
Para Itzel Salgado Castro,
en la Edad Obscura
Las lágrimas son la sangre del alma.
San Agustín
I
Entre los valles y montañas de tu cuerpo,
habita la sangre. Tú eres ella, la derramas
cuando lloras por dolores que valdría
no tuvieran cabida en tu corazón, lleno de sangre
cuando gozas y la sientes hervir en el deseo
de que explote y te colme, cuando duermes
y tus párpados impiden que la luz
haga sangrar tus pupilas multicolores, en tus manos
manchadas de tintes escarlata, bajo tu pecho
se mueve la sangre, rojo cauce
que a veces se desborda para ahogarte, monstruo rojo
cuya vida depende de la tuya, rojo beso
de tus labios carmesí, rojas pupilas, sueño rojo
en la noche de las danzas primitivas
donde ronda la sangre de tus venas.
II
La sangre es la vida, te da fuerza,
es el líquido que anima tu existencia,
la pruebas al herirte, saboreas
su regusto metálico, el resabio
que permanece en tu lengua, yo te miro
cuando humedeces los labios, imagino
el sabor que la inunda, sus aromas,
te conoce completa, pues reacciona
a tus ansias secretas, tus latidos
son la forma en que ella te domina,
te posee por entero y si se escapa,
la sangre es una muerte adormecida.
III
Tú eres sangre, carne, aliento,
el calor de una piel suave y distinta,
la promesa de existencia, la amenaza
del dolor y la pérdida, el deceso,
las heridas y estigmas del amor,
una esperanza de grana,
estrella de la tarde, luz de luna,
tú eres ojos, manos, pechos,
vasos circulantes, dientes, huesos,
eres el fluir de lava hirviente por tus venas,
más hermosa que la noche,
que el frío y la oscuridad del mundo,
más deseada que una joya que se anhela,
que una gota granate sobre el hielo.
IV
Beberé tu sangre cuando brote
del fondo de tu herida, beberé tu aliento,
beberé tus lágrimas cuando lluevan tristezas,
beberé el sudor de tus esfuerzos todos,
beberé tu vida, beberé miradas,
beberé tu vientre, beberé tus versos,
beberé tu boca, tu ilusión, tu risa,
para que la sed jamás a mí retorne,
para que la sed jamás a mí me colme.
V
Tanto estrago, tanta muerte
ocultándose en tus manos.
Tú, mujer de rostro difuminado,
sangre de mi sangre,
cuyos rasgos se desvanecen a cada instante,
ojos de abismo, besos de niña
jugando con muñecos vivientes.
He estado perdido,
como un niño que se suelta de la mano de su madre.
He entregado mi corazón para verlo devorado.
Me he acostumbrado al horror
cansado de llorar, de sufrir, de doler.
Y todas las intenciones son perversas.
Nada hay como la inocencia de un cadáver.
VI
Tu cuerpo es un cáliz, la copa colmada
del vino más dulce: la sangre en tus venas,
el rojo cereza que moja los labios,
un velo de novia con rastros purpúreos.
Que los ríos de leche y miel
nunca lleguen a la sangre.