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Texto: Celia del Palacio
Conocí a Carlos Manuel Cruz Meza a raíz de mi participación en el suplemento cultural "Artempestad". Me pareció un muchacho emprendedor con inquietudes literarias y, sobre todo, alguien con enorme entusiasmo por concretar un proyecto cultural en la ciudad de Xalapa, en un momento donde no se publicaba un suplemento de este tipo en ningún periódico local.
Posteriormente, llegó al Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana, para consultarme sobre la historia del periodismo en el Estado de Veracruz, ya que yo llevaba a cabo un proyecto con ese tema. Él estaba escribiendo una obra sobre la historia de los periódicos en la ciudad de Xalapa. Me pareció extremadamente interesante su propuesta. No tenía idea de que estaba escribiendo una novela. Cuando comencé a leerla, no me llamó demasiado la atención pero, pasadas unas cuantas páginas, ya no pude dejarla.
El crítico nunca podrá ser objetivo. Ve la obra a través de muchas mediaciones: de sus experiencias, de sus lecturas, de cómo le va o le ha ido en la feria. El crítico, es más, no debe proponerse ser objetivo. En mi caso, la novela Zona de guerra de Carlos Manuel Cruz Meza me despertó muchas inquietudes y no pocas pasiones, necesariamente relacionadas con lo sexual. Cada lectura que hice de ella me dio más en qué pensar. Me envolvió en disquisiciones filosóficas, más que literarias.
La primera edición consta de una introducción (realizada por Rafael Antúnez), varias fotografías de Joel Cortés, un prólogo, cuatro capítulos y un epílogo. Puede decirse que está bien estructurada y en su mayor parte bien escrita. No es una lectura ligera. Su género es difícil de establecer, como en muchas novelas actuales.
En un estilo que pretende ser naturalista, el autor narra las peripecias de un joven estudiante a través de un mundo cada vez más sórdido: su encuentro e inmediata convivencia íntima con una mujer que resulta ser su guía, su Virgilio, a través de los distintos círculos del Infierno que culminan en el desastre, la caída y la muerte. Lo que al principio parece ser un recuento de experiencias sexuales casi sin límite, termina en la tragedia.
No pude dejar de leerla, en buena parte, por la curiosidad morbosa del entomólogo que examina largamente a un insecto moribundo. "¿A dónde quiere llegar Carlos Manuel?", me preguntaba, leyendo página tras página de encuentros sexuales que encierran toda la gama posible, como uno de los mismos personajes documenta, así como se presentó en la publicidad aparecida en su momento en torno a la novela: promiscuidad, prostitución, homosexualidad, fetichismo, voyeurismo, zoofilia, gerontofilia, paidofilia, sadomasoquismo, además de violencia, suicidio, drogadicción, alcoholismo y aborto. ¿A dónde quiere llegar el autor? De alguna manera, ya lo perfila desde el prólogo, cuando una mujer llega a dejar flores a una tumba.
Después de retratar el exceso en todas sus formas, el autor documenta el castigo consecuente. Aunque el personaje principal no se haya arrepentido de ninguno de sus actos, el mensaje que subsiste es el del pecado que debe ser castigado: Víctor, debido a sus excesos, contrae sida. Aunque el personaje pretenda al final de la novela probar que su enfermedad es producto de una casualidad, otro "hecho de la vida", subsiste sin embargo el mensaje del castigo: "¿Por qué a él?", se pregunta el lector, buscando otra solución. Y esto se queda grabado en la lápida de mármol de Elektra: “Rogad por una pecadora”. Porque a nadie puede perdonársele tener la libertad de terminar con su vida y de haberla vivido como mejor le pareciese.
En otro sentido, la novela es aséptica, descriptiva. El autor no se compromete en ningún momento; simplemente, describe los hechos, tal vez siguiendo la intención de solamente "dar a conocer" los diarios de Elektra y los apuntes que Claudia, la sobreviviente a la tragedia, guarda para algún día, aunque con otros fines: imitar a los que al final se convierten en sus ídolos y modelos a seguir.
