LOS SUPERHÉROES NO EXISTEN
Detectives, bandoleros, vigilantes y la última batalla del Capitán Drano
Carlos Manuel Cruz Meza
Aquí termina la Ley. Y comienzo yo.
Paula Gosling. Fair game
Nota: Las imágenes corresponden a dibujos realizados por el Capitán Drano, los cuáles fueron regalados al autor de esta crónica. Las fotografías se tomaron en las oficinas del periódico Gráfico de Xalapa en 1999.
I
Los superhéroes no existen. Pero hubo un caso real de alguien que creyó serlo. En 1999, la presencia de un hombre disfrazado que combatía el crimen en las calles de la ciudad de Xalapa, capital del estado de Veracruz (México), demostró que en ocasiones las fantasías encuentran un sustento o un eco inesperado en la realidad. Durante al menos un año, recorrió las zonas más peligrosas de la urbe, enfundado en un traje metálico para enfrentar a toda clase de malhechores.
A medida que su lucha contra los delincuentes avanzaba, el contacto cotidiano con la violencia fue transformándolo. Llegó el momento en que muchos llegaron a compararlo con aquellos a quienes combatía. Resolver los problemas sociales a golpes no parecía, al final, una buena opción.
Entrevistado por varios reporteros, su historia y su imagen aparecieron en algunos medios impresos locales, lo que causó el asombro de unos y la burla de otros: “Esta ciudad está dominada por la delincuencia y yo quiero hacer algo. Ojalá todos pusiéramos de nuestra parte para detener a los criminales”,[1] afirmaba.
Esta es una historia real, aunque parezca surgida de una fantasía absurda. Lo sé, porque estuve allí. Yo lo conocí y lo entrevisté. Aunque no imaginaba entonces hasta dónde iba a llegar lo que parecía una simple nota pintoresca, un ejemplo del color local.
II
Los superhéroes no existen. Menos en una ciudad como Xalapa, enclavada en la montaña, rodeada de vegetación, con clima frío, lluvias suaves y neblina constante, que alguna vez se convirtió en un referente nacional por su actividad artística y cultural, siendo llamada “Atenas Veracruzana” y “Ciudad de las Flores” por el célebre barón Alexander von Humboldt. Incontables pintores, bailarines, músicos, escritores, fotógrafos, escultores, actores, cineastas, arquitectos, cantantes, diseñadores gráficos, ceramistas, periodistas, han habitado la capital veracruzana. Junto a museos, galerías, bibliotecas, librerías, escuelas de arte, parques, tiendas de discos y bazares de antigüedades, proliferan cafeterías, bares y restaurantes. La vida bohemia, diurna y nocturna, es una característica de la ciudad, dominada por creadores, académicos y estudiantes.
Junto al rostro amable, hospitalario, relajado, tolerante y de abierta sexualidad, siempre ha existido un lado oscuro, representado por los cinturones de miseria que rodean la ciudad, las peligrosas colonias en las que no entran taxis o policías después del atardecer, sumado al elevado número de automóviles que convierten la circulación en un infierno, los robos y asaltos cada vez más frecuentes, los ataques de comandos armados a antros que no pagan protección y la inseguridad en las calles, sobre todo para las mujeres.
Xalapa es la población donde una nomenclatura macabra incluye entre sus rúas al Callejón de la Calavera, el Callejón del Infiernillo, el Callejón de la Amargura y el Fraccionamiento de Las Ánimas. Es la urbe donde varias historias sangrientas, sórdidas o extrañas se han desarrollado al paso de las décadas. Allí conviven el santo local, San Rafael Guízar y Valencia, cuyo cuerpo exhumado estaba intacto; el criminal de guerra nazi que fungía como maestro en la Universidad Veracruzana en la década de los sesenta; la mujer descuartizada por una hermandad lésbica y arrojada a un canal de desagüe; las leyendas de callejones donde los amantes siempre enfrentaron trágicos finales; el cadáver mal embalsamado y sin ojos de un emperador austríaco, que fue velado en una parroquia; las cabezas humanas con sombreros de charro, abandonadas en un parque del Centro; los perros de pelea que devoraron a un niño en la casa de un profesor de cine; docenas de esqueletos de monjes hallados junto al atrio de una antigua iglesia; el célebre escritor con afasia, maltratado, robado y abusado hasta la muerte por sus amigos más cercanos; un ex agente de la CIA que convivía con la alta sociedad local de los años setenta; la legendaria momia de un millonario, que según rumores permanece sentado dentro de su tumba; el asesino en serie del Santuario de las Garzas, exterminador de jóvenes mujeres; el joven fotógrafo que mató y descuartizó a un cineasta, repartiendo los trozos en varios lugares durante una noche de horror; o la Academia de Policía en cuyos cimientos y paredes se mezclaron pedazos de los cuerpos de varios desaparecidos, ya en la era de la Guerra contra el Narcotráfico.
Allí es donde surgió un hombre disfrazado con una armadura, moderno Quijote que salía a las calles para combatir a los criminales, en una cruzada personal imposible de ganar. En aquel instante de celebridad, la figura alta y delgada, con el rostro escondido por una máscara de metal, pronunció su nombre de batalla ante la gente, un apelativo que alguien le había puesto con una mezcla de admiración y miedo, pero que terminaba por sonar a broma: El Capitán Drano.
III
Los superhéroes no existen. El hombre misterioso que se ocultaba tras la identidad del Capitán Drano tuvo un origen humilde. Nació en Ciudad de México en 1974, pero su familia se trasladó a la provinciana Xalapa, donde creció. Su nombre real completo nunca fue revelado a la opinión pública, para preservar su seguridad e integridad y la de su familia. Pero los amigos cercanos se referían a él como Jesús Salvador, sin mencionar sus apellidos. Algo había de predestinación en ese nombre, algo de redentor en los ecos crísticos y rebeldes que en él reverberaban.
Jesús Salvador era un asiduo lector de historietas y un artista plástico autodidacta. A fuerza de práctica, consiguió un estilo realista en sus obras. En la década de 1990 creó a un personaje de cómic, “El Ejecutor”, sin saber que su imagen serviría como base para el traje que él mismo fabricaría, años después, en un solitario taller de herrería. “El Ejecutor” era muy similar a Punisher, el vigilante de Marvel Cómics, aunque en él se mezclaban rasgos de los enloquecidos militares ochenteros del cine de acción, al estilo John Rambo o el ex coronel John “Comando” Matrix.
Al principio, “El Ejecutor” tenía el rostro de su dibujante, amaba a una chica y buscaba hacer el bien; después, desfigurado, con el cuerpo lleno de cicatrices, no dudaba en matar a sus enemigos de formas cada vez más sangrientas; el colmo fue cuando asesinó con crueldad a su propia novia. Era, más que un vigilante o un vengador, un villano. Sobre los trabajos historietísticos de Jesús Salvador, quien firmaba sus obras como “Jesús Lee”, el dibujante César Daniel López alguna vez escribió:
Los héroes acartonados, símbolo de perfección física y moral, son para Jesús motivo de burla. Y es que en su mundo particular, todos podemos ser héroes (¿y todos podemos ser villanos?), pero no por el accidente radioactivo que nos daría poderes, no por los trajes coloridos y los sobrenombres llamativos, no por las épicas batallas contra supervillanos que ponen en peligro el ficticio equilibrio del mundo, sino por el simple hecho de librar, cotidianamente, las batallas por nuestra supervivencia. Contra nuestras emociones, contra las circunstancias adversas, contra la rutina, contra la ignorancia, contra nosotros mismos. […] Solidario con sus amigos y duro contra los indicios de ignorancia de estos, Jesús pasea por la ciudad de Xalapa, a veces con un portafolios bajo el brazo, a veces con unas pinzas o herramientas de trabajo, camina, observa, registra, memoriza, graba, procesa. Uno nunca sabe qué situación podría convertirse en material para una historia. […] Somos susceptibles de volvernos personajes de historieta. Tal vez sin saberlo, algún día volvamos a nacer bajo su pincel, en un mundo de papel.[2]
Casi toda su obra como ilustrador fue realizada en blanco y negro. Desde imágenes sueltas hasta sagas completas, además de algunos autorretratos, sus trazos eran firmes, duros. También incursionó en la pintura y en las ilustraciones por computadora. Para Jesús Salvador, el horror del diario vivir sólo podía combatirse y exorcizarse a través de las viñetas, que inundaban de realismo gore sus novelas gráficas. Llamaban la atención la crudeza de sus imágenes y el dolor de las expresiones allí plasmadas. Sus personajes no eran nobles, no los motivaba el altruismo o la heroicidad. Eran prescindibles, perdedores, amargados; un reflejo de sus propias frustraciones. Desencantado, alguna vez mencionó:
La diplomacia se consolida como el arte de la hipocresía oficial. Entre la gente vales por lo que vistes, lo que fumas, lo que dices sin pensar. Las modas imponen quiénes son dignos de atención y aún la gente “culta” no hace más que recopilar conocimiento chatarra en cantidades industriales para, al final, tratar de justificar por qué son tan desdichados y desadaptados; pocos aplican su saber en mejorar su vida o la de los demás. El cambio del que todos hablan sólo lo es de siglas, de cifras, de fechas, pero la realidad es que seguimos siendo como antes. Iguales en el fondo, mas no en la apariencia. Esta sí cambió, y con ello ya nos sentimos más desarrollados y más plenos. ¡Ilusos! Si supiéramos que tan sólo nos han pintado la jaula que nos aprisiona con un color más llamativo…[3]
IV
Los superhéroes no existen. Quizás por eso, Jesús Salvador trabajaba con ahínco en diferentes cosas, con tal de obtener el sustento y ayudar a su familia: plomería, electricidad, albañilería, fontanería y sobre todo herrería. Su madre y su hermana eran protegidas por él. En sus ratos libres creaba esculturas de metal. Dibujaba sin descanso y leía. Su obra como ilustrador era vasta; muchos de sus dibujos los regalaba a sus amigos más cercanos.
En aquel momento, en Jesús Salvador convergían dos vertientes: la del incipiente artista plástico que descargaba sus emociones a través de la gráfica, y la del joven que avanzaba en la búsqueda de sí mismo, de su autenticidad, de la imprescindible capacidad de asombro.Veía con admiración, no exenta de cierta envidia, a médicos, bomberos, rescatistas; todos aquellos que arriesgaban su vida para salvar la de otros, o que se entregaban a una labor social imprescindible. “Los superhéroes sí existen”, afirmaba conmovido, sin ser consciente del lugar común. Pero carecía de la constancia y la disciplina para convertirse en uno de ellos.
A veces se reunía con sus amigos para ver películas o compartir juegos de video, mientras comían pizza y bebían refrescos. Los miembros de ese grupo, formado también por otros dibujantes, se llamaban a sí mismos Los Tertulianos. Gustaban de frecuentar tiendas donde vendían historietas, como la librería Logos, ubicada en el centro de la ciudad. Alguna vez filmaron un cortometraje amateur de comedia, donde todos se disfrazaron para simular una competencia de combate entre superhéroes, creados por ellos. La bautizaron como Pelea de orates, un divertimento donde Jesús Salvador ostentaba un nombre que sería profético: “El Peleador Callejero”.
Aquellas reuniones geeks con Los Tertulianos desembocaron en un viaje compartido a una convención de cómics celebrada en Ciudad de México. Con sus amigos, Jesús Salvador asistió a varias conferencias, presentaciones de historietas y revisiones de portafolios. Algunas anécdotas de ese viaje fueron narradas por César Daniel López, que lo vivió. En su diario apuntaría:
Jesús se aparta. […] Medita sobre los comentarios que el francés Paul Gillon hizo respecto a su trabajo el día anterior: “Debes de buscar otras alternativas en tus historias, no sólo la violencia y la monstruosidad”. Pasado el enojo por la crítica, se da cuenta de lo propositivo de los comentarios del francés, en contraste con lo convencional (para su gusto) de la crítica que le hizo José Quintero, creador del personaje Buba. […] Jesús y Obdulia se apuntan a un concurso de canto y conquistan al público. […] [Una amiga llamada] Mary se entenderá muy bien con él; al parecer, Jesús tiene su corazoncito.[4]
Acerca de su trabajo como ilustrador, opinaron varios dibujantes de renombre, entre ellos Mark Waid, Scott Campbell, Paul Gillon, José Quintero y Óscar González Loyo, el creador del personaje y la historieta Karma-Tron, quien fue su maestro en un curso sobre creación de tebeos. Pese a su contacto con el mundo del arte, se desencantó muy pronto. Con el tiempo, la personalidad de Jesús Salvador fue alejándolo de Los Tertulianos. Tras una serie de agrias discusiones se resintieron, el grupo se dispersó y nunca volvieron a verse.
