Erzebeth



Para Elizabeth Pazos Marín,
este legado de sangre



Porque no tengo esperanza de volver otra vez,
porque no tengo esperanza…

T.S. Eliot


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos...
Cesare Pavese


Los hombres todos matan lo que aman.
Óscar Wilde



I

En tus pechos, pequeña, mido el tiempo,
las horas transcurridas del ocaso,
intrépidas palomas, sendos montes,
zarpazos derribando las gacelas,
arbustos del Jardín del Paraíso
brindando al pecador dos dulces frutos
e intuyes, Erzebeth, que en esta noche
tormentos innombrables se agazapan,
horrendas intenciones que te matan;
por tus pechos, pequeña, mido el tiempo,
avanzo en un instante por tu cuerpo,
zarcillos encendidos tus cabellos,
obtengo su textura, su inclemencia,
su suave libertad, su tibia ausencia,
morir sobre tus pechos yo quisiera,
arder como se encienden las hogueras,
rozar su cima a besos, oh adorada,
interponer mi amor ante la estaca,
no hundir su punta cruel, su atroz madera.



II

Zarpaste en aquel barco a la deriva
sin temor ante el rostro del océano;
de poco sirvieron las advertencias,
el cielo eclipsado por nubarrones,
el oleaje estrepitoso destrozando
las cambiantes construcciones de la arena;
aquella goleta adentrándose en el mar,
víctima de los designios de un futuro aciago,
se fue quedando poco a poco en silencio:
nunca cesó la tormenta, no logró llegar a puerto.

Abordando una nave condenada
tripulada por un puñado de esqueletos,
te marchaste, Erzebeth, quedando errante,
sin faro, sin amarras, sin velamen...



III

Centinelas aguardaban, Erzebeth,
en el rumbo del jardín.

Los ojos de las estatuas nos observaban sin piedad
con sus rostros blancos recubiertos de ese limo,
ateridas por el mármol que formaba su gris carne.

¿Por qué el sortilegio que sus cabellos produjo
no pudimos comprender
y en vano nos esforzamos por huir de su mirada
igual a esos pájaros nocturnos
que gozamos estrujando entre los dedos?



IV

Las horas del ropero aún perviven en mi mente.

Una espera alucinante.
Las preguntas sin respuesta.
La madera con sus vetas.
Erzebeth y su perfume.

El roce de su vestido que colgaba en un perchero.


Y la triste caricia de una araña
que silente anhelaba compañía.



V

Con su aureola presagiaban la condena.

Colgados en los muros de la casa
mostraban sus llagas con orgullo.

Tu santidad, Erzebeth, era el mayor pecado.

Por eso nos postramos frente a ellos
mientras la abuela leía versículos perdidos
y hacía pequeñas incisiones en tus manos.



VI

Nuestra madre, Erzebeth, dormía en su propio cuarto.

Tres golpes a la puerta y el chirrido.


Sin ojos, aún solía peinarse
frente al espejo.



VII

Eras niña y como tal jugabas.
En tus ritos, Erzebeth, incluías aquellos huesos.

Me he despojado de la piel para entenderte.

¿Es acaso la infancia una muerta que a gritos
nos reclama atenciones mientras niega el deceso?



VIII

He de mirar con los ojos sangrantes el ocaso de las rosas,
la muerte de tu inocencia que,
escondida entre castillos de juguete,
agoniza entre estertores lastimeros,
procesión interminable de dolores,
infancia destruida, sin recuerdos,
he de mirar con los ojos sangrantes
el desdibujado color de la pureza, Erzebeth,
y eres incendio
que has causado la desdicha de ti misma,
una plegaria inconcebible,
un deseo suicida, un eterno retornar hasta la orilla
de un océano de fuego y desventura,
sin consuelo, sin refugio,
no eres niña de unos ojos no sangrantes, sin heridas,
eres lirio transmutado en una sierpe,
un relámpago que anuncia la tormenta,
una estatua de oro y piedra que adoramos
aunque nunca, imperturbable, nos conteste.



IX

Porque fuiste consagrada a Dios, es tu belleza
el legado ancestral de aquella madre,
la mujer primigenia, la costilla,
quien causó la caída del amante, la irredenta,
la ambiciosa, la primera, Erzebeth, la más hermosa
bautizando la creación perecedera, la que un día
cubrió su desnudez con los pudores
de quien mira en su carne seducida
el estigma de los ángeles caídos.



X

Observabas marchitarse las orquídeas,
huir a los canarios, irse el tiempo,
derrumbarse esperanzas, caer imperios,
perder la fe a los santos, morir dioses,
secarse ríos y mares, y en el cielo
apagarse una estrella inexistente,
mirabas al amor volverse nada,
la vida en polvo siempre transformada.

Veías tanto, Erzebeth, pero has llorado
al comprender que en ellos te observabas.



XI

Serpientes devorándose a sí mismas
reptaban, Erzebeth, entre tus muslos.

Hermana de la calma y el invierno,
semejas a la muerte por serena;
tus rasgos delicados, tu caricia:
un pétalo de hielo estremecido.