No conocemos las motivaciones de los personajes, no sabemos casi nada de su vida interior, ni de sus antecedentes. Sus historias permanecen en el misterio: sabemos lo estrictamente necesario. El lector aguarda siempre el momento en que el misterio de la vida de Elektra se devele. Es tanto el suspenso que se maneja en torno a sus famosos "ahorros", que resulta decepcionante la presencia de su padre. De Víctor, el personaje principal, sólo sabemos que tiene un primo y una tía, que sus padres –una familia tradicional– sostienen sus estudios y que posee los gustos comunes de un joven de su edad. Ni siquiera sabemos cómo es físicamente. Esto último es un tanto desesperante para el lector, que no puede ponerle una cara, unas características a ese cuerpo lúbrico al que continuamente se nos muestra haciendo el amor. Sin embargo, él no es la excepción: los personajes masculinos están apenas delineados físicamente, lo cual no sucede con los femeninos. Volveré a esto más adelante.
Por otro lado, resulta interesante ver las contradicciones en el carácter de los personajes, las aparentes incongruencias, las imposibilidades: la perfecta sinrazón del súbito cambio en el comportamiento de Víctor (explicada al final de la novela como eso: una sinrazón, como el resultado de la aparición del "monstruo que todos llevamos dentro" frente a un detonador que, en este caso, fue Elektra), por lo cual parecería que sólo se deja arrastrar, sin mayor voluntad, al abismo que lo absorbe poco a poco, sin tener jamás una crisis de consciencia o preguntarse seriamente nada. Su único rasgo de carácter es su no arrepentimiento frente a su destino, su resolución de disfrutar la vida hasta el último momento.
Por cierto, hay que mencionar que el personaje toma una fuerza tremenda precisamente a la hora de su muerte, donde por fin conocemos sus motivaciones y nos devela su alma. Esta lectora extraña ese tono maduro del autor en el resto de la novela, del mismo modo en que Elektra jamás tiene un rasgo de ternura, un segundo de pudor (permisible hasta en la más impúdica y lujuriosa de las mujeres del Marqués de Sade), rasgos que humanizan a los personajes. Aunque, por otro lado, esos seres perfectamente malvados que llegan a torturar a un gato y contagiar el sida alegremente, beben refrescos, leen comics y ven películas en la televisión.
Esto es intencional y lleva a reflejar una realidad escalofriante: unos jóvenes de clase media, comunes y corrientes, que se entregan con furor no solamente a la libertad y al exceso, sino a la violencia y a la maldad, sin ninguna consciencia. Refleja a una generación decepcionada que ya no cree en nada. Del mismo modo que los jóvenes escoceses de la película Trainspotting, cuyo único móvil en la vida es inyectarse heroína, para citar un ejemplo de los mejor estructurados, aunque tal vez sea más familiar a los lectores el de Naranja mecánica, donde el seductor personaje escucha a Beethoven y convence al espectador de la bondad del Mal. Todos son productos de una sociedad desencantada donde ya no hay límites, ya no hay metas que alcanzar y que ya no tiene nada en qué creer. En este sentido, la novela de Carlos Manuel es muy interesante y reveladora.
Este mundo del Mal (así, con mayúscula), esta generación desencantada y solitaria (aún más escandalizante en una sociedad que sabemos todavía tradicional en muchos sentidos) cobra inmenso valor e inmensa fuerza, a pesar de contraponérsele al Bien como deseable. Un Bien representado por Claudia, la amiga comprensiva con un arraigado sentido de los valores que le muestra a Víctor un nuevo mundo artístico e intelectual, contraponiendo la cultura light de la televisión y los comics a las revistas culturales, los lugares frecuentados por el mundillo intelectual y artístico (que no dejan de ser los lugares comunes y, por lo tanto, también esquemas). El Bien está representado por Luisa, la adolescente que Víctor seduce, así como por el resto de la sociedad provinciana a la que estos dos seres rebeldes retan constantemente. Un bien que no termina de presentarse en la novela como totalmente indeseable. La apoteosis de la moralina lacrimógena de principios de siglo es la inclusión del poema de Antonio Plaza "A una ramera" y la visita al panteón, a dejar flores sobre una tumba con el epitafio “Que Dios te perdone”.