En una página escrita por él, donde ya se pueden entrever los conceptos que inspirarían su lucha posterior, Jesús Salvador afirmaba:
Un día me desperté con una revelación casi mística: vivimos en un mundo de apariencias. Todo lo que somos, lo complejo de nuestros pensamientos, lo único de éstos, no importa. Si se juzga a un libro por su portada, la apariencia se ha apropiado de nuestro ser y ya no es sólo una parte de nosotros, como seres integrales: ahora lo es todo. Pero, ¿qué puede hacer un dibujante de cómics? Los superhéroes no tienen cabida aquí, en el mundo real. Tan sólo me queda no caer en el espejismo de las actitudes de rebelión sin sentido, tan sólo me queda tratar de hacer mi trabajo, tan sólo me queda intentar ser un ejemplo para los míos, tan sólo me queda seguir viviendo y soñando. Un día despertaré con una revelación casi mística: que el fondo de las cosas también es valioso. De momento, es sólo un sueño.[5]
Cuatro meses después de escribir aquellas palabras, Jesús Salvador despertaba con su profética revelación, dejaba atrás el sueño, cruzaba la línea y se lanzaba a las calles para comenzar una violenta cruzada personal.
V
Los superhéroes no existen. Pero esto no detuvo a Jesús Salvador. Desde niño, aprendió diversas técnicas de lucha libre, boxeo y artes marciales; también hacía pesas y se ejercitaba todo el tiempo, no fumaba, ni consumía alcohol o drogas. Al comenzar 1999, se había convertido en un tipo extraño. Era una suerte de máscara tras máscara que desconcertaba y sorprendía. Era un personaje más que una persona. Historietista, dibujante, trabajador, fan del cómic de autor, enemigo acérrimo de las historias comerciales, escondía, tras un temperamento casi siempre agresivo, la profunda soledad y el desaliento que la época del fin de milenio causaba en la gente.
Lo peor ocurrió cuando uno de sus seres queridos murió en un acto violento: fue asaltado en una colonia de la periferia de Xalapa y aunque entregó sus pertenencias, recibió una herida con un picahielo. Falleció horas más tarde y el asaltante jamás fue detenido.
El golpe desequilibró a Jesús Salvador. La presencia oscura de la muerte lo tocó como nunca antes. Hasta ese momento, sólo acudía a los funerales de conocidos de su familia. Ir a velorios no le agradaba; pero ahora, por vez primera y de una manera trágica, el muerto era suyo, le pertenecía: se había convertido en el anfitrión de una ceremonia luctuosa.
VI
Los superhéroes no existen. Quizás por ello, el crimen rodeaba la vida diaria en la colonia donde moraba, en una lejana zona de Xalapa. En aquellos días, la Guerra contra el Narcotráfico estaba lejos de comenzar, pero el crimen organizado se hacía cada vez más presente. En un correo electrónico enviado a un amigo suyo, daba cuenta de un escalofriante episodio ocurrido a él y a su familia:
Hola, amigo. Antes que nada, te pido una disculpa por mi ausencia. […] Mi familia y yo hemos tenido problemas debido a que tuvimos como vecinos a unos sicarios y secuestradores. Hace como tres semanas a las 2:30 a.m., unos soldados irrumpieron en una casa que está junto a la de nosotros. Al parecer capturaron a algunos de los sicarios y otros se escaparon. Esto apareció en los noticieros y en los diarios. Como podrás entender no fue cualquier cosa. Afortunadamente estamos bien. En cuanto nos podamos ver, te daré más detalles.[6]
Saber que tan cerca de su domicilio existía un grupo delictivo, lo llevó a decidirse. Tras meditarlo mucho, una noche comenzó a diseñar un traje, semejante al utilizado por “El Ejecutor”, personaje principal de las historietas que dibujaba. Descartó muchos bocetos, guardó otros, hasta tener un modelo inicial. Dedicó muchas noches en vela a crear el disfraz metálico que iba a utilizar cuando por fin saliera a las calles. Sus conocimientos de herrería fueron imprescindibles; sin ellos, nunca hubiera podido fabricar la coraza que lo protegería en tantas ocasiones.
VII
Los superhéroes no existen. Pero él quiso verse como uno. De una forma instintiva, conocía el poder de un disfraz. Después de todo, los uniformes utilizados por policías, militares, bomberos y enfermeros eran, de cierta manera, disfraces, atuendos simbólicos que indicaban una profesión, un grado, una superioridad al ciudadano común y suscitaban subordinación y respeto.
Su armadura era de hierro, con piezas soldadas a la medida de su cuerpo. La pintó de verde olivo. La máscara era muy pesada, pero la sujetaba a su cabeza con gruesas tiras de tela y velcro, además de utilizar una protección sobre su cráneo; al final, su uniforme completo consistía en máscara, casco, pectoral, protección en la espalda, rodilleras, coderas y espinilleras metálicas, así como guanteletes con metal en los dedos y botas con punta de hierro. Estaba acolchado por dentro e incluso resistía el impacto de balas calibre .38 y .45. Todo iba colocado sobre ropa gruesa, casi siempre un pantalón de mezclilla y una sudadera. A medida que peleaba, le hacía mejoras a su traje; el que apareció en las fotos publicadas en la prensa era la primera versión, luego lo modificó añadiéndole más cosas.
En el aspecto ofensivo, utilizó varias armas. Primero usó un tubo de acero grueso, de los que se emplean como cañería. Luego incorporó otros artilugios, sobre todo herramientas: un martillo, un mazo, más tubos, todos objetos contundentes. Más adelante, incorporó un par de armas extra, que desechó casi enseguida: una picana eléctrica, a la que definió como “un recurso para señoras y cobardes”[7] después de utilizarlo por única vez y dejar a su oponente tirado en la banqueta y con convulsiones, sin que existiera una pelea cuerpo a cuerpo. Y un rociador de gas pimienta, del que prescindió tras utilizarlo y quedar tan ciego como su rival, cuando la nube de rocío lo afectó a él también a causa del aire. Alguien aseguraría, en una clara exageración, que también portaba un pequeño lanzallamas, aunque es más probable que fuera un tubo de aire comprimido al que aplicaba la llama de un encendedor. En sus últimas peleas también echó mano de unas shuriken, las famosas estrellas de los ninjas. Y por supuesto, de sus conocimientos de artes marciales, lucha libre y boxeo.
¿Qué puede impulsar a un joven de veinticinco años a convertirse en vigilante? La manoseada influencia de los medios de información, el descubrir que a veces no hay opciones reales, la desconfianza en el estado de derecho, una furia contenida cuya catarsis se realiza a través de los enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Sin saberlo, Jesús Salvador era un producto de su momento histórico, una creatura bizarra que sólo podía surgir en ese contexto, en ese tiempo y lugar. Unos años antes no hubiera sido necesario; unos años después habría muerto en su primera salida. Todo él era la personificación del enojo social, la emblemática violencia de una generación perdida.
VIII
Los superhéroes no existen. Y aún así, la noche del sábado 12 de junio de 1999, el Capitán Drano salió disfrazado a recorrer las calles de Xalapa por primera vez. Según narraría, lo dominaba una sensación de gozo, estaba invadido por un estremecimiento de libertad. Enfundado en el exoesqueleto metálico, cargaba una mochila en la espalda, donde guardaba su máscara.
Su primer enfrentamiento fue contra dos drogadictos que asaltaban a una chica en una oscura calle de la Colonia Revolución. Con rapidez se puso la máscara, se acercó a ellos y aprovechó el estupor que tan extraña presencia les causó, para descargar un par de tubazos en cabeza y cara de aquellos malhechores. Desmayó a uno e hizo huir al otro, que gemía y se sujetaba el rostro, mientras dejaba un reguero de sangre al alejarse trastabillando. La muchacha se quedó petrificada, pero el Capitán Drano le hizo una reverencia, le dijo que estaba a salvo y que mejor se diera prisa en irse a su casa. Ella, sin darle las gracias, se alejó a la carrera del lugar. Él guardó de nuevo la máscara en la mochila y siguió su camino, sin toparse con ningún otro delito. Casi al amanecer, se acercó a una avenida y tomó un taxi de regreso a su domicilio.
El duelo lo llenó de alegría, de vitalidad, de una sensación de poder. Luego reconocería que era una especie de droga, que la adrenalina segregada aquella noche no tenía comparación con ninguna otra cosa que hubiera experimentado antes: ni siquiera con el placer del sexo. Semanas después, justificaría su labor ante los medios de información:
Mis motivaciones son proteger a los ciudadanos de pandilleros, asaltantes, violadores, secuestradores, asesinos y narcos. No actúo en lugares específicos de la ciudad, sino que la recorro toda, ya sea en el día o en la noche. Protejo a los niños, a las mujeres, a los ancianos, a los discapacitados y a los hombres que no pueden defenderse.[8]
Dos o tres noches por semana, el Capitán Drano patrullaba las calles de la periferia. Se enfrentó a muchos asaltantes, impidió una violación, salvó a un niño que estaba a punto de ser raptado por un desconocido. Una vez intentaron asaltarlo a él con un arma blanca. Ante el estupor de su atacante, el Capitán abrió su mochila, sacó la máscara, se la puso y después le quebró la mano con la que blandía una navaja. El delincuente quiso correr, pero un golpe con el tubo le fracturó la espinilla derecha. Gritaba y se quejaba. Ya en el suelo, el Capitán le dio un par de golpes en el rostro con sus guantes metálicos. Aún consciente, el ladrón pudo escuchar cómo aquel vigilante le advertía que, de volver a verlo, le rompería la columna vertebral.
Sin que el Capitán lo supiera, un hombre observaba lo ocurrido desde la banqueta de enfrente. Cuando la golpiza terminó y el vigilante se disponía a marcharse, aquel hombre le gritó: “¡Ese mi Capitán Drano, qué buena madriza le diste!” Él lo miró, atravesó la calle y el hombre se quedó petrificado: temía que lo golpeara también. Pero se limitó a preguntarle: “¿Cómo me llamaste?” “Capitán Drano, por cómo les pegaste. Y porque estás limpiando la suciedad de la sociedad”,[9] dijo aquel hombre en un juego cacofónico. Bajo la máscara, el Capitán sonrió. Le hizo un saludo marcial al hombre: “Me gusta ese nombre”. Después se alejó, con su mochila a cuestas.
IX
Los superhéroes no existen. Pero a lo largo de las siguientes semanas, uno de ellos actuó en varias depauperadas colonias xalapeñas: Rafael Lucio, Revolución, Veracruz, Progreso Macuiltépetl, Sumidero, Casablanca, Pomona, Dos de Abril, Luz del Barrio e incluso llegó a Indeco Ánimas, una zona de clase alta.
Se acostumbró a decirle su nombre de batalla a los malhechores, a las víctimas y a los testigos: “Soy el Capitán Drano, limpio las calles de la escoria, combato todo delito”, repetía. “El crimen es una enfermedad. Yo soy el remedio”,[10] argüía, al plagiar la trillada frase de una película.
A medida que peleaba, sus hazañas se contaban de boca en boca. De esos días, destaca su enfrentamiento con cinco miembros de una pandilla en la colonia Rafael Lucio, a los que golpeó pese a que todos portaban armas blancas. Según la historia que narró un vecino, uno de aquellos delincuentes sacó una pistola y le disparó dos veces, dándole una. La bala rebotó en la armadura. El Capitán lo desarmó con un golpe. Los pandilleros huyeron, pero juraron que se iban a vengar. “¡Los estaré esperando!”, gritó de forma melodramática.
También fue memorable la ocasión en que, tras impedir un asalto, amenazó a dos delincuentes sometidos diciéndoles: “No quiero volver a verlos en mis calles. Si me los vuelvo a encontrar, les daré una golpiza. ¡Aunque no hayan hecho nada malo!”[11]
No podemos saber cuánto en esas historias era verdadero y cuánto obedecía a la magnificación proveniente de una opinión pública ansiosa de heroísmo, que quizás aumentaba o exageraba los detalles de sus enfrentamientos, o tal vez llegó a inventar algunos. El caso es que los medios se enteraron de la existencia del Capitán y muchos buscaron conocerlo, aunque era difícil encontrar a un personaje tan elusivo y que además actuaba en la noche. Era, sin duda, una gran historia.
