Carlos Manuel Cruz Meza y Omar Piña
De entre la escritura de ficción, ¿por qué hacer poesía?
Creo que es el género que nos permite, de manera más adecuada, expresar algunas de nuestras emociones más complejas sin descuidar por ello el pensamiento. Razón y emoción pueden convivir, combinarse y complementarse en el poema. Por supuesto, la narrativa y el ensayo también presentan aspectos poéticos.
¿Sirve endilgarse la etiqueta de “poeta”?
Me parece un acto de esnobismo. Yo prefiero definirme como escritor, estoy más cómodo con ese parámetro, además de que subraya la diversidad de géneros que manejo en mi producción. Si uno es o no es poeta, lo dirán los lectores y aún más: lo dirá el tiempo. Nunca nosotros mismos. Tampoco creo que interese demasiado; la poesía no es el camino hacia los reflectores, sino un honesto acto de creación. Los escritores verdaderos no se sirven del lenguaje: son sus servidores.
¿No crees más fácil trasladar las competencias poéticas a sus aplicaciones concretas y modernas, como puede ser la canción?
No, claro que no. Es como suponer que debemos olvidar la pintura en aras de la fotografía, o el cine por la televisión. Son géneros muy diferentes, y además el poema es más moderno que la canción, puesto que la música fue creada antes que el poema. La relación entre el lector y el poema nunca será igual a la relación entre el escucha y la pieza musical.
Pongamos dos ejemplos, Silvio Rodríguez (Cuba) y Joaquín Sabina (España). ¿Serían tan conocidos si publicaran en papel?
No, no lo serían, porque la música es popular y la poesía es elitista. Tampoco entiendo qué tiene que ver la popularidad con la calidad. Ser o no popular no hace que tengas ni más ni menos calidad en tu obra. Además, uno no escribe para aparecer bajo los reflectores, sino para expresarse. Diferenciemos lo que es tener vocación escritural de lo que es ser un mercenario de la palabra, preocupado solamente porque los demás nos reconozcan. Si uno es conocido o no, es aleatorio de la necesidad de crear. Tampoco creo que debamos comparar a los poetas con los cantautores como Sabina o Silvio; en sus canciones puede haber destellos de elementos poéticos, pero no son poemas en un sentido estricto.
¿Un poema tiene la capacidad de cambiar la mentalidad de un pueblo?
No, aunque sí puede penetrar en el imaginario popular; en México, lo vemos sobre todo con ciertos poemas decimonónicos. Pero recordemos que la poesía es uno de los géneros literarios menos populares.
Con toda seguridad, de tu panteón literario consideras que deberá recordarse a tres poetas. ¿Cuál es el motivo?
El motivo es que la lectura nos hace mejores seres humanos, nos marca, nos transforma; leer es siempre un acto de iluminación individual, una epifanía, y por eso nos seduce. Sin embargo, es reduccionista hablar de “tres poetas”. Mencionaré algunos al alimón: Octavio Paz, T.S. Eliot, Constantino Cavafis, Ezra Pound, Edgar Allan Poe, Jorge Luis Borges, Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Dante, Novalis, William Blake, Robert Frost, Georges Schehadé, Guillaume Apollinaire, Charles Baudelaire, Safo, Fernando Pessoa, John Donne, e.e. cummings, Cesare Pavese, Paul Verlaine, Emily Dickinson, Lord Byron, Umberto Saba, José Carlos Becerra, Laurie Anderson, César Vallejo, Rainer María Rilke, el Arcipreste de Hita, Luis Cernuda, Anne Sexton, los poetas del Siglo de Oro, Derek Walcott, Miguel Hernández, Percy Shelley… También creo que no debemos limitarnos a leer poesía. Por ejemplo, yo leo mucha narrativa, filosofía, ensayo, cómics, textos de divulgación científica, crítica de medios, teatro, historia, entre otras disciplinas. Entre mis autores entrañables están muchos filósofos: Platón, Aristóteles, Marco Aurelio, Hildegard von Bingen, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Thomas Moore, Erasmo de Rotterdam, Michel de Montaigne, René Descartes, Baruch Spinoza, G.W. Leibniz, Thomas Hobbes, John Locke, George Berkeley, David Hume, Montesquieu, Voltaire, Jean Jacques Rousseau, Immanuel Kant, y posteriores como Fichte, Hegel, Schelling, Schopenhauer, Kierkegaard, Clausewitz, Herder, Nietzsche, Heidegger, Sartre, Laswell, Saussure, Simone de Beauvoir, Berelson, Umberto Eco, Roland Barthes. Y aún más: debemos abrirnos a toda clase de fuentes. Escuchar música, ir al cine, apreciar las Artes Plásticas, ver televisión, conversar, bailar, comer un buen platillo, beber un buen vino, hacer el amor, viajar. Vivir. Hay una frase de Sergio Pitol que incluye en ese libro maravilloso que es El arte de la Fuga, la cual me fascina: “Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, el cine y la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuántos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.
