas,
lágrimas saladas igual que el mar de Grecia,
lágrimas que compartimos cuando, abrazados en la soledad de la casa,
a veces lloramos por nuestras viejas cicatrices y ella,
que cree en el amor, se ríe como una niña con mis bromas infantiles,
me cuenta de sus niños y de otras sonrisas en otros rostros
que le inundan de esperanza el corazón y están presentes
cuando caminamos tomados de la mano, por esas calles viejas, pedregosas,
mojadas por el llanto del crepúsculo, resecas bajo el sol de la mañana
que me despierta cuando duermo, como un crío, entre sus brazos
y agradezco su presencia, mi rostro en su cabello, mi piel aromada
con el dulce olor a pan y a flores frescas de su cuerpo; y ella,
que cree en nosotros, se levanta desnuda y frunce los labios porque es ya tarde
y unos brazos infantiles la requieren, yo la miro
como la ve también esa pintura que cuelga cerca de la cabecera, yo la miro
con sus ojos de niña y su sonrisa de niña y su corazón de niña,
la miro mientras este otro que soy yo mismo escribe
que es otra vez otoño y otra vez puedo sentir
cómo acaricia mi rostro, dejar mi beso en su cadera,
verla bailar en las fiestas, oír el sonido de la guitarra
mientras la gente va y viene conversando sobre la guerra,
le diré que está hermosa y que me gustan sus manos,
que toda ella me gusta, luego nos escribiremos cartas
para llenar los momentos en que no estemos juntos,
pondremos nuestra fe en esta enésima esperanza:
amor es una forma de nombrarla y digo amor por no decir que muero,
que a cada instante entre sus manos muero,
que muero en cada sonrisa y cada lágrima,
que a su paso florecen las margaritas y es ya un prado mi existencia,
el futuro es un espejismo y todo espejismo es un sueño del desierto;
el milagro del querer se ha consumado, me hablará de las calles de su pueblo,
de un río eterno entre las manos,
y yo sonreiré al imaginarla recién bañada, siendo una niña y ella,
que cree en Dios, musitará una oración antigua,
me esperará cada viernes a las nueve de la noche, en el restaurante de la avenida
donde comeremos cordero y beberemos vino generoso, vino dulce
como dulces son los ojos con que la observo mientras platicamos del océano,
y el tiempo no importará porque somos inmortales,
porque el tiempo somos nosotros, y las noches y los días y las calles pedregosas
contarán a los hombres que la amo,
que soy una rosa que se alimenta de su sangre...



INVIERNO

Escribo porque es invierno nuevamente,
ella se ha marchado como un barco a la deriva que enfrenta escollos y tifones,
las hojas resecas que hace meses cubrían el suelo ya no existen:
es el tiempo de los hielos, del abismo, el tiempo de la prueba
que exalta la atroz lucidez del insomne, es el tiempo de la escarcha,
soy un muerto que camina, un muerto que habla, llora, se desviste
antes de meterse en la cama, enterrado bajo el peso de las sábanas y yo,
que creo en la muerte, me siento ante la mesa, comiendo solitario un trozo de pan,
bebiendo del amargo cáliz de la ausencia, ella se ha ido y yo estoy tan frío,
ella se ha ido y yo estoy tan ciego, ella se ha ido y yo estoy tan solo,
algo se agita en el fondo de mi pecho, el ocaso me señala la muerte del porvenir:
he venerado dioses desde el filo de mis ojos y mis dientes y he mirado
y he comido de la carne de la tarde ya ofrecida
;
soy un puño apretado, una agonía, el crepúsculo grisáceo del llanto contenido,
la sinrazón elevada a los altares, el absurdo convertido en cotidiano,
todavía no es diciembre y ya todo está muerto, y ella no responde, no responde,
no sabe quién domina la noche, la ventisca que azota mi ventana
la ha visto llorando con las flores en la mano, cien mil voces entonan oraciones,
se desbordan en violentas letanías al interior de la memoria, al fulgor del tiempo,
tragedia de un círculo infinito, eternamente repetido y yo,
que creo en el fuego, veo arder entre la nieve los despojos de mi corazón,
las bugambilias vestidas de blanco, el liquidámbar y su indiferencia centenaria;
hay nuevas cicatrices, un futuro hecho jirones,
huelo su aroma en todo el lecho y aún la amo,
escucho su palabra entre las sombras y aún la amo,
miro sus cartas desgastadas por el roce de mis manos y aún la amo,
siento la tibieza de su cuerpo congregado y aún la amo,
pruebo el gusto de su boca y el sabor de su saliva y aún la amo,
es mi alma un camposanto, tengo un dolor tan puro que me colma
y yo aún la amo; pero ella se ha marchado
como un colibrí en libertad que se enfrenta con la oscuridad,
las hojas resecas que hace meses llovían del cielo ya no existen:
es el tiempo de los hielos, del abismo, el tiempo de la prueba
que exalta la atroz lucidez del insomne, es el tiempo de la escarcha y yo,
que creo en la soledad,
sé que no lograré extinguir este infierno que devora mis entrañas,
ni apagar esta lumbre que incendió las estaciones...



* Poemas escritos durante 2006, incluidos en el libro Funeraria, publicado en 2007 por el Instituto Veracruzano de Cultura, en su colección "Cuadernos del Baluarte". Mi deuda al escribirlo fue grande e impagable. El título del volumen y algún que otro verso robado forman un pequeño homenaje a la poetisa regiomontana Ofelia Pérez Sepúlveda, en memoria de las jornadas de Mazatlán en 1998 y, sobre todo, de sus impresionantes líneas. Por otra parte, las tres mujeres que inspiraron el volumen y cuyos nombres constan al inicio de cada apartado, fueron, son, serán, parte del sueño recobrado durante la desesperanzada noche de la muerte.