X
Los superhéroes no existen. Sin embargo, en aquellos días llegó a las oficinas del periódico Gráfico de Xalapa un hombre que aseguraba haber presenciado cómo un joven vestido de verde, con una “máscara de hierro”, derrotaba en solitario a varios asaltantes. “Es muy rudo, pero valiente”, aseguró. Se le indicó que si volvía a verlo, le pidiera acudir a la redacción. Aunque parezca increíble, una semana después aquel vigilante así lo hizo. El Capitán Drano entró una mañana al diario, enfundado en su armadura y pidió hablar con un reportero.
De aquella visita surgió una entrevista exclusiva, que se publicó el martes 22 de junio de 1999 en las páginas de Diario de la Tarde. El encabezado anunciaba: “¡Surge superhéroe xalapeño!” y ostentaba dos bajantes que decían: “Ha decidido convertirse en vigilante. Pide a las autoridades que lo dejen actuar con libertad”. Entre sus declaraciones, el Capitán se negó a revelarme su nombre verdadero, aunque “aclaró que sus motivos son nobles”. Se refirió a su nombre de batalla y dio consejos a los niños:
El nombre que el pueblo desee darme será el más adecuado, ya que estoy para servirles. Los ciudadanos decentes no tienen nada que temer de mí, solamente los delincuentes. Ser superhéroe es muy, muy peligroso. Puedes perder la vida o resultar lastimado. No es algo que los niños deban intentar.[12]
De aquel momento quedaron dos fotografías en color, aunque publicadas en blanco y negro. En una, el Capitán asume una posición de ataque frente a la cámara. Puede apreciarse su traje. En la otra, finge enfrentarse conmigo, ambos de perfil, frente a frente, en actitud de confrontación. Antes de marcharse, se dirigió a Miguel Alemán Velasco, entonces gobernador de Veracruz, para hacer una petición inusual:
Aprovecho esta tribuna para solicitarles a las autoridades policíacas y en especial al señor gobernador Miguel Alemán, que me permitan realizar mi labor como vigilante en Xalapa. Que cuando me vean actuando, los policías no me vayan a arrestar o a agredir, mejor que me ayuden. Soy un ciudadano mexicano, mayor de edad, responsable de mis actos y no cometo ningún delito. Proteger a la ciudadanía no es contra la Ley.[13]
Pero ser un vigilante sí lo era. Pese a ello, el Capitán nunca se encontró con la policía. La solicitud al gobernador se publicó y se dice que Miguel Alemán festejó en privado aquella ocurrencia. La entrevista catapultó a la fama al rústico superhéroe.
De pronto se volvió una moda, muchos negaban su existencia y afirmaban que era una historia inventada, otros aseguraban haber sido salvados por él, unos más lo buscaban para hacerle sus propias preguntas. Entre los medios de información que alguna vez publicaron notas relacionadas con el Capitán Drano, estuvieron Diario de Xalapa, Gráfico de Xalapa, Diario de la Mañana, Diario de la Tarde y Análisis.
Al tiempo que peleaba a golpes contra toda clase de criminales callejeros, su lado sensible aún existía. A veces, el Capitán Drano asistía a ver las exposiciones de artistas plásticos locales e incluso acudió disfrazado a la presentación del poemario Distancia de ti de José Luis Martínez Suárez, escritor y académico de la Universidad Veracruzana, celebrada en la Galería Universitaria Ramón Alba de la Canal; ambos conversaron ante el público asistente acerca de la batalla personal que el embozado sostenía. También fue a escuchar al escritor Carlos Fuentes durante una conferencia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Veracruzana, mientras portaba el manto de su personaje.
XI
Los superhéroes no existen. Aunque el concepto es muy seductor. El Capitán Drano no lo sabía en ese momento, quizás jamás lo supo, pero pertenecía a una ilustre estirpe, cuyo origen se remontaba varios siglos atrás. La idea de un hombre que se dedica a impartir justicia o por lo menos un remedo de ésta, sin estar atado por el apego a las leyes, la obediencia a una jerarquía o la pertenencia a una corporación establecida, es atrayente y peligrosa. Si además acomete esta acción en solitario y se oculta tras un traje, una máscara y un emblema, la fórmula está completa. Un héroe embozado despierta las fantasías, alienta la imaginación, alude a acciones valientes y osadas, cubre con un aura de arrojo a quien se oculta tras un nombre falso. Cuando la aplicación de la Ley falla, por lo menos consuela obtener un sucedáneo.
A diferencia de los caudillos, libertadores, científicos, inventores, mártires o simples ciudadanos, que en la realidad impactan de manera positiva la existencia humana y acometen toda clase de actos desinteresados, la presencia súper heroica se limita a las páginas de historietas, que dan cuenta de sus batallas eternas contra el villano de la semana. Estas tramas mucho tienen de maniqueas y representan el triunfo del Bien sobre el Mal, de la moral sobre la inmoralidad, de la luz sobre la oscuridad. También aleccionan sobre la tragedia y abrevan de la mitología o la religión. Sus protagonistas encarnan los valores dominantes en una época y lugar determinados.
El joven que luchaba en las calles de Xalapa era el heredero espiritual de los justicieros de antaño y ponía al día sus gestas e intenciones, como las del “desfacedor de entuertos” por antonomasia: Don Quijote de la Mancha, aquel hombre lúcido pero enloquecido que, con la sesera seca por las lecturas de libros de caballería, un día se construyó una armadura para salir a combatir a los malvados y defender a las damiselas en peligro, con la lanza en ristre y a lomos de un famélico jamelgo al que llamaba Rocinante. Para efectos de la tradición, Miguel de Cervantes Saavedra fue el iniciador de un proceso que desembocó en el surgimiento del Capitán Drano, aunque a este último le secaron el seso las historietas. Otros de sus tatarabuelos célebres fueron Amadís de Gaula, Roldán, Ivanhoe, el Cid Campeador, Tabaré y Martín Fierro.[14]
Sus bisabuelos eran los detectives literarios como Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Auguste Dupin, el padre Brown, Arsenio Lupin, Perry Mason, Rocambole o Raffles, y aquellos tipos duros como Mike Hammer, Phillip Marlowe, Sam Spade, Dan Fortune, Nero Wolfe, Lew Archer o el comisario Maigret, quienes formaban una caterva novelística que ostentaba un lado oscuro, en sus trajes y en sus métodos.[15] Cuando la novela negra se convirtió en thriller, la literatura perdió a entrañables personajes e hizo surgir a antihéroes homicidas como Tom Ripley, Dexter Morgan, Hannibal Lecter o Joe Goldberg, poseedores de un retorcido código moral. Los detectives fueron sustituidos por investigadores melifluos del FBI como Will Graham y Clarice Starling, o por agentes secretos al estilo James Bond.[16] También los criminales se transformaron. En casi todo criminal, la conciencia colectiva identifica a un justiciero, a un hombre que se opone al establishment y por eso es condenado. Pero muchos de los delincuentes contemporáneos (y también los pretéritos) no se resisten con ideas, sino con violencia.
La realidad mundial contaminó a la literatura y las páginas se llenaron de psicópatas y asesinos en serie indestructibles, o de espías orientales con planes delirantes para derrumbar gobiernos occidentales. La tradicional trama de misterio fue sustituida por argumentos donde lo importante era la acción más que el razonamiento. Los detectives que antaño utilizaban su capacidad de observación y resolvían crímenes intrincados con deducciones, dejaron de aparecer. Ya no hubo esfuerzo intelectual por parte de los autores para crear personajes complejos: simplemente narraban un montón de intercambios de disparos, utilizaban frases pretendidamente rudas y contaban anécdotas sórdidas.
La era del terrorismo y el narcotráfico vio nacer, en el cine y la televisión, a una nueva rama de representantes del orden: policías cínicos, agentes encubiertos, comandos militares y veteranos traumados por una u otra guerra. Fue difícil que el género negro evolucionara en la literatura. En Latinoamérica surgió entonces un subgénero: la novela del narco, una hermanastra fea y retrasada que se nutre de la violencia política, volúmenes que se atascan en lugares comunes, clichés, situaciones inverosímiles, estereotipos y diálogos plagados de coloquialismos que en la realidad nadie utiliza, casi siempre ambientada en los estados del norte de México o en la capital del país. Como excepción, cabría mencionar al personaje “Rompehuesos”, un vigilante que utiliza una sudadera gris con capucha y combate a las pandillas urbanas, que utilizan paliacates como distintivo, en la serie de relatos escrita por el cuentista yucateco Mike Ríos.[17]
El otro aspecto de la relación entre literatura y criminalidad es el de las obras producidas por aquellos que conocen de primera mano esas sensaciones. Muchos delincuentes también gustan de escribir. Algunos llevan diarios en los que conservan una bitácora de sus transgresiones; otros les escriben cartas a las familias de sus víctimas o, como hizo “Jack el Destripador”, le mandan misivas a la policía. Los terroristas suicidas suelen dejar instrucciones para sus familiares y grabar proclamas. Algunos asesinos múltiples han llegado a escribir libros de memorias, autobiografías, libros de cuentos, poemas e inclusive obras sobre criminología.[18]
El cine negro y las películas de acción de los ochenta y noventa, contribuyeron también a popularizar a los investigadores recios, a los policías enamorados de la violencia que debido a sus métodos, colindaban con la criminalidad: Harry “El Sucio” Callahan, John “Duro de Matar” McClane, Paul “El Vengador Anónimo” Kersey, Marion “Cobra” Cobretti, “D-Fense”, John Wick, el anciano Harry Brown, o la versión fílmica y televisiva de Mike Hammer.[19]
A diferencia de los superhéroes habituales, que poseen poderes metahumanos y trajes de colores encendidos, existe una clase de héroes de historieta que se basan sólo en sus capacidades deductivas, el entrenamiento físico, las artes marciales, la tecnología o las armas para combatir al crimen. En los cómics, los más conocidos son el atormentado Batman, la implacable Parca, el letal Mack Bolan, el psicótico Azrael, el resucitado Red Hood, el castigador Punisher y el paranoico Rorschach:[20] estos serían los abuelos del Capitán Drano, con quienes compartiría orígenes trágicos, para ir sin control hacia trágicos finales.
XII
Los superhéroes no existen. Pero sí los vigilantes, aquellos individuos o grupos dedicados a aplicar una clase de justicia personal, expedita e ilegal, que en ocasiones constituye una venganza o un castigo desproporcionado. Quizás los ejemplos antiguos más conocidos sean los “buenos bandoleros” o “bandidos sociales”, como los rebeldes Espartaco, Gaspar Yanga, William Wallace, Robin Longstride (quien dio origen a Robin Hood) o William Tell, ciudadanos oprimidos que se opusieron a un gobierno despótico y criminal, e inspiraron con sus acciones a otros para que se rebelaran.[21]
México tuvo varios ejemplos de estos inadaptados, cuyas carreras delictivas se transformaron, gracias a la delirante imaginación popular, en motivo de admiración celebratoria. Algunos fueron verdaderos, otros trascendieron de la ficción a una engañosa realidad. Los más famosos fueron Jesús Arriaga “Chucho el Roto”; Joaquín Murrieta y “La Banda de los Cinco Joaquines”; Ignacio Parra “El Tigre”; Heraclio Bernal “El Rayo de Sinaloa”; Agapito Treviño “Caballo Blanco”; Porfirio Cadena “El Ojo de Vidrio”; Manuel Lozada “El Tigre de Álica”; Diego de la Vega “El Zorro”; Salomón Pico; Tiburcio Vázquez; Lorenzo Cabello; “El Coronel Relumbrón”; “El Zarco”; y grupos como “Los Bandidos de Río Frío”, “Los Plateados”, “Los Hermanos de la Hoja” o “La Banda del Automóvil Gris”.[22]
En las etapas modernas, los vigilantes casi siempre son civiles y no pertenecen a grupos militares o policíacos establecidos; tampoco cuentan con la autorización explícita del Estado, aunque a veces son apoyados por otros ciudadanos y pueden formar grupos paramilitares. Como actúan al margen de la ley, vulneran los derechos de los presuntos culpables sin recibir, en la mayoría de los casos, sanción alguna. Algunos se limitan a capturar a los que violan las leyes para entregarlos a las autoridades establecidas; otros combaten criminales o grupos delictivos, aplican penas corporales, golpes, torturas o ejecutan a los infractores. En muchos casos, la opinión pública apoya su labor. Esto es síntoma del hartazgo social cuando falla la impartición de justicia o los niveles delictivos son muy elevados.