Y así como tenemos filias, tenemos fobias. ¿Borrarías a algún poeta de la fauna de la literatura?
No. No soy tan pretencioso como para lanzar ese tipo de descalificaciones, aunque sé que la Literatura es un ágora, no una plazuela. Puedo decirte, eso sí, qué clase de poetas no me agradan. Los que recurren al expresionismo de barriada, se regodean en los lugares comunes, convierten el poema en manifiesto, usan los clichés cantineros o se escudan, bisoños, en un lenguaje rimbombante sin que exista una razón para utilizarlo.
¿Cuántos amores te has agenciado porque les escribas un poema?
Quizás el de aquellos lectores que, de alguna forma, pudieran haberse sentido identificados con mis palabras; aunque amar la obra no quiere decir amar al autor de la misma. Tampoco sé si alguien ame mi obra, así que me quedo igual. Ahora que si te refieres a parejas… no creo que un poema sirva para que alguien se enamore de ti. Sería pueril pensar de esa manera. Además, escribir para enamorar se me haría una falta de respeto a mi labor escritural y una inmadura demostración secundarista. No hay fórmulas para enamorar a una mujer, porque todas las mujeres son diferentes y existen los contextos. También son distintas todas las relaciones de pareja; no todas las mujeres con quienes he sostenido una relación amorosa me han dado motivo para poetizar. He realizado, eso sí, poemas para algunas mujeres que he amado profundamente, textos que ellas de una manera u otra han propiciado. Con algunas he estado relacionado sentimentalmente y con otras no; amar a una mujer y escribir sobre ella no implica que te corresponda. Han sido, eso sí, muy pocas series poéticas, contadas con los dedos de una mano, y esos poemas siempre pasan por el rigor de la corrección y el distanciamiento que otorga el tiempo.
Hay un poema de Fernando Pessoa, que firma Álvaro de Campos, donde se afirma que “Todas las cartas de amor son ridículas”. Estrofas más adelante asevera: “Pero, al fin y al cabo, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor sí que son ridículas”. ¿Amor y poesía es una mezcla soluble al espíritu?
Sí, una cosa no excluye a la otra. El amor es una causa para la escritura, tan válida como cualquier otra. Por supuesto, no quiere decir que se deba convertir al poema en un acto confesional, sino transmutar ciertas emociones en una obra de creación. No creo que sea un acto de cursilería mientras no olvidemos que un poema de amor no es lo mismo que una carta de amor. Los místicos cristianos escribieron poemas para su Dios, y no creo que el amor divino sea menos válido que el amor terreno. Asumamos también ciertos matices que podrían considerarse contradictorios: yo soy ateo y he escrito poemas con carga religiosa, porque Dios es un símbolo muy poderoso. Combino el ateismo con la espiritualidad. De cierta manera, un poema es herida abierta, corazón exhibido, víscera latente. Es como un ser vivo, que araña, grita, sufre y clama, que reclama nuestra atención y exige de nosotros algo más que el saber hilvanar letras con letras y palabras con palabras. Y sobre lo epistolar… a lo largo de mi existencia, lo que más he escrito son cartas y diarios. Tengo miles de páginas escritas en esos dos géneros; escribo cartas desde que era un niño, y llevo diarios desde 1985. Ni siquiera sé si pueda considerarlos parte de mi obra o si sean Literatura.
¿Hasta dónde puedes validar esta información? Una vez le escuché decir a un editor: “Si la persona a la que pretendes no cae a tus pies con un poema de Neruda, quiere decir que no valía la pena”.
Es una frase absurda y ridícula. No me interesa comentarla.
Y trayendo a Pablo Neruda a cuento, ¿qué tan compatible es la fama con el oficio de poeta?
Insisto: no debemos mezclarlas. Cuando lo hacemos, corremos un riesgo muy grande: que el autor opaque a su obra, o que ésta termine por contaminarse. Juan Ramón Jiménez dijo que Neruda era un gran mal poeta. Personalmente, me quedo con el Neruda que escribía poemas amorosos; la obra del Neruda “comprometido” y panfletario es ilegible y anacrónica. También debemos separar a Neruda como personaje histórico, de Neruda como escritor.
