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Texto: Giovanna Mazzotti
Dice Carlos Manuel –en una breve introducción– que “el título del libro y unos cuantos versos robados” son un homenaje; con el autor no se discute. Y no se discute no por una suerte de temor reverencial que pueda producir la letra escrita y publicada. No se discute porque el autor –sigo a Carlos Manuel– responde a una deuda. A esa deuda enorme e impagable de la que habla en primer lugar Carlos Manuel. Esa Deuda que es escribir “en esas horas en las que se tiene silencio, ya que no descanso”; en las que (como dice Baudelaire en El spleen de París) “descontento de todos y descontento de mí, querría redimirme y enorgullecerme en el silencio y la soledad de la noche. ¡Almas que amé, almas que celebré, fortifíquenme, sosténganme, alejen de mí la mentira y la corrupción del mundo, y vos, mi Dios y Señor, concédeme la gracia de producir unos versos bellos que me prueben que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio!”
Y esa deuda, que se adquiere cuando Dios (ese dios) concede la gracia (¡esa Gracia!) de encontrar, en medio de “la noche oscura del alma” las palabras que dicen Noche, que dicen Luna, que dicen Tiempo y que dicen Alma.
Bien, con un autor no se discute, pero si por alguna razón extraña fuera yo quien debiera darle un título a este libro nombrado Funeraria, diría que se llamara: Donde los ángeles temen pisar. Justamente en el territorio donde transcurre la vida humana, en el que uno va y viene con tres heridas (las de Miguel Hernández), sólo tres inacabables, inatacables, insoportables e intercambiables heridas siempre: la del amor, la de la vida y la de la muerte. Tres heridas en las tres partes en que se divide este libro: “Estaciones”; “Erzebeth” y “Época de luto”.
I.- La del amor. Porque lo real (dice Lacan) para el ser parlante: que se pierde en alguna parte. Y que ese perderse se repite siempre en el amor: “donde el ser parlante balbucea”, hablan los poetas.
II.- La de la vida. ¿Qué es eso que se repite? –continúa Lacan– ¿Qué es eso que se repite siempre? En la vida, una cierta forma de gozar y de dolerse.
III.- La de la muerte. Porque al mismo tiempo que es la muerte lo que hace del humano eso, verdaderamente humano, un ecce homo quien no ve claro el motivo de su condena. Al mismo tiempo, la muerte entra en el dominio de la fe. De otro modo, ¿cómo podría vivirse? Con un poema, respondería Carlos Manuel (junto con otros, muy pocos, que se han atrevido a poetizar sobre la muerte).
Hay quien dice que el lenguaje no sirve para nada. Sin embargo muchas veces –y en todos los registros–, unos cuantos bellos versos es lo único que nos impide que nos volvamos locos.
* Texto leído por su autora en la presentación del poemario Funeraria, el 29 de septiembre de 2008.