La figura del vigilante ha sido idealizada a través del cine, la literatura y los comics. A ello contribuye una regla simple: hay historias que, a fuerza de ser repetidas, se transforman en leyendas. Alimentadas por los detalles del imaginario colectivo, acrecientan su importancia y se convierten en parte de una literatura oral que impacta a varias generaciones. Los casos de vigilantes más conocidos se remontan a finales del siglo XIX y se concentran en Estados Unidos. Entre 1883 y 1889 actuaron los “Bald Knobbers”, un grupo sin motivaciones raciales que se dedicó a combatir delincuentes en el sur de Missouri. En sus incursiones utilizaban capuchas con cuernos. Como respuesta surgió otro grupo, los “Anti Bald Knobbers”, con quienes sostuvieron violentos enfrentamientos.[23]
Ya en el siglo XX, en la Nueva York de 1977, Curtis Sliwa, un ciudadano agredido por una pandilla, fundó “Los Trece Magníficos”, un grupo destinado a combatir delincuentes que asolaban el metro neoyorkino. Con posterioridad creó una segunda versión, “Los Ángeles Guardianes”, destinada a vigilar otras zonas de la ciudad. Ciudadanos de ochenta y dos ciudades en nueve países imitaron su ejemplo y fundaron filiales de su asociación. En 1992, Sliwa fue baleado en Manhattan por órdenes de John Gotti, el conocido mafioso, mientras viajaba a bordo de un taxi; sobrevivió al atentado e inició una fructífera carrera política.[24]
La mayoría de los vigilantes, reales o ficticios, cruzan la línea para convertirse en aquello que juraron combatir, tal y como el lugar común lo sentencia. En 1984, Nueva York era asediada por el crimen y aún se le conocía como “La Ciudad del Terror”. Un hombre harto de aquello, Bernhard Goetz, sufrió un violento asalto en el metro; para defenderse, extrajo un revólver y le disparó a cuatro pandilleros. A uno de ellos volvió a dispararle mientras yacía herido en el piso de uno de los vagones, destrozándole la columna vertebral y dejándolo paralítico. Goetz huyó de la estación, pero se entregó a la policía una semana después. Fue juzgado por cargos menores y sentenciado a ocho meses de prisión. Los medios lo convirtieron en un héroe civil, símbolo del miedo rijoso imperante en la Gran Manzana, y se dedicó a dar entrevistas y consejos sobre cómo defenderse a tiros de las agresiones.[25] Su juicio motivó los programas de Tolerancia Cero implementados a principios del siglo XXI en la Urbe de Hierro.
Latinoamérica tampoco estuvo exenta de estos brotes. En 1994, en Departamento de San Miguel (El Salvador), surgió “Sombra Negra”, un grupo de vigilantes integrado por ex militares y ex policías, quienes se dedicaban a detener y ejecutar a delincuentes de toda índole, para luego abandonar los cadáveres con las manos atadas y los ojos vendados. Mataron a diecisiete personas y llegaron a combatir contra miembros de la Mara Salvatrucha. También amenazaron a las autoridades policíacas que no cumplían con sus responsabilidades.[26]
1999 fue el año que vio surgir a “Los Escuadrones de la Muerte de Davao” en Filipinas. Mataron a más de ochocientas personas durante una década, sobre todo a pandilleros y narcotraficantes, aunque también a activistas políticos, sacerdotes, políticos de izquierda y niños de la calle. El alcalde Rodrigo Duterte encubrió las actividades de este grupo y siempre negó su existencia.[27]
En 2004, en Kabul (Afganistán), le tocó el turno a Jonathan Keith “Jack” Idema, un ex militar estadounidense, quien secuestró a ocho militares afganos, llevándolos a su departamento, donde había construido una prisión personal. Allí los torturó e interrogó con el objetivo de localizar al terrorista Osama bin Laden, para capturarlo y obtener la recompensa ofrecida por él. Fue detenido por soldados estadounidenses.[28]
En Europa, el activista Noel Godin utilizó una forma pseudo humorística de “impartir justicia”: lanzar pasteles a la cara de famosos personajes en sitios públicos. Entre sus víctimas estuvieron el presidente francés, Nicolás Sarkozy; el cineasta Jean-Luc Godard; el primer ministro Jean Charest; y el millonario Bill Gates.[29]
Tal vez los vigilantes más conocidos y mediáticos sean los integrantes de “Anonymous”, un grupo mundial de hackers de tendencia anarquista, que a partir de 2008 se dedicó a combatir “en nombre del pueblo” contra grupos, instancias, leyes o personas que afectaran los intereses de la gente común. Sin líderes visibles ni jerarquía conocida, efectuaron manifestaciones, ataques cibernéticos y boicots.[30]
El caso paradigmático de vigilantes enmascarados llegó en 2010, una década después de la caída del Capitán Drano: “Real Life Superheroes”, un extenso grupo formado por ciudadanos que decidieron disfrazarse como superhéroes y combatir a los delincuentes. Más de trescientas personas adoptaron nombres, disfraces y actitudes inspirados en los cómics, para actuar en docenas de ciudades estadounidenses. Entre ellos estaban Shadow Hare, Silver Moon, Geist, Foxfire, Doctor DiscorD, Mister Silent, Razor Hawk, Captain Jackson, Queen of Hearts y The Watchman. Todos ellos fueron los hijos espirituales del Capitán Drano: los herederos de su cara heroica y luminosa.[31]
XIII
Los superhéroes no existen. Quizás porque representan un tipo de justicia que muchos temen ejercer. Y aún así, México no quedó exento de este fenómeno. En el cine y la televisión, estos justicieros eran mostrados como personajes caricaturescos. Desde Chanoc, el pescador y lanchero de historietas que resolvía casos policíacos en Acapulco y que fue encarnado en el celuloide por el actor Andrés García; Santo El Enmascarado de Plata, luchador que protagonizó innumerables cintas junto a otros famosos del cuadrilátero; Gulp, una parodia del irascible Hulk, que fue interpretado por tres cómicos diferentes: Xavier López “Chabelo”, Alejandro Suárez y Miguel Ángel Fuentes; La Lagartija Karateka, encarnada por la comediante Anabel Ferreira; La Supermana, un travesti creado por Daniel Vives Ego; El Superportero, que combatía la publicidad gratuita, interpretado por Eugenio Derbez; Mamá Lucha, que anunciaba una cadena de supermercados; o el más célebre de todos: el insufrible Chapulín Colorado, creación de Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”.
En 2020, durante la pandemia causada por el virus COVID-19, Gabriela Gamboa, la alcaldesa de Metepec, Estado de México, decidió rodar un comercial contra el coronavirus donde interpretaba de forma ridícula a un personaje superheróico lanzado por el gobierno: Susana Distancia.[32]
Los encapotados nacionales reales tomaron su inspiración y atuendos de la Lucha Libre, para conformar un panorama que mucho tenía de folklórico, cubierto de buenas intenciones y con presencia sobre todo urbana. Entre los pintorescos superhéroes mexicanos destacó Superbarrio, personaje surgido tras el terremoto de 1985 y quien se dedicó a abanderar causas sociales, para apoyar a políticos de izquierda y defender a los damnificados que perdieron sus propiedades en el mayor sismo de la historia de la capital.[33]
Otros, menos célebres, lo tomaron como ejemplo a seguir. Tal fue el caso de Superluz, quien se enfrentó contra los granaderos en la Ciudad de México, montado en una motocicleta, para defender a los trabajadores liquidados del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME). En 1993 surgió Buscaniños, un enmascarado que se dedicaba a rastrear a pequeños desaparecidos debido a secuestros o trata de personas. Miembro de la denominada Alianza Fraternal Suprema Mexicana, declaró en una entrevista: “Seguiré. He sentido el dolor ajeno, he recibido amenazas de muerte, burlas de los mismos policías que me tratan de fantoche en lugar de darme apoyo”. Pero su lucha rindió frutos y consiguió localizar a varios menores de edad, sobre todo en Toluca y San Pedro de los Baños.[34]
También estuvo Supergay, representante de homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, transgéneros y travestis, que reclamaba el respeto a sus derechos. Superanimal se enfocó en combatir el maltrato a los animales. Zadrigman hizo defensa de los perros callejeros.[35] Peatónito caminaba por las calles vestido de negro, señalaba las faltas de los conductores al reglamento de tránsito e impartía educación vial. “Soy el enmascarado que defiende a los chilangos de los autos y de la pésima infraestructura peatonal”.[36] Y Súper Mojado se presentaba como “un defensor de los inmigrantes” en Estados Unidos, en combate contra personajes como ICE o Minuteman.[37]
Destacaba Tacubo, un enmascarado que se presentaba en las escuelas para combatir el acoso y el bullying, daba pláticas sobre el tema e intercedía por los débiles, con su lema: “¡La violencia no es un juego!”[38] Uno más fue El Ecologista Universal, enfundado en unas mallas verdes, quien luchaba a favor de la ecología en el puerto de Veracruz, oponiéndose a la planta de energía nuclear ubicada en Laguna Verde. Fray Tormenta, un sacerdote católico que luchaba en los cuadriláteros para ganar dinero con el cuál sostener el orfanatorio que dirigía. Y Ciudadina, con un traje y máscara de color rosa, que repartía sonrisas, abrazos y buenos deseos a los ciudadanos montada en una bicicleta: “Cuanto más sonriamos y más amables seamos, esa amabilidad se contagiará”.[39]
Pero la amabilidad no podía con todo. A medida que el índice criminal se incrementaba en el Estado de México, muchos ex militares se dedicaron a impedir la delincuencia en el transporte público. Viajaban en autobuses o combis y cuando algún delincuente intentaba asaltar a la gente, desenfundaban una pistola y los abatían con certeros disparos. Los pasajeros apoyaban a estos vigilantes y resguardaban su identidad, para que la policía no pudiera detenerlos.
Entre los más conocidos estaban los denominados “Justicieros de Naucalpan”, ciudadanos sin nexos entre sí que abordaban el transporte público con la única intención de evitar asaltos y matar a los delincuentes. Ninguno de ellos fue detenido y contaron siempre con la protección de los testigos de sus actos. La reportera Vania Flores escribió sobre ellos:
En el municipio de Naucalpan en el Estado de México, los actos de los llamados “Justicieros” han ido en incremento durante los últimos meses, esto debido a la inseguridad que se vive a diario en esta demarcación. […] En el presente año ya van tres linchamientos de personas a asaltantes y delincuentes.[40]
Los casos de defensa ciudadana ante los ladrones se recrudecieron en 2020, mientras la pandemia de COVID-19 arrasaba el mundo. En agosto de ese año, en el Estado de México, destacó el episodio donde un ladrón llamado Raúl fue atrapado por los pasajeros de una combi, quienes le propinaron una golpiza que duró casi cinco minutos, antes de desnudarlo y dejarlo medio muerto en medio del asfalto. La gente en las redes sociales lo celebró y los golpeadores fueron vistos como héroes populares.[41]
Para noviembre de 2021, varios asaltantes fueron el blanco de un nuevo vigilante que actuaba en la ciudad de Tampico. Los medios lo bautizaron como “El Batman de Tamaulipas”, debido a que dejaba a los delincuentes atados y les pintaba el rostro a semejanza de “El Joker”, enemigo del Hombre Murciélago en las historietas. La columnista María Salcedo escribió:
Al parecer, una especie de superhéroe está cazando supuestos ladrones en la ciudad de Tampico, Tamaulipas, en México. Este extraño caso se ha dado a conocer en redes sociales. Varios usuarios han publicado fotos de unos supuestos ladrones que fueron atados a un poste y pintados como El Joker […] con cintas en sus manos y la palabra “rata” escrita en sus cuerpos. Además, este no ha sido el único caso reportado por la población. Según lo difundido en medios mexicanos, cuatro hombres que al parecer se encontraban robando en un bus, aparecieron con los rostros pintados como el personaje y atados de manos. Los residentes de la ciudad mexicana apodaron al responsable de estos hechos como “El Batman de Tamaulipas”.[42]
Otros casos en los meses siguientes se unieron al festín revanchista. El drama de la violencia tumultuaria marcaba, siempre, la tierra mexicana. Ladrones apaleados, mutilados, quemados vivos, atropellados por conductores enardecidos, ante la mirada gozosa de las multitudes y la incapacidad de un cuerpo policíaco, rebasado y corrupto.
Todos ellos eran los otros hijos espirituales del Capitán Drano: legatarios sangrientos de su faz vengativa y oscura.