¿Amarás a un hombre formado de vacíos?
Desnudo de ti no podrás verlo.
No hay tormento más cruel que la esperanza.

Tus ojos insondables lo han herido,
has marcado en su piel tu nombre a fuego.

Hay un círculo invisible que no ha sido traspasado,
una inacabada cita, algo pendiente,
el paso nunca dado, un hasta pronto.

El silencio de un sepulcro en cuyo borde
aguarda una piedra en qué grabar tu nombre.



XII

Amada, nuestros labios callan un secreto:
que somos tan iguales, tan distintos...

Colma tu boca de niña un vino dulce.
Colma tu boca de adulta un vino amargo.

Hay gatos deambulando con pupilas feroces,
una bruja se esconde en los tejados,
un brebaje de amor, un maleficio,
bailan seres siniestros por los bosques,
espíritus funestos manifiestan
su rostro descarnado y espantoso,
murmuran las ancianas oraciones,
gemido de los perros apaleados
y adentro de un castillo de altos muros,
tú duermes como duerme un alma santa.

¡Oh, Erzebeth, dulcísimo veneno,
en madrugadas terribles he velado tu sueño!




XIII

Reflejo tuyo soy, soy la serpiente,
soy el grave deseo que te estremece.

Soy el monstruo, Erzebeth, de un tiempo extraño,
una mítica bestia, un asesino
que avasalla inocencia, fe, esperanza.

La sombra y el silencio, soy tu miedo.

La mariposa nocturna
que promete la muerte entre sus alas.



XIV

Ante nuestro padre te atreviste.

Nadie pudo detener tu ruta, Erzebeth.
No lo quisimos.

Con cierto gozo te miramos
abrir la hoja. Entrar. Y nuestra espera
se acentúa en cada año que se cumple...



XV

Jugábamos en el pasillo sin traspasar el umbral.
Había serias advertencias.

Los murmullos eran incitantes y acechaban.


Y el sonido de Erzebeth tras de la puerta...



XVI

Llorabas, Erzebeth, después reías,
como ríen quienes contemplan a Dios
y vislumbran en sus ojos la locura.



XVII

Erzebeth puse un dibujo de tu rostro
colgado en el dintel que tú franqueaste.



XVIII

Te llamabas como tu madre y tenías el cabello negro.

Cuando eras niña
descubriste el secreto de la habitación del fondo.

Aún conservamos tus trenzas
guardadas en una caja de madera.


Erzebeth, tu dulce nombre
no debe pronunciarse.



XIX

A todas mis preguntas el silencio:
ante el delirio fui transfigurado.

La marca se encontraba inadvertida.

Me he vuelto un dios llorando en agonía.


Aguardo la llegada de mi Reino.



XX

Nuestro despertar fue el estrépito de tu caída.
La torre oscura derrumbándose en la noche.

El amanecer, Erzebeth,
vestido de escarlata entre las sienes.

En el suelo
cada vez más distante
yacías.


No logro recordar más que la sangre...



XXI

...y era otoño Erzebeth cuando hubo sangre
sangre en mi cama en mis manos en mi pelo
en mi rostro en la puerta en la cortina
en el lavabo en los libros tanta sangre
en la madera en la ropa en la comida
en el agua en los pisos en las flores
en los árboles la luna y las estrellas
en la lluvia en los cielos en mi lengua
sangre sangre sangre sangre sangre...



XXII

Viví con la muerte de mis padres y hermanos.

De los sueños, Erzebeth, extraje miedos.

No he de escuchar de nuevo sus lamentos.
No he de saber qué ocurre mientras duermo.
No he de saber qué ocurre.



XXIII

Zapatillas de blanca transparencia,
blanco el vestido, blanco el tocado, blanco
el velo que en tu rostro he colocado,
como blanco es el ramo, flores blancas
resguardando lo blanco en la pureza,
surges blanca, Erzebeth, blanca te quedas,
vistes de nieve y luz, de sal y cera
y al pie de los altares blanquecinos,
el rojo es la blancura de tu entrega.



XXIV

A la sombra de un árbol abatido
retornas, Erzebeth, sin agonía.

Dejaste abandonado el camposanto:
allí yacemos
todos los que en tus ojos nos perdimos.

Nunca recuerdas nuestra existencia:
solamente conservas de esos tiempos
el fuego irrefrenable del deseo,
la dulce suavidad de una mujer,
los años de paciencia esperanzada.

Algunos corazones ofrendados,
que han perdido su fuerza y lozanía.

Los susurros de amor, los días de llanto,
el Infierno de todos tan temido...



XXV

El agujero en la mitad del pecho,
un orificio que exhibe la memoria
del corazón ausente, su dolencia,
las horas de tormentos amorosos,
siete mil madrugadas de demonios asumidos
bajo el conjuro de una oración no musitada,
el susurro de los celos, la madera
con su crujido doliente y perezoso,
y tú, Erzebeth, la niña que no entiende,
que no comprende por qué le duele tanto...



