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Para Tizania Quijada,
pez en el océano del espíritu



“¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía!
¡Cuánto mejores que el vino tus amores
y el olor de tus ungüentos que todas las especias aromáticas!”
Cantar de los Cantares




I

Magnífico es tu nombre: eres raíz
que ha florecido en pálido capullo.

Te prometí amor aquella tarde
que se pierde en el abismo de los años.

He recorrido el mundo para llegar a tu lado.

Y olvidados del tiempo, en esa estancia
rodeados del Pensamiento y la Palabra,
pude vislumbrar tu intrínseco misterio:
fuiste al fin una paloma entre mis manos.



II

Nunca pierdes la fe. De ahí tu belleza,
la melancolía que inunda siempre tus ojos
cuando observas, pensativa, el romper de las olas
que azotan con su fuerza la rompiente de tu cuerpo.

Yo te miro y ese mar me inunda de ternura
cuando escucho tu risa de cristal y soy consciente
de la fragilidad de tu corazón, de la tibieza
que emana una niña de dieciséis años.



III

Fuiste un perfume de intenso aroma,
el oloroso aceite ungiendo mis cabellos,
la mirra esenciando todo el cuerpo.



IV

Nuestros dioses, generosos, sonríen cuando contemplan
la castidad volcada en esta entrega.

Célibe de ti,
refrescas con tu rocío mis resecos labios.



V

Amada niña, nadaste en el tiempo,
místico pez que acompaña a la paloma.

Virgen multiplicada,
siete discípulos han de gustar tu sabor dulce
a la orilla del Mar de Galilea.

Todos nosotros nacimos en el agua.

Comamos entonces al ser del manantial, al grande, al puro.
El pan y la blanca carne que yacen sobre la hierba.
Los muslos de leche y miel que resguardan la Tierra Prometida.

Repitamos repitamos repitamos
Iesous Christos Theou Yios Soter