XIV
Los superhéroes no existen. En el espectro opuesto de los vigilantes se ubica la violencia grupal, otra clase de justicia social protagonizada por los linchamientos, la ejecución de una persona a manos de una multitud. El origen de esta sanguinaria práctica se remonta a 1780, en Virginia, Estados Unidos. Un granjero y político llamado Charles Lynch ordenó que se ejecutara de manera sumaria a un grupo de partidarios del gobierno británico, después de que un juzgado los había declarado inocentes. Su apellido motivó el origen de la palabra.[43]
Causado por un deseo colectivo de venganza o justicia, el linchamiento se realiza sin proceso, de forma expedita y por lo general con lujo de violencia; es otro reflejo social del hartazgo popular ante la debilidad del Estado para impartir justicia y aplicar las leyes. Otras clases de linchamiento se dan por motivos políticos, religiosos o raciales. Las víctimas pueden ser delincuentes capturados in fraganti o personas sospechosas de haber cometido un delito, aunque también individuos pertenecientes a grupos marginados o minorías, quienes son sometidos, amarrados, golpeados, en ocasiones torturados y después ejecutados ante la vista de todos.
Los métodos más utilizados son ahorcar o quemar viva a la víctima, aunque también la muerte a golpes es aplicada. La responsabilidad por la ejecución se diluye entre la chusma y pocas veces los participantes son detenidos, juzgados o condenados. Hay siempre uno o más instigadores del hecho y varios ejecutores. El linchamiento es un festejo sangriento, donde participan hombres, mujeres e inclusive niños. A diferencia de las ejecuciones públicas ordenadas por el Estado, los linchamientos cuentan con la aprobación tácita de todos los espectadores del hecho.
El linchamiento más famoso ocurrió en 1915, en Marietta, Georgia, también en Estados Unidos, cuando Leo Frank, un judío estadounidense dueño de una fábrica de lápices, fue detenido como sospechoso de haber violado y estrangulado a una niña de catorce años. Tras ser juzgado y encarcelado, una turba lo secuestró para llevarlo a un paraje, donde lo golpearon con salvajismo y después lo ahorcaron, colgándolo de la rama de un árbol. El caso permitió que se restableciera el Ku Klux Klan, organismo racista desaparecido cuarenta años antes. Años después se comprobó su inocencia. Su muerte originó la creación de la Liga Antidifamación.[44]
En México, país con una larguísima tradición de linchamientos, uno de los que mayor resonancia alcanzó en los medios de información y en el imaginario popular, fue el ocurrido un sábado 14 de septiembre de 1968. En medio de un torrencial aguacero, el sacerdote católico Enrique Meza Pérez azuzó al pueblo de San Miguel Canoa, Puebla, para que torturara y linchara a un grupo de siete trabajadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, bajo la acusación de ser ateos y comunistas. Cuatro de ellos murieron a causa de las heridas.[45]
Infame fue la transmisión en directo del linchamiento de tres agentes de la Policía Federal Preventiva (PFP) en el pueblo de San Juan Ixtayopan, Tláhuac, en el Estado de México, la noche del martes 23 de noviembre de 2004. Los policías fueron capturados por más de trescientos pobladores afuera de una escuela primaria, bajo sospecha de ser secuestradores de niños. Tras ser desnudados, durante dos horas la turba se dio gusto golpeándolos; allí, abandonados por las autoridades y a merced de la multitud enardecida, los reporteros de televisión pudieron entrevistarlos. Ante cámaras y micrófonos, con los rostros hinchados y amarrados a un poste, balbucearon algunas respuestas. Luego el pueblo los quemó vivos. Dos de ellos, Víctor Mireles Barrera y Cristóbal Bonilla, quedaron reducidos a cenizas humeantes en medio de la calle; el tercero, Edgar Moreno Nolasco, fue apaleado con salvajismo, pero sobrevivió para contarlo. Las imágenes acapararon los espacios noticiosos de México y el mundo, horrorizando y fascinando a los telespectadores. Muchos de los que participaron en el crimen, pudieron dejar el lugar de los hechos y llegar con tranquilidad a sus casas para, en compañía de sus familias, mirarse en televisión.[46]
Otro caso paradigmático sucedió en Taxco, Guerrero, el miércoles 27 de marzo de 2024, en plena Semana Santa. Ese día, la niña Camila Gómez Ortega, de ocho años de edad, fue asesinada por Ana Rosa Díaz Aguilar, una vecina de su familia. El cuerpo de la pequeña acabó tirado en una carretera, envuelto en una bolsa de plástico para basura. Su tío consiguió varios videos de seguridad, que mostraban la responsabilidad de aquella mujer y de su pareja, un taxista.
Al otro día, Jueves Santo, una turba iracunda arrasó con la casa de la secuestradora y la arrastró, a ella y a sus dos hijos, por las calles del pueblo. Ante la presencia de la policía, que nada supo o pudo hacer, cientos de personas se congregaron para matar a golpes a la mujer y a uno de sus hijos, dejando al otro malherido. Los reporteros que cubrían las tradiciones religiosas grabaron videos que documentaban la fiesta de la sangre. Las redes sociales y los noticiarios se encargaron del resto.[47]
XV
Los superhéroes no existen. En contraste, los grandes villanos del pasado, hombres temidos y odiados por generaciones, son los héroes románticos del presente. Los asaltantes que en la Edad Media quemaban castillos y violaban mujeres, son los arquetipos del bandido aventurero que ahora recorre los bosques ingleses en las historietas;[48] los piratas que asolaban los mares de oriente y occidente, robando y cometiendo atrocidades, terminaron convertidos en pintorescas figuras de libros juveniles;[49] los duros hombres del Oeste estadounidense, que mataban apaches y asaltaban diligencias, son los forajidos que protagonizan películas y sirven para que los niños se disfracen de vaqueros en las fiestas infantiles;[50] los “perros rabiosos” que protagonizaron la Edad Dorada del bandolerismo estadounidense, como Bonnie y Clyde o John Dillinger, son entronizados como héroes populares y románticos en series y películas.[51] Y aún sociópatas poderosos que masacraban a sus súbditos por derecho, como Vlad Tepes o Erzebeth de Bathory, inspiran una subcultura que encuentra en los piercings, la ropa negra, el maquillaje exagerado y la sangre falsa, un pretexto para su supuesta rebeldía.[52]
Si los asaltabancos y los gángsters se convirtieron en atracciones de feria o en estereotipos admirados, es lógico que los criminales de nuestra época serán las figuras de culto del futuro. Ya sucede en parte con los asesinos en serie y los asesinos en masa: antropófagos y torturadores son estrellas contemporáneas y escriben libros, pintan cuadros, conceden entrevistas y venden sus historias a la prensa, aparte de recibir cartas de admiradores. Inspiran, además, cientos de libros.[53]
En Latinoamérica, la cultura del narcotráfico es parte de este fenómeno social, que identifica al proscrito con valores positivos, de enfrentamiento con el sistema establecido y por ende, con el poder. El traficante que otorga a la gente del lugar donde nació o donde vive una serie de beneficios sociales, cuenta con la simpatía del pueblo: les da hospitales, escuelas, casas, a veces hasta seguridad pública contra delincuentes comunes. Es la revitalización del cacique o el señor feudal, dueño de vidas y haciendas, que da el pan o el palo, la plata o el plomo según corresponda. Es percibido como justo y poderoso. Vicario de Dios en el mundo, el narcotraficante en ocasiones suplanta al estado, con la aparente ventaja de que sus decisiones son rápidas y expeditas. Por eso consigue protección de mucha gente, además de ostentar, por supuesto, el poder mayor, que es el poder económico, traducido en un imparable poder corruptor y en la imprescindible capacidad de fuego, capaz de doblegar y diezmar a sus enemigos. Ningún superhéroe encapotado sería capaz de vencerlo. Por supuesto, llega el momento en que su cara generosa termina y sólo permanece el asesino sanguinario y cruel.[54]
Señor de horca y cuchillo, al narcotraficante se le componen corridos, como antes se hacía con los robavacas y generalotes revolucionarios; se le otorgan prebendas; se le pintan retratos; se le identifica con una manera de vestir; se destilan tequilas con nombres que lo aluden; se le reza a los dos narcosantos: el traficante porfiriano Jesús Malverde y Juan Soldado, víctima de la injusticia de las leyes mexicanas. El narcotraficante es el equivalente contemporáneo del mafioso italiano y encarna también ciertos rasgos del guerrillero sudamericano. Personaje viril y primitivo, violento y desafiante, las cintas sobre narcotraficantes contienen golpes, asesinatos, torturas, venganzas, secuestros, corrupción, frases punzantes, descuartizamientos y sexualidad agreste. En ello radica su poder de fascinación.[55]
Un fenómeno surgido tras el estallido de violencia que significó en México la Guerra contra el Narcotráfico, fue el de los Grupos de Autodefensa Comunitaria: asociaciones de gente armada que se dedicaban a combatir a los cárteles de la droga que asolaban ciertas regiones, sobre todo en los estados de Guerrero, Tamaulipas y Michoacán. El médico José Manuel Mireles Valverde encabezó el más conocido de ellos, entre 2013 y 2014, antes de ser encarcelado, liberado y morir a causa del coronavirus durante la pandemia de COVID-19 en 2020.[56]
Dentro del contexto de la narcoviolencia, también se vincula el episodio protagonizado en 2010 en Padilla, Tamaulipas, por Alejo Garza Tamez “Don Alejo”, un avicultor y cazador, que se enfrentó a un comando armado perteneciente a un cártel, los cuáles pretendían despojarlo de su propiedad. Don Alejo se atrincheró en su rancho y sostuvo, él solo, una prolongada batalla de varias horas contra docenas de hombres armados. Tras matar a varios, los sicarios huyeron; pero el rijoso ranchero murió a causa de las esquirlas de una granada de fragmentación que le lanzaron. Su sacrificio lo convirtió en un símbolo de resistencia civil.[57]
Parientes lejanos del Capitán Drano, destacan los delincuentes solitarios que realizan actividades criminales, llamados asesinos misioneros o asesinos apostólicos, que actúan motivados por el deseo de cumplir una misión o una tarea que suponen les ha sido encomendada por una fuerza superior, casi siempre Dios o el Destino. Para cumplirla, el medio es matar. Se distinguen por su visión psicótica del mundo. Pueden presentar cuadros esquizoides o padecer esquizofrenia. Con frecuencia escuchan voces que les ordenan ejecutar actos criminales. Creen que sus acciones repercutirán en la estabilidad o el desequilibrio del planeta y actúan en consecuencia. Megalómanos, aseguran que sus acciones tienen un fin más importante que los demás no logran comprender. Esgrimen motivos descabellados: evitar el fin del mundo, obedecer órdenes de extraterrestres o cumplir mandatos divinos.[58]
Esta clase de criminales con frecuencia padecen manía persecutoria o paranoia, se intuyen víctimas de conspiraciones y creen que existen complicados planes para detenerlos o matarlos, en los cuales interviene una gran cantidad de personas. Sus actos carecen de sentido, excepto para ellos mismos, son compulsivos y ritualistas, y desarrollan tics nerviosos. Hiperquinéticos, padecen déficit de atención, les cuesta trabajo concentrarse y tienen una pobre capacidad para realizar una vida apegada a los hábitos normales. Cuando matan, creen que lo hacen en defensa propia o para librar al mundo de una amenaza; por ello no sienten remordimiento. Dirigen sus ataques contra ciertos grupos sociales que consideran nocivos. Reivindican motivaciones clasistas, por lo que matan a empresarios, millonarios, prostitutas o indigentes; racistas, contra negros, hispanos u orientales; sexistas, así que atacan a homosexuales o mujeres; políticas, y asesinan a celebridades, figuras públicas y funcionarios; o sociales, con lo que dirigen sus crímenes contra personas que afectan la ecología, maltratan animales o despiden trabajadores. En México existieron por lo menos dos de estos individuos, cuya trayectoria criminal se convirtió en una leyenda oscura.[59]
XVI
Los superhéroes no existen. Eso quedó muy claro en enero de 1989. La ciudad de Guadalajara, Jalisco, vivía un invierno frío. No existían aún los albergues públicos que se implementarían más de una década después. La crisis económica que desde siete años antes se vivía en México se reflejaba en el gran número de mendigos, niños de la calle y personas sin hogar que vagaban por las calles de la enorme ciudad, la segunda más grande del país.