Creo que el autor no es suficientemente solidario con sus personajes y los abandona sin las herramientas necesarias para enfrentar a la sociedad puritana que los rodea. Siempre habrá eso: una sociedad puritana e hipócrita como contraposición al Mal, pero éste no está tan sólidamente inscrito en la novela como podría desearse. Más allá de la exposición de motivos de una resentida Elektra, los actos de los personajes quedan descontextualizados, injustificados, como una sucesión de maldades cometidas por seres raros, extraños, locos...
Un rasgo que acusa cierto sexismo por parte del autor, es la condena a Elektra como La Mala, La Más Mala, tan Mala que no merece ni una flor, ni el perdón de Dios, y el sólo recordatorio en su tumba (“Rogad por una pecadora”) es una prueba de ello. Aunque sólo sea un detonador, es la culpable de la transformación de Víctor. Mientras éste recibe el cariño de sus padres, Elektra sólo alcanza el desprecio de su progenitor y la maldición póstuma de sus amigos. En todo esto subyace la concepción tradicional judeocristiana que proviene desde Adán y Eva, de que la mujer es la causante de todo mal (Eva es el "detonador" de Adán por darle la manzana), mientras el hombre sólo "se deja arrastrar" sin voluntad y sin consciencia. La frase de Rousseau viene aquí de perlas: "La sexualidad femenina es el impedimento de la racionalidad masculina". Por eso y siguiendo esa misma tradición, sólo otra mujer puede ser la salvadora. Esta concepción limitada y limitante de la mujer –mala mala o buena buena– ha sido la causante de la torcida doble moral (la noviecita santa, la madre pura, la puta desvergonzada, la amante oculta, la casa chica) de nuestra sociedad católica y bienpensante.
Afortunadamente, Carlos Manuel logra darle un giro final a lo que podría haber sido un acartonado esquema, al convertir a esa Beatriz que lleva el nombre de Claudia en una admiradora de todo ese mundo del Mal que al principio condena. Nada hay más cierto que esto: dime qué condenas y te diré qué anhelas. Es un logro del autor la transformación de Claudia y la profundización en sus sentimientos y contradicciones internas. El personaje toma fuerza, toma sangre y carne. Es sin duda excelente que, al final, el Bien y el Mal se toquen en la misma persona. Una vez más traigo de los cabellos una frase de Raymond Radiguet que me fascina: "Las maniobras inconscientes de un alma pura son aún más singulares que las combinaciones del vicio". Por ello, me parece muy interesante la propuesta del autor: “Todos somos monstruos”. Lo que me parece hasta cierto punto simplista es que el único detonador sea una mujer.
La novela quiere ser sobre todo una lectura para hombres, quienes sin duda se regodearán en sus páginas con detalladas descripciones de cómo una mujer goza y es gozada. Aquí está el otro rasgo sexista: se dan todos los detalles del cuerpo de Elektra y de los otros personajes femeninos, pero la descripción de los varones no va más allá del color de su cabello o de su ropa.
Sin embargo, la novela de Carlos Manuel es mucho más que todo esto: es un documento interesante que obliga al lector a reflexionar, por principio, en conceptos tan profundos como el Bien y el Mal, el miedo (las palabras de Víctor en su lecho de muerte al respecto son de gran profundidad y enorme actualidad) y el placer, opuestos que logran tocarse, además de que, gracias a ella, podemos ver los valores que persisten en los jóvenes narradores actuales. Atestiguamos igualmente el talento del autor, el cual sale a relucir en soberbias reflexiones como las anteriores (lástima que no se haya soltado o haya soltado más a ese Víctor de la cama de hospital, o a esa polifacética Claudia que se salta los esquemas). Pero, más que nada, vemos reflejadas las ambiciones, mentalidad y valores de una generación no del todo comprendida y aterradoramente cercana.