
Mariana Yampolsky vivió y convivió con el arte desde su infancia. Hija del pintor y escultor Oscar Yampolsky, su entorno primigenio incluyó esa preparación para la estética que a los hijos de artistas distingue y caracteriza. Ya Elena Poniatowska abordó la anécdota que encaró a la futura fotógrafa con una casa de muñecas más grande que ella, que incluía muebles, luz eléctrica, agua corriente y una cocina que funcionaba.
Ese primer enfrentamiento con el asombro, esa entrada de lleno a un mundo onírico marcó, sin duda, lo que sería su vocación. Desde aquella navidad vivió asombrándose. Como a aquel célebre personaje de Carlo Collodi, “el mundo le ha hechizado”. El silencio de Mariana Yampolsky, ese que acompaña por definición a la labor fotográfica, es entonces reflexivo, vinculado al análisis de lo mirado, pero también a la inevitable caída en los vericuetos del encantamiento visual.
En su vida y en sus placas, los personajes desfilan como en una silenciosa procesión de marcas indelebles: lo mismo Pablo O’Higgins que Leopoldo Méndez, Alberto Beltrán que Alfredo Zalce. De su trato con Lola Álvarez Bravo nació el interés por las etnias y sus costumbres. Desde entonces, recorrería sin cesar un país de contrastes, para averiguar por qué la sorpresa de observar no cesa nunca.
La recuerdo aún, en Xalapa y en Veracruz, cuando hablábamos sobre fotografía mientras tomábamos café. La acompañaba su esposo. Mariana era una niña grande, una niña vieja. Reía con soltura, se mostraba siempre afable. Conservo aún sus libros dedicados, uno de los cuáles presenté.
Llegar a Tlacotalpan fue otra parada en la senda del viaje lumínico. Con el río Papaloapan se inició un romance que duraría medio siglo, un enamoramiento que, como en el soneto de Sor Juana, se basaba en el eterno “engaño colorido”.
Fue el principio de un recorrido sensitivo que hasta hoy perdura: el aroma de las flores, el sabor de la comida tradicional, el sonido de los fandangos, el vivo colorido de la fachada de las casas, la sensación táctil de la piel mojada por el sudor, por el agua del Río de las Mariposas, por el jugo de los frutos. La experiencia de Mariana Yampolsky en Tlacotalpan fue sensual y estuvo cargada de onirismo. Soñó en y con Tlacotalpan, y en el impasse que es la vigilia aprovechó para tomar fotografías que ya forman parte de la memoria visual mexicana.
La atmósfera tlacotalpeña pervive con la lucidez de su olfato creativo. No trató únicamente de registrar la realidad, sino de interpretarla; de hurgar en los secretos que se agazapan en el festejo de La Candelaria, en la cantina donde “no se admiten menores de edad o mujeres de mala nota”, en la carnicería y la callejuela, en el portón y sobre el caballo del lechero. Intuyendo, como mujer y como fotógrafa, que nada es lo que parece, que todo es una simulación, que Tlacotalpan es un sitio habitado por fantasmas, por arcángeles, por desterrados del perdido Edén que podrían afirmar, como Vicente Gervasi: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”.
También conoció su lado luminoso: la generosidad de un pueblo sencillo, el espíritu festivo de sus habitantes, la reflexión ante un futuro incierto. En una localidad que era ya, de manera oficial, Patrimonio de la Humanidad, Yampolsky caminó sobre la tierra y encima de las piedras para encontrar otra visión, otra forma de mirarse, otra manera de ver.
Allí, en sus fotos y en el ojo de su mente, están el papel picado y la escultura de la virgen, el rosa mexicano y un niño que hace piruetas, varias muchachas que bailan y la cortina que tapa una sala. Allí nuestro rostro en tantos rostros, nuestra historia en tantas otras, nuestro afán en tanto tiempo. Allí, en la memoria, Mariana Yampolsky buscando, como José de la Colina, un “pequeño, pero inmenso mundo, en el que la realidad no estuviese divorciada con el sueño”.