Un hombre contemplaba aquel espectáculo con enojo. Un rencor sordo crecía en su interior; despreciaba profundamente a los indigentes, le molestaba que le pidieran monedas y que a veces lo tocaran en el brazo, para exhibir ante él las llagas, los dientes podridos, la ropa astrosa, las costras de mugre en la piel, el cabello hirsuto y el insoportable olor de su cuerpo. La basura viviente de la urbe. Y odiaba sobre todo la actitud, que variaba entre los gemidos lastimeros y una descarada exigencia.
Una mañana tomó la decisión. Desde varios años atrás le gustaban las armas. Poseía una en especial, que consideró la más adecuada para llevar a cabo su labor, para ejecutar el trabajo de un Ángel Exterminador que limpiaría las calles de Guadalajara. Se vistió adecuadamente, con ropa negra y una gabardina del mismo color; algunos afirmarían inclusive que portaba un sombrero y que utilizaba un bastón, pues cojeaba. Tomó su pistola, una calibre 7.65 de origen italiano, la cual había dejado de fabricarse años atrás y cuyas balas eran producidas únicamente por Remington y Winchester. Una pistola de colección destinada a cumplir una misión redentora. Subió a su auto, un Volkswagen sedán, y se dirigió a iniciar su cruzada. La escritora Norma Lazo diría sobre él:
Estaba seguro de que todos en la ciudad pensaban igual, pero el ciudadano promedio es un hipócrita que se decanta por la moral del esclavo. […] Enero es un buen mes para iniciar nuevos proyectos. Probablemente en diciembre realizó una lista de propósitos para el Año Nuevo. Dejar de fumar, hacer ejercicio, asesinar indigentes…[60]
Su primera víctima dormía en la banqueta, acurrucado a causa del frío. El asesino apuntó con cuidado y disparó una sola vez. La bala le atravesó la cabeza al hombre, un pordiosero de alrededor de sesenta años. Luego se alejó sin prisa alguna, dejando el casquillo de la bala en el suelo, a propósito: era su firma. Había atacado en uno de los barrios bajos de Guadalajara. Cuando la policía encontró el cuerpo, no le dio mayor importancia; la muerte de un indigente, aunque hubiera sido ejecutado, a nadie le interesaba.
El segundo murió días después en circunstancias similares; apareció muerto en otra banqueta, con el disparo en la cabeza y el casquillo a un lado. La policía se dio cuenta de que se trataba del mismo calibre y que además era un arma extraña, de colección. Pero rastrearla era una labor ardua. El gobierno no destinaría recursos a una investigación en la cual las víctimas eran los mendigos de la ciudad, los invisibles e indeseables, los ciudadanos de quinta clase, los deshumanizados.
El tercer indigente fue ejecutado poco después. Moría en promedio uno cada dos semanas. La similitud de los crímenes trascendió a la prensa, quienes de inmediato publicaron la sensacional noticia: un asesino en serie asolaba Guadalajara. Lo bautizaron de inmediato: “El Mataindigentes”.
Febrero y marzo trajo nuevas víctimas. El quinto asesinato se cometió en el Sector Libertad, con el disparo certero en la región occipital. Era obvio que se trataba de un tirador profesional, un policía o un militar. El sexto asesinato lo cometió a plena luz del día y en una de las calles más transitadas de Guadalajara. Algunos testigos escucharon el disparo y vieron un Volkswagen color azul que se alejaba de la escena del crimen; unos más afirmaban que el auto era blanco. Otros dieron la descripción de las ropas del hombre, aunque nadie pudo ver su rostro.
“El Mataindigentes” aceleró su ritmo; en una misma semana, ejecutó a tres pordioseros más. Los periódicos vendían más ejemplares y los noticieros locales lanzaban hipótesis sobre los acontecimientos. Psicólogos y psiquiatras opinaban sobre el perfil del asesino. La policía no tenía pistas reales, pero decían que sí, que estaban cerca de atraparlo. Entonces hubo otro ataque: un desconocido le disparó a un joven que ni siquiera parecía indigente, por la espalda, a la altura de las vértebras cervicales. La policía se lo achacó a “El Mataindigentes”, con tal de poder hallar a un responsable.
La novena víctima del verdadero asesino fue un personaje célebre en los anales criminales de México. Se trataba de Vicente Hernández Alexandre o Roberto Alexander Hernández, a quien se le había dado el sobrenombre de “El Raffles Mexicano”. Se trataba de un ladrón de guante blanco, de la vieja escuela, un tipo cosmopolita, un hombre de mundo que había dedicado su existencia a la alta estafa y a despojar de sus bienes a los ricos y famosos, con astucia y estilo. Hablaba varios idiomas, había viajado por todo el mundo y era un notable fotógrafo. Admirado por policías y criminales, se había vuelto un mito viviente. Sus “trabajos” eran limpios, sin armas, sin violencia, sin forzar puertas o cerraduras y sin dejar huellas. Cuando fue arrestado, los medios se disputaban las entrevistas con él. Una de sus reglas era jamás lastimar a nadie y cumplió ese precepto a cabalidad: sus delitos nunca cobraron una vida, ni usó la violencia. Sobre él, el cronista Héctor de Mauleón escribió:
[Era] un hombre que llegó a la gloria por la puerta trasera y se convirtió, durante un tiempo, en uno de los personajes más célebres de México. Alexander había nacido hacia 1900, dos años después de que la implacable política de pacificación porfirista, brutal con plagiarios y bandidos, hiciera morir a “Chucho el Roto” en las tinajas de San Juan de Ulúa. […] Cliente habitual de cárceles mexicanas y norteamericanas, no tardó en ser descubierto como un filón explotable por los reporteros, para quienes fue “el delincuente más hábil de cuanto ha habido en México”. Periódicos como Excélsior y El Universal lo conocieron como “El Ladrón Elegante”, “El Ladrón Invisible” o “El Ladrón del Cuarto Amueblado”, pues una de sus especialidades era el saqueo de casa de huéspedes. […] [Otros] preferían llamarlo “El Raffles”. La analogía resultaba evidente: al igual que el modelo original, Alexander vestía con elegancia, usaba brillantes en los dedos, hablaba inglés con soltura, era experto en el uso de disfraces –se confesaba actor fracasado–, y solía robar “sin violencia y hasta con un elegante refinamiento”.[61]
Al salir de la cárcel, se encontró al descubierto: no podía regresar a los círculos que antes frecuentaba. Fue envejeciendo solo, hasta quedar en la miseria. Cargaba un maletín roto, lleno de viejos recortes de prensa que hablaban de sus hazañas; se los mostraba a la gente en la calle y explotaba su añeja fama a cambio de unas monedas para poder comer; él, que había tenido joyas, casas, autos, hermosas mujeres y millones en cuentas bancarias.
El ocho de marzo de 1989, “El Mataindigentes” encontró al famoso ladrón en un callejón, durmiendo, abrazando, como siempre, su ajado portafolio. Ni siquiera sabía de quién se trataba. Lo ejecutó como a los demás y después se marchó. Fue su último crimen. La noticia de la muerte de “El Raffles Mexicano” indignó a la prensa como no los había indignado su vejez miserable. Exigieron el esclarecimiento del caso. El escándalo llegó a los altos niveles de las esferas políticas y tuvo ecos inclusive en la Ciudad de México.
Quince días después, un elegante anciano de setenta y siete años de edad, que se dedicaba a hacer obras de caridad, fue ejecutado en la calle de un tiro en la espalda. La policía se lo atribuyó a “El Mataindigentes”, aunque la realidad es que no tenía nada que ver con su modus operandi. Pero el pánico se empezaba a apoderar de la ciudadanía. La policía patrullaba constantemente la zona donde habían ocurrido los asesinatos. Investigaron en los hoteles de mala muerte que pululaban por allí y en uno de ellos encontraron a un empleado, que les dio pistas sobre un hombre que poseía un Volkswagen azul y se hospedaba allí. “Es un tipo extraño, en una ocasión lo sorprendí escuchando en la radio las noticias sobre ‘El Mataindigentes’. Parecía que le causaban mucha gracia, porque estaba risa y risa. Tenía mal una pierna, no caminaba bien”,[62] afirmó ante los agentes.
Montaron guardia; siete días después, un hombre que respondía a la descripción dada por el empleado apareció por allí. Se trataba de Osvaldo Ramírez, de treinta y nueve años de edad. No tenía antecedentes penales. Después de que lo interrogaron largo y tendido, confesó que había matado a su amante, un homosexual que deseaba abandonarlo. Pero no dijo nada sobre los otros asesinatos. La policía declaró que habían capturado al asesino y la prensa dio la noticia. La gente aceptó aquello sin problemas.
Y el asesino también lo aceptó. Al darse cuenta de que la policía le había cargado el rosario de crímenes a aquel hombre, “El Mataindigentes” decidió retirarse. Dejó de matar, sabiendo que con ello quedaba libre de culpa y la investigación sobre sus crímenes se cerraba. El hombre que estaba en la cárcel saldría tiempo después, cuando ya nadie se acordaba del hecho. Solitario en algún lugar, “El Mataindigentes” quizás contemplaba el arma que lo había ayudado en su misión, resignado al no haber podido terminarla, pero contento de seguir libre, con vida y de haberse convertido en un mito urbano.
Pero la historia no terminó allí. El asesino o un imitador suyo regresó en 2017, exterminando a más personas, aplastándoles la cabeza a los mendigos con una enorme roca mientras dormían. Esta vez tampoco fue atrapado.
XVII
Los superhéroes no existen. Se comprobó en otra parte de México. La extraña multihomicida a quien se conocería como “Diana la Cazadora” nació alrededor de 1964, quizás en Ciudad Juárez, Chihuahua. Su vida transcurrió en el entorno descompuesto de esa urbe fronteriza, donde la violencia contra las mujeres es habitual. El miércoles 28 de agosto de 2013 a las 21:00 horas, atacó por primera vez. En la esquina de las calles Colombia e Ignacio de la Peña, le hizo la señal de parada a un autobús de transporte público de la Línea Cuatro. Subió dos escalones y sacó una pistola, con la que le disparó en la cabeza al conductor de la unidad, matándolo. Volvió a bajar y se alejó caminando. La víctima era Roberto Flores Carrera, de cuarenta y cinco años de edad.
El jueves 29 de agosto a las 20:30 horas, la asesina atacó de nuevo, esta vez en la Avenida Tecnológico, frente al complejo educativo de la Universidad de Juárez. El conductor era Freddy Zárate, también de cuarenta y cinco años. Lo mató de la misma manera. Los testigos la describieron como una mujer de alrededor de cincuenta años, morena y con el cabello teñido de rubio. Tras los crímenes, la misteriosa dama envió un mensaje a varios medios de información, explicando sus motivos, a través del correo electrónico dianalacazadoradechoferes@hotmail.com:
Creen que porque somos mujeres somos débiles y puede ser que sí, sólo hasta cierto punto. Pues aunque no contamos con quién nos pueda defender, tenemos la necesidad de trabajar hasta altas horas de la noche para mantener a nuestras familias. Ya no podemos callar estos actos que nos llenan de rabia; mis compañeras y yo sufrimos en silencio, pero ya no podemos callar más. Fuimos víctimas de violencia sexual por choferes que cubrían el turno de noche de las maquilas aquí en Juárez y aunque mucha gente sabe lo que sufrimos, nadie nos defiende ni hacen nada por protegernos; por eso soy un instrumento que dará justicia a varias mujeres, que al parecer somos débiles para la sociedad, pero no lo somos; en realidad somos valientes y si no nos respetan, nos daremos a respetar por nuestra propia mano. Las mujeres juarenses somos fuertes. Yo soy un instrumento de venganza. Atentamente: “Diana la Cazadora”.[63]
La polémica conductora de televisión peruana Laura Bozzo viajó a Ciudad Juárez para tratar de contactar con la homicida, pero no lo consiguió. Ante los ataques, muchas mujeres se manifestaron a favor de la asesina en serie:
¡Pues creo que ya se habían tardado en tomar justicia! Pienso y no soy detective, pero quizá sea una de las madres de alguna de las Muertas de Juárez. […] Decidió tomar [justicia] por sus propias manos. Quizá suene muy hollywoodense, pero nunca se sabe.
Otra mencionó:
Si el gobierno incompetente no puede contra los que matan, violan y levantan mujeres para la trata de blancas, entonces que se empiece a hacer justicia como debe de ser.