En ocasiones, tú mismo has formado parte de polémicas públicas…
Sí, mis opiniones han molestado a muchos sectores en diversos momentos. Una vez me llamaron nazi en un programa de televisión que se transmitía en vivo, sólo porque afirmé que los judíos habían aprendido de los alemanes las técnicas que ahora emplean para exterminar a los palestinos. A mucha gente le molestó cuando dije en un artículo que Juan Pablo II era uno de los pontífices más retrógrados que han existido y daba las razones. También sostuve en los periódicos un cruento debate que duró semanas con el entonces gobernador de Veracruz, Miguel Alemán Velázco, porque yo defendía la figura histórica de Porfirio Díaz y su derecho a tener una estatua en el puerto de Veracruz. En otra ocasión, varios se escandalizaron cuando mencioné que había que desconfiar de la democracia porque era muy peligrosa e inaplicable en un país como el nuestro. Igualmente, cuando externé mi admiración por el talento político del ex presidente de México, Carlos Salinas de Gortari. Y mucho más cuando publiqué un extenso artículo defendiendo los derechos de los homosexuales. También cuando hablé sobre lo conveniente que para el gobierno de George W. Bush habían sido los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. El colmo fue cuando dije que Cristo había sido un guerrillero con ideas nacionalsocialistas y los católicos se desgarraron las vestiduras. En todas las ocasiones, he defendido con vehemencia mis puntos de vista: mis polémicas son ideológicas y no puedo compartir el amor a los dogmas ni las descalificaciones ramplonas. La libertad de opinión implica la libertad de aprobar o de reprobar. Opinar es un riesgo: todos podemos equivocarnos. Equivocarse no es una deshonra, y una cosa es opinar y otra intransigir. Sin embargo, procuro nunca responder las críticas a mi obra literaria, pues no puedo ser juez de mis propias creaciones. Tampoco escribo poemas sobre esta clase de asuntos.
Se puede ser comercial desde formas muy variadas. Pongamos a cuento el fenómeno Mario Benedetti.
Benedetti es uno de esos autores a los cuáles ya no leo. Con excepción de un puñado de poemas, creo que su obra es complaciente, dirigida a lectores acostumbrados al sentimentalismo barato. Creo que es mejor narrador que poeta, aunque tampoco podemos equipararlo con otros autores sudamericanos como Cortázar u Onetti, menos con Borges. Me ocurre lo mismo con Jaime Sabines; rescato algunos textos de Horal y Algo sobre la muerte del mayor Sabines; el resto es melcocha. Sabines, como Benedetti, son autores que nunca evolucionaron en su labor creativa.
¿Qué te anima a escribir un poema: el amor y sus consecuencias o temas como la justicia y la ecología?
Nunca he creído en la “poesía comprometida”, pues obedece a un contexto sociohistórico muy reducido y tiene fecha de caducidad. En ese sentido, prefiero la poesía amorosa y la poesía metafísica, aquella vinculada con temas religiosos. También la poesía bélica, e inclusive aquella que abreva en otras fuentes: la soledad existencial, el horror, la muerte. La Literatura, aún más, la obra artística, debe aspirar a ser universal y atemporal.
Siempre hay poetas para todos los gustos, o como si lo confirmara el refrán: “hay un roto para un descosido”. ¿Podemos hablar de escuelas o tendencias en la poesía?
Por supuesto; el Romanticismo o el Surrealismo son ejemplos de ello. Cualquier historiador del arte puede delimitar las corrientes, escuelas y tendencias que se han dado en la Literatura a lo largo de los siglos.
¿Es necesaria la academia? Pongamos dos ejemplos totalmente distintos, o “raros”, porque así lo parecerá. Vayamos, permitiendo las contradicciones normales de cualquier plática, de Octavio Paz a Jaime Sabines.
Como en toda disciplina artística, la Literatura requiere de dos componentes. La creación sin pasión es técnica, pero no podemos limitarnos a verter emociones al papel, sin recordar que existe toda una base teórica, vinculada con el uso del lenguaje, que debe sustentar la creación. Es fácil sentarse y plasmar ocurrencias o sentimientos, pero no lo es conservar el rigor en forma y fondo. Por supuesto, creo una desproporción equiparar a Paz con Sabines. Es como tratar de comparar a Mozart con la Sonora Dinamita. Sí, más gente escucha a Britney Spears que a Wagner, y más gente lee a Sabines que a Paz. ¿Y eso qué? La Literatura no es un concurso de popularidad. Las masas siempre han sido ignorantes, las mueven emociones primigenias, baratas y ramplonas, responden a los estímulos del momento y les fascina la novedad. No podemos confiar en su juicio; por eso, el Arte es casi siempre elitista. Muy pocas veces el Arte es popular.