XXVI

Todo féretro es una caja de muñecas.

Por eso trocaste tus juegos infantiles
por la contemplación absorta de esa inmóvil ausencia.

Conservas, Erzebeth, a estos inermes
que cosidos e impávidos esperan
los vistan, acicalen y coloquen,
con las manos cruzadas sobre el pecho,
al fondo de algún cofre de madera,
igual que atesoramos un vislumbre
del otro territorio de este reino.



XXVII

Besando el cuerpo exangüe sobre la mesa manchada
por los humores vitales y los líquidos perdidos,
dispones, Erzebeth, los instrumentos del ritual,
sierras los miembros, escoges las mejores piezas,
seleccionas los fragmentos que incorporas al engendro,
al ente demoníaco que al abrir un ojo acuoso
ha de mirar en tu rostro la dulzura de una madre
bajo el oscuro cielo de esta noche de noviembre.



XXVIII

Ante el vuelo nocturnal que te estimula,
mientras sientes convertirse en sendas alas tus espaldas,
te abandonas, pues descubres que la sed es tu tortura,
es un ansia irrefrenable de saciarte con el néctar
que escarlata brota y mana de los cuellos que te tientan,
así despliegas tus brazos, te alimentas de hemorragias,
sobre dientes blanquecinos quedan manchas pardoscuras
y Erzebeth, bañada en sangre, rojo el rostro luminoso,
brindas besos que la lástima ha inspirado
para el inerme extenuado
que sujeta escapulario entre sus dedos afligidos
y ha adquirido el tono pálido de este hombre que, al mirarte,
por amor ante tus ojos se descubre la garganta...



XXIX

Ignoras la pelambre hirsuta
de aquellos que te llaman hermana, la saliva
resbalando de sus fauces infernales, el hocico
con el aliento de la carne mancillada, el fulgor de los ojillos
que en destellos de locura te contemplan,
ni siquiera los gruñidos
proferidos en la voz viril del lobo, el aroma espeso de la fiera,
la promesa de las garras, el acero de los músculos tensados,
te convencen de ocultarte ante las bestias, Erzebeth,
tú misma toda rabia, toda furia, te transformas,
la manada te recibe entre sus miembros, vas de caza,
los aullidos anunciando el festín de la matanza
que ni el perdigón de plata ni la culpa ineludible
detienen cuando florece el acónito
bajo el brillo de la luna llena...



XXX

Intento retener la vida entre mis manos,
la muerte calcinante se aproxima.

Lo contemplo, Erzebeth, grande y terrible,
las garras que desmiembran trozo a trozo,
las alas que oscurecen todo el cielo,
el cuerpo impenetrable, las escamas,
las fauces vomitando fuego, azufre,
el grito que es rugido de victoria.

Triunfó el dragón y reina: no hay espada
que impida el salvajismo nos devore.



XXXI

Mi vida en una jaula es vana ofrenda,
regalo que desprecias pues requieres
las violetas gimientes, la violencia
del fuego de un amor sacrificado,
ven, tómame, Erzebeth, concluye y tómame,
devora cada parte de mi carne,
bebe mi sangre oscura, sé mi aliento,
consume mis entrañas, muerde a ratos
los huesos que extrajiste de mi pecho,
toma mi corazón, tómalo entero,
es fruto de este árbol que es mi cuerpo,
desgárralo y en tu boca impaciente
degusta sus sabores, su silencio...



XXXII

Debes tomar mi cuerpo y extraerlo
tras apartar la tierra apisonada,
al destapar la caja en que a menudo
se incuban pesadillas demenciales;
no temas: mis brazos se abrirán de nueva cuenta,
el rictus de mi rostro es una máscara,
no percibas la rigidez del pecho, ni el aroma
del infausto agujero en que reposo,
aparta de mi rostro los insectos,
ignora la humedad de mis cabellos,
mortaja que se abrocha tras la espalda,
recuerda que mis ojos se hallan secos,
recuerda que es un foso mi garganta,
recuerda que he perdido la tibieza,
asume esa frialdad que me consume.

Debes tomar mi cuerpo y extraerlo.

Y entonces, Erzebeth, llévame a casa,
ofréceme tus labios, dame abrigo,
dancemos por la noche de la muerte,
arrópame en el lecho que escogimos.

No permitas que el tiempo me destruya.



Poemas escritos durante 2005, pertenecientes al libro Funeraria, publicado en 2007 por el Instituto Veracruzano de Cultura, en su colección "Cuadernos del Baluarte". Antes aparecieron editados en algunos suplementos literarios. Mi deuda al escribirlos es grande e impagable. El título del libro y algún que otro verso robado forman un pequeño homenaje a la poetisa regiomontana Ofelia Pérez Sepúlveda, en memoria de las jornadas de Mazatlán en 1998 y, sobre todo, de sus impresionantes líneas. Por otra parte, las tres mujeres que inspiraron el volumen y cuyos nombres constan al inicio de cada apartado, fueron, son, serán, parte del sueño recobrado durante la desesperanzada noche de la muerte.