Las autoridades tardaron varios días en manifestarse respecto a lo ocurrido. Al final dieron a conocer un retrato robot de la sospechosa. “No podemos tomar a la ligera ese mensaje que circula en las redes, en los que una supuesta vengadora anónima llamada ‘Diana la Cazadora’ está actuando”, declaró Carlos González Estrada, vocero de la Fiscalía General del Estado. Docenas de agentes buscaron sin resultado a la multihomicida. Se colocaron agentes encubiertos a bordo de los autobuses del turno nocturno.
A los pocos días, la fugitiva envió un nuevo mensaje a la emisora Radio Net, donde afirmaba: “Tengo la sensación de que desde hace un par de días me han estado siguiendo, por lo que temo por mi vida”.[64] Desmintió que ella manejara una cuenta de Facebook con su nombre.
Al final dejó de comunicarse y cesó de matar. Su identidad, al igual que la de “El Mataindigentes”, jamás fue descubierta. Pese a los múltiples esfuerzos por atraparla, la enigmática vengadora nunca pudo ser detenida.
XVIII
Los superhéroes no existen. Porque, del otro lado del concepto de la justicia, existe el de la venganza y el desafío a la leyes establecidas, el rompimiento de las normas y la violación del pacto entre gobierno y ciudadanos, del contrato social que otorga al estado el uso exclusivo de la violencia legítima. En el fondo, toda acción de un vigilante es un acto delincuencial, que envía a la sociedad un mensaje de moral equívoca, aunque las circunstancias permitan comprenderlo en sus profundas motivaciones. Ese mensaje dice que está bien tratar de solucionar los problemas a través de la fuerza y los golpes, que un acto violento es la mejor manera para combatir otro acto violento. Aunque se cubra con el manto de las buenas intenciones, es una acción desesperada y caótica que no resuelve la problemática de fondo y por el contrario, en ocasiones la empeora. Sólo alguien que no teme a las consecuencias se enfrenta a pandilleros y asaltantes, que pueden herirlo o matarlo, y recorre las calles enfundado en una armadura para “salvar a la gente”. Sólo alguien que idealiza la acción directa asume la personalidad de un vigilante de historieta y sale al mundo real para combatir al delito, sin medir el profundo alcance de sus acciones.
El rompimiento del Capitán Drano con los medios de información ocurrió una noche, cuando el fotógrafo de un periódico local quiso registrar el instante en que el Capitán le propinaba una brutal golpiza a un asaltante. Al darse cuenta de la presencia del entusiasmado reportero, se lanzó hacia él y le quitó la cámara, tirándola al suelo y pisándola hasta destruirla. Señaló al estupefacto testigo y le advirtió: “Nunca vuelvas a tomarme fotos. Nadie debe verme otra vez”.[65]
¿Qué impulsó su radical cambio de actitud hacia la prensa? Quizá nunca lo sepamos. Tal vez era el temor a mostrar que la violencia gratuita es un rasgo humano. Es uno de los motivos recurrentes de la obra gráfica que Jesús Salvador produjo. Solazarse en la crueldad y la muerte le era muy fácil y su engolosinamiento con la sangre le ocurría a veces sin advertirlo. Manejar de manera adecuada esta clase de temáticas, requiere un equilibrio que siempre es precario. Entre la apología y la moralina está el breve terreno donde se ubica el arte verdadero.
Es probable que se tratase del miedo a lo que aquellas fotografías podrían revelar acerca de su naturaleza autoritaria y represora. No era un concepto novedoso. En el campo de lo visual, con el acceso masivo a las cámaras, los espectadores convivieron no solamente con la idea de la violencia y la muerte, sino con su representación gráfica. El solaz con este tipo de materiales, el advenimiento de una industria encargada de recrear lo más fielmente posible actos de violencia extrema, tortura y homicidio, así como la documentación de decesos reales, cambió la relación que el espectador sostenía con lo violento como concepto.
Al unir la crueldad con la sexualidad, la pornografía exaltó una serie de premisas retorcidas, en las que el sometimiento y la conversión del sujeto en objeto, eran el núcleo de una narrativa perversa: Eros y Tánatos fusionados en uno solo. La insensibilización de los espectadores y el disfrute al contemplar la violencia gratuita confirmaron lo que Hannah Arendt llamó “la banalidad del Mal”. La violencia gráfica se convirtió en una nueva parte de la pornografía; aquella que puede prescindir de la sexualidad explícita, que se solaza en el sufrimiento y la muerte, es obscena y malsana, y realiza una apología del crimen. La que sustituye la descarga seminal, con la cual concluye toda secuencia pornográfica, por la descarga de sangre: cambia la eyaculación por la hemorragia.
El obturador de la cámara fotográfica y el lente de la cámara de cine o video, se han transformado en la manera simbólica de poseer y conservar la vida, el sufrimiento, la agonía y la muerte de otro ser humano. De penetrar ritualmente con la extensión mecánica del ojo. Cumple la función de apropiarse de la realidad, pero siempre a través del tamiz del criterio de aquel que filma, por intención o por accidente, un hecho violento.
La pregunta central que postulan algunos medios de información es: ¿se deben mostrar o no las imágenes explícitas de las víctimas? ¿Por qué? Los motivos son muy claros. La violencia real no es hermosa. No hay en ella un factor que la redima. Uno puede ver sus consecuencias y sus efectos. Pero aún eso son datos duros, cifras frías. Cuando no se encara a la violencia, no hay una reacción. La muerte, sobre todo la muerte violenta, es directa, sucia, brutal. La idea de convertirla en una cuestión aséptica proviene de una profunda hipocresía. Porque quien comete la mayor falta de respeto a una sociedad civilizada es quien tortura y mata a otra persona; y quien sigue faltándole al respeto es aquel que pide que se censure su imagen, para que no moleste a las buenas conciencias.
Cuando los medios de información iniciaron a finales del siglo XX su política de no mostrar cadáveres, deshumanizaron la muerte. En los noticiarios, las guerras se convirtieron en una sucesión de imágenes de ciudades lejanas, enfocadas con la granulosa visión nocturna. Los bombardeos parecían un antiguo juego de video. Ya no se transmitían imágenes de personas destrozadas; solamente de edificios en ruinas. La guerra en la televisión se convirtió en eso: un espectáculo de luces en el cielo y casas destrozadas, sazonado con docenas de opiniones de supuestos expertos e interminables conferencias de prensa. Pero ningún cuerpo. Cuando mucho, un poco de sangre salpicada en un automóvil, o una figura púdicamente cubierta con sábanas, metida en una bolsa sobre una camilla. Mostrar un cadáver se consideraba amarillista y de mal gusto. Pero era precisamente ese cadáver destrozado y oculto lo que simbolizaba mejor que nada la guerra y el crimen; era su resultado y su consecuencia más brutal. Internet cambió eso. En Internet aún puede mostrarse todo, pese a la oposición de muchos. Porque esas víctimas son lo que representa, sin concesiones, la violencia ciega, la tortura, la muerte. Los cuerpos destrozados son su obra y su corolario.
Lo que se soslaya en el instante de contemplar tales imágenes, es la dimensión humana de las víctimas. Para muchos, no importa ver atrocidades, siempre y cuando sean lejanas en tiempo y espacio. Pero un asesinato lo es en cualquier época o lugar donde ocurra. Alguien que fue víctima sufrió en cualquier sitio o época, por lejana que pueda parecer. Asumir que un crimen no debe afectar al espectador porque ocurrió hace mucho tiempo o en un sitio recóndito, es restarle importancia a la problemática central: un crimen es un crimen, donde y cuando sea que se produzca. Y esa época antigua para nosotros fue la época contemporánea para esas víctimas; y ese sitio que se antoja geográficamente lejano, es el lugar más cercano para aquellos que murieron allí. Para esas víctimas, somos nosotros quienes estamos alejados en tiempo y espacio.
Todas las víctimas, independientemente de dónde o cuándo vivieron, tenían alguien que las amaba y sufrió por ellas: padres, hermanos, parejas, hijos, amigos. En el otro extremo, también los victimarios tuvieron (o tienen) personas que los amaron. Víctimas y victimarios son seres humanos. Ambos forman parte del círculo interminable del horror. La escritora Judith Flanders aseguraba:
[Leer] sobre la violencia es como escuchar la tormenta en el cristal cuando estás sentado en el interior. Se refuerza una sensación de miedo pero también de seguridad, incluso de placer. De saber que lo violento es posible, pero no aquí.[66]
Lo cual es, quizá, la falacia más peligrosa. Porque la violencia siempre es posible. También ahora. También aquí. Creer en sus palabras provoca que la muerte y la crueldad sigan pareciendo limpias, irreales, ajenas. Algo distante, que no nos sucede a nosotros. Algo que les ocurre siempre a los demás.
XIX
Los superhéroes no existen. Al comenzar el año 2000, ya se perfilaban en el Capitán Drano los rasgos del sociópata. Uno funcional, que enfocaba sus tendencias destructivas y su violencia interna a una finalidad que suponía noble; pero sociópata al fin. Según algunos testimonios, después de salvar a alguna víctima era muy agresivo en sus comentarios, mostrándose machista, misógino, homofóbico; aludía siempre a los “putitos y maricas”, a las “adúlteras y casquivanas”, mientras hacía gala de un moralismo ramplón y una visión maniquea del mundo, donde las “desviaciones” eran un baldón y la sexualidad merecía ser vigilada y castigada.[67]
Comenzó una nueva forma de expresión artística, que mucho tenía de macabro: intervenía muñecas Barbie de manera violenta. Mutilaba sus rostros y les deformaba el cuerpo con las herramientas de su taller, las pintaba de maneras extrañas, enredaba sus cabellos para dejarlo hirsuto, y les ponía goma derretida en brazos y piernas, convirtiéndolas en monstruos femeninos que semejaban cadáveres sin ojos. En su psique de héroe marginado y su resentida visión social, las mujeres tenían gran parte de la culpa de los problemas que azotaban a la sociedad. Enemigo jurado de las feministas, la radicalización del Capitán Drano era un símbolo de la actitud de buena parte de los varones mexicanos de principios del siglo XXI.
Alguien diría que en aquel punto se notaba exaltado y era patente su profunda amargura. Quizá no era posible tener un contacto constante con el dolor y la muerte sin quedar afectado a un nivel profundo. Tal vez no podía vivir entre golpes y heridas sin caer en el solaz y el goce, sin ceder al placer oscuro que el ejercicio de ese poder otorgaba, sin excederse o cruzar la línea entre la búsqueda de justicia y el deseo de venganza. Aún más: era pueril no esperar el contragolpe, que por supuesto tendría la carga del resentimiento y el rencor, de la búsqueda del desagravio.
Y lo comprobó en carne propia. El encuentro con un pandillero selló su destino. Una noche, mientras patrullaba la colonia Rafael Lucio, se topó con una pandilla. Los enfrentó, muchos huyeron, pero uno de ellos se quedó atrás e intentó derrotar al vigilante, para demostrarles a los demás que era muy macho. Fue un error fatal. Presa de un salvaje frenesí, el Capitán se ensañó con él. Lo golpeó durante diez minutos con una barra de hierro, tirándole los dientes, rompiéndole un brazo, una pierna, algunas costillas, causándole una fractura de cráneo y una conmoción cerebral. La golpiza dada a aquel malviviente demostraba, sin lugar a dudas, que había cruzado la línea y estaba transformándose en un antihéroe.
XX
Los superhéroes no existen. Después de aquello, el Capitán Drano se convirtió en la presa, en el objetivo de una cacería humana emprendida por aquellos que alguna vez sufrieron su clase de justicia. Unos días después, mientras deambulaba otra vez por la colonia Rafael Lucio, la pandilla a la que días antes sometió lo localizó. Utilizaron a una chica como señuelo: la hicieron gritar hasta que el Capitán se puso la máscara y acudió a salvarla.
Pero era una emboscada. Lo atacaron por la espalda, lograron tirarlo al piso y lo sometieron mientras lo insultaban sin cesar. Primero lo patearon entre todos, aunque su armadura lo protegió. Le arrancaron las protecciones que pudieron mientras él intentaba defenderse. Utilizaron cañerías metálicas y varillas para darle una brutal golpiza. Al final, uno de ellos trató de dispararle en la cabeza, pero el arma se encasquilló. Decepcionados, lo dejaron allí tirado, dándolo por muerto.
Despertó un rato después. Como pudo se incorporó, recogió los restos de su traje y buscó un taxi. Logró llegar a un hospital. Tenía reventado un riñón, costillas fracturadas, los dedos de una mano rotos, una fisura en la tibia, los meniscos de una rodilla rasgados y daños en la columna vertebral. Pasaría meses de dolor y tristeza, curándose con una exasperante lentitud y rehabilitándose en casa, presa de la depresión y el sufrimiento.