Dicen que todos tenemos algo de músico, poeta y loco. Todo lector confiesa que alguna vez ha escrito un poema, pero se niega a mostrarlo bajo el argumento de que no permite a los demás enterarse de sus sentimientos. Ahora quizá es buena oportunidad para comenzar a dilucidar sobre los sentimientos en la poesía.
Las emociones deben tamizarse; son el barro primigenio de la creación, pero requieren la pericia y los conocimientos del alfarero. De lo otro, es mentira que todos sean poetas, músicos y locos; creen serlo, pero es un acto de ingenuidad. La excesiva indulgencia para con uno mismo es sinónimo de ignorancia. La escritura, en ocasiones, es vista como un pasatiempo, algo que todos pueden hacer, lo cual no es verdad. Es como si todos nos sintiéramos médicos, o arquitectos, o matemáticos. Creo que debe existir mayor respeto hacia las Artes y hacia los artistas; sí, quizás yo siempre haya deseado ser astronauta, pero que fantasee con viajar en un transbordador no quiere decir que pueda o sepa hacerlo. Igualmente, que la mayoría pergeñe versitos no quiere decir que sean poetas. Escribir no es una actividad para aburridas señoras desocupadas, taxistas analfabetas o burócratas pretenciosos; escribir es un compromiso con la palabra y el lenguaje, un acto de creación que requiere una preparación de años (y no me refiero a los créditos académicos), que exige mucho tiempo de lecturas, un fuerte sentido autocrítico.
¿Existe la inspiración?
Existen los momentos de descarga, el desfogue emocional, la catarsis. Luego debe venir el pulimento. Un escritor que no corrija, rescriba o deseche, que no atienda a la crítica acertada, que no lea, no tendrá un compromiso con la depuración de su lenguaje, con la evolución de su escritura, con la seriedad de su obra. La indolencia, la arrogancia y la autocomplacencia en el mundo de las letras producen mala literatura.
¿Qué debe flotar en la superficie del poema, la imagen o la idea?
Ambas. El poema es una combinación de forma y fondo; una simple imagen da como resultado un ejercicio escritural, no un poema. Una idea sin un manejo adecuado de la imagen es más un postulado que un poema. Combinar ambos, saber hacerlo, es el secreto de la creación poética. ¿Literatura maldita o maldita literatura? Se escapa de su prisión de papel y hunde sus raíces en la realidad, la cotidiana, la verdadera. Pero, ¿no es acaso más auténtica esa otra realidad, la que puede dañarnos y herirnos más que la nuestra, porque en aquella el secreto no es tal, porque en ésta el sigilo pende sobre un asunto que en el verbo está desnudo, porque ambas son una y la misma? Pensar en ello me espeluzna, sobre todo por la manera en que, a veces, literatura y vida son iguales. Sí, la literatura es una especie de criatura convulsa que parimos y eventualmente nos devora; lo preferible es que se aleje y solamente se dedique a avergonzarnos. A veces pienso que la realidad literaria tiene relación, directa o indirecta, con la continuidad onírica. ¿Seremos entonces nosotros, escritores, los cronistas de esas realidades alternativas? ¿Todas nuestras obras son parte de una o varias Historias que narran anécdotas sobre esos otros sitios? Concebirlos es darles existencia. O tal vez existen y por eso pensamos en ellos o captamos su esencia. Sueño e Imaginación, quizás dos portales a uno o varios mundos que comparten algunas cosas con este, el de la vigilia. ¿O es el de la dormición? "Que toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son", como afirmaba Calderón de la Barca. Me inquieta arrojar al mundo nuevas entidades formadas de palabras e ideas. Se tornan indomables, rebeldes. Son rijosas y beligerantes. No respetan a quien las concibió. No sé si debamos ser cuidadosos; ni siquiera si tenemos esa opción. Tal vez ellas nos dominan, tal vez para eso existimos. Tal vez ellas nos crearon. ¿Creo a la literatura o ella me crea? ¿Lo recuerdas? "También soy escritura / y en este mismo instante / alguien me deletrea". Hay que leer a Paz, a Borges, a Cioran...
* Entrevista publicada en el número 93 del suplemento "Laberinto" del periódico Milenio, el domingo 19 de junio de 2005.