A un reportero le dijo: “La vida es demasiado cruel para vivirla. Hay una gran diferencia entre desear morir y estar cansado de vivir”.[68] En unas líneas sobre él, escritas tras su caída y publicadas años después en un periódico local, el periodista e ilustrador César Daniel López mencionaría:
“Héroe” es tal vez una palabra inexistente –y no solo relativa– en el mundo de Jesús. Una vez trató de pelear contra el crimen en la ciudad, vistiendo una armadura, pero pronto comprendió que su propio mundo requiere de ser salvado casi a diario. […] A veces el poseer poderes sobrenaturales se convierte en algo más que una fantasía cursi: tal vez en un anhelo. Atrás quedaron los días del Capitán Drano; ahora hay que luchar por sobrevivir un día más.[69]
XXI
Los superhéroes no existen. Por ello, las secuelas del devastador ataque le impidieron continuar su cruzada como vigilante e incluso no pudo seguir con su trabajo. De acuerdo al nivel del dolor y a sus actividades, tenía que usar silla de ruedas, muletas o bastón. Los días de frío, las viejas cicatrices dolían mucho. La humedad de la ciudad lo afectaba. Una de sus manos quedó deforme, pues los huesos soldaron mal. Estar de pie era un martirio, caminar también, permanecer en cama muchas veces era insoportable.
En torno a su convalecencia y a su vida posterior se tejieron nuevas leyendas. Se dijo que desarrolló una adicción a los analgésicos y que a veces necesitaba morfina para solventar el sufrimiento. Su cabello y su barba crecieron, hubo arrugas prematuras que cruzaron su rostro, aparecieron las canas que blanquearon su pelo. Se habló de una mujer que habría intentado cuidarlo y amarlo, pero a quien la amargura del antiguo vigilante la alejó de su lado. Se insistía en que pasaba las tardes sentado en su casa, mientras miraba los recortes de periódico sobre su antigua vida y trataba de dibujar, al tiempo que bebía vodka o ginebra.
El último testimonio conocido que el Capitán dio era una pesadilla, la cual tuvo después del brutal ataque en su contra y que un amigo suyo, escritor, transcribió después de que él se la narró:
En el sueño estoy en una recámara donde un hombre gordo y sucio, macilento, que viste una camiseta sin mangas y que se supone es mi padre, comienza a increparme. Dice que, como no voy a la escuela, va a golpearme. Se quita el cinturón, me lo muestra riéndose, lo deja colgando mientras lo sostiene de un extremo; en el sueño, yo sé que ese hombre ya me ha golpeado antes. No hay miedo en mí, sólo una furia terrible. Suena mi celular, veo el identificador y leo la palabra “Amiga”. Le muestro el celular al hombre y le digo que contestaré para que aquella chica escuche cómo me golpea, que si eso quiere. Él parece dudar ante mi amenaza. Guardo el teléfono y lo encaro: le digo que me pegue, pero que lo haga en la cara, si tiene el valor. Él se acobarda y me da un golpe ligerísimo en la frente con el cinturón. Me envalentono aún más, le exijo que sea en la mejilla, pero él se da la vuelta, y entonces yo lo tomo del cuello y lo jaloneo al estar de espaldas a mí. Aparece en escena un chico gordo y bajito, también sucio y aparentemente retrasado, quien dice que él me castigará. Yo sé que es mi hermano. Su castigo es rozarme apenas el rostro con una especie de ramita seca color bermejo que lleva en la mano, parecida a una hierba de olor. Ni siquiera es un golpe, es más una especie de caricia burlona, pero eso basta para que mi ira salga de control. Lo siento en el borde de una cama y le digo que, como mi supuesto padre no se atrevió a golpearme y él sí, me desquitaré con él. Decido romper todos los huesos de su cuerpo; tengo una vaga noción de que lo mataré, pero eso me tiene sin cuidado. Ante mi padre apócrifo como testigo silencioso, comienzo el castigo pisándole al chico los dos pies descalzos al mismo tiempo, tan fuertemente que los huesos se rompen. Él apenas se queja. Le pregunto si quiere izquierda o derecha, él no atina a responderme, y yo me limito a decirle que entonces le romperé ambas manos. Lo hago, le quiebro los huesos de cada dedo y fracturo las muñecas. Luego lo tumbo de espaldas sobre la cama y empiezo a golpearle el rostro con el puño cerrado. Cada golpe es una bendición: mi furia es terrible. Es como golpear una plasta de carne, no siento dolor en los nudillos. Convierto su rostro en una masa sanguinolenta, aunque llevo metódicamente la cuenta de los golpes y le doy exactamente trece puñetazos. Mientras medito en qué voy a romperle a continuación, despierto, muy impresionado y un poco asustado por mi comportamiento…[70]
El relato con mayor carga dramática indica que una noche en que el sufrimiento le concedió una breve tregua, volvió a colocarse el traje metálico y salió a la calle para dar un recorrido final. Que comenzó a llover y él recibió las gotas como señal de un bautizo. Que encontró a dos hombres que intentaban forzar la cerradura de un automóvil y tras colocarse la máscara, se acercó a ellos con el tubo en la mano. Que ellos lo vieron, lo reconocieron y corrieron, mientras él les gritaba: “¡Díganles que he vuelto, digan que el Capitán Drano regresó, díganselos a todos!”. Que él se sintió invadido por una extraña felicidad, que enseguida se transformó en un miedo atroz a que los pandilleros fueran de nuevo por él. Que hubo una súbita toma de conciencia de que, si aquellos ladrones lo enfrentaran, sería vencido con facilidad. Y que el sufrimiento volvió de golpe a él, mientras se quitaba la máscara y retornaba, como un viejo animal herido y acorralado, a su guarida. Un investigador de la antigua Procuraduría de Justicia, que pidió el anonimato, mencionó:
Él está solo y no tiene a alguien que lo quiera. Porque si alguna persona lo amara y le importara, jamás permitiría que un hombre con un evidente trastorno psicológico, deambulara por allí para exponer su integridad física, su vida, en un juego absurdo y enloquecido. El Capitán Drano es el mejor ejemplo de un caso de abandono social y demencia autolesiva. No merece aplausos, sino conmiseración. No es un héroe, es un paciente profundamente trastornado, que debería estar bajo medicación.[71]
La vida real no es un comic y los buenos casi nunca ganan. Su último acto fue visitar a un amigo suyo, periodista, para darle un regalo: la máscara de metal que usó durante su lucha contra el crimen. Años después, esa pieza se perdería cuando la madre del entrevistador, enloquecida por el cáncer que había invadido ya su cerebro, una noche la tiró a la calle, aterrada ante lo que ella veía como la cabeza cercenada del diablo.
XXII
Los superhéroes no existen. Lo que ocurrió después con él, como la mayoría de los detalles sobre su vida, es un misterio. Algunos dicen que se encerró en su casa y sigue ahí, mientras bebe y recuerda los días de sus antiguas batallas. Otros aseguran que volvió a salir disfrazado a las calles y allí lo mataron.
Una tercera versión afirma que, incapaz de lidiar con el dolor y la angustia, un día de diciembre puso fin a su vida y dejó una carta para sus seres queridos, donde solicitaba que no se revelara al mundo su verdadera identidad, su nombre real. Que en su tumba hay una lápida que incluye un esbozo de su máscara, a manera de emblema; los héroes también mueren, a veces mientras ensayan un largo silencio.
Lo cierto es que todas estas historias, narradas por gente que juraba eran ciertas, nunca fueron corroboradas. Sólo puede decirse, con certeza, que un día desapareció y nada volvió a saberse de él.
XXIII
Los superhéroes no existen. Pero la historia del viejo Capitán tuvo un resurgimiento veinte años después. El miércoles 23 de enero de 2019, en la red social Facebook, un usuario conocido como “El Juanote” reprodujo la entrevista que dio a conocer al vigilante y mostró la página del periódico donde se publicó. La reacción fue inmediata: una nueva generación estaba asombrada al enterarse de que alguna vez, un hombre libró una guerra personal contra el crimen. “No sabía que sí existió un superhéroe en Veracruz”; “Ni yo, éramos muy pequeños”, comentaron dos jóvenes. Entusiasmados, los Millennials y Centennials lo compararon con referentes cinematográficos que conocían: Kick-Ass, Iron Man, Deadpool y David Dunn, el protagonista de la cinta El protegido; también con Black Noir o con Billy Butcher, de la serie televisiva The Boys. Pronto se transformó en un efímero motivo para crear memes.
La publicación tuvo más de quinientos cincuenta “Me gusta”, fue compartida más de novecientas veces y recibió cientos de comentarios, algunos muy reveladores: “Súper inspirador”; “Espero compartan más imágenes e información de este gran personaje. Tenía muchos años que no escuchaba de esta historia”; “¡Esto está genial!”; “Antes de Kick-Ass, existió el Capitán Drano”; “Qué bonita historia (…) Espero puedan darlo a conocer más en Xalapa, sin duda un gran personaje”; “Deadpool con el uniforme de Jorge Campos y la máscara de Crash Bandicoot”; “Haciendo de tu hobbie una realidad”; “Pinche México surrealista”; “¿Qué clase de Iron Man es este?”; “Son muy locos esos xalapeños”; “¿Y en sus pueblos hay héroes?”; “Mi ciudad tuvo su propio superhéroe”; “A pesar de ser pequeña, Xalapa lo tiene todo”; “Estridentópolis en su esplendor”; “Que esto sirva de ejemplo, de seres que desean ayudar”; “¡Mi héroe!”; “Me hubiera encantado, sin duda. Pero no tengo ni la habilidad ni (mucho menos) la valentía para tales argucias. Vaya que, que me quedé en puro Alonso Quijano y nada de Quijote. Por otra parte eso es lo que diría alguien que quiere mantener su identidad secreta ¿no?”; “Daría mi dedo meñique del pie izquierdo por esa armadura”; “¡Leyenda!”; “Qué buen sujeto”; “Hubiese estado perro tenerlo aún”; “Lo mío, lo mío, sería ser supervillano. Me pregunto si el mentado Capitán Drano andará necesitado de esos”; “Verdaderos seres increíbles habitan entre nosotros”; “¡Qué genial, necesitamos más!”; “Justo ahí, en el corazón de la Atenas Veracruzana, recordándonos que la esperanza jamás se muere”; “Ahí, donde la justicia nunca duerme. Ahí, cuando se protege al desprotegido. Ahí, donde los hombres se vuelven héroes y leyendas. Ahí, donde los justos velan por los otros. Ahí vivirá por siempre el Capitán Drano”; “Pero existen los héroes. En cada rincón. En cada región. En cada nación”. Y alguien sólo afirmaba, lacónico: “Lo mataron”.[72]
El administrador de la página de Facebook propuso organizar un concurso de dibujo que tuviera al Capitán como protagonista. Un usuario decidió realizar una novela gráfica sobre él, proyecto que se quedó en buenas intenciones. En Instagram se lanzó un meme donde, sobre la fotografía del vigilante, se leía la frase: “¡Lee un libro o te madreo! Campaña de alfabetización”. Un chico invitó a otro a componerle una canción al vigilante. Alguien más sugirió que se rodara una película que contara su historia. El martes 7 de mayo, la página periodística Reporte 24 Veracruz reprodujo la publicación. La Dranomanía estaba de regreso, volvía por sus fueros.[73]
Para su vigésimo quinto aniversario, el martes 2 de abril de 2024 alrededor de las 14:00 horas, un ladrón fue golpeado y amarrado a un poste con cinta gris industrial, desde los hombros hasta las rodillas, en la calle Joaquín Ramírez Cabañas de Xalapa. El delincuente dijo que “un Batman” lo había hecho, aunque muchos aseguraron que en realidad lo capturaron los vecinos. La Policía Estatal acudió y grabó videos de la situación, que circularon en redes sociales.
XXIV
Los superhéroes no existen. Menos en una época donde la corrección política impele a censurar películas, derribar estatuas, prohibir libros y “cancelar” a quien piense distinto. No todo era positivo en relación al descubrimiento del antiguo vigilante xalapeño. Muchas personas se mostraron indignadas. Varias feministas se escandalizaron de que “un onvre violento, misógino y machista” fuera considerado un ejemplo. Una de ellas afirmó:
[Era] un machito que se vestía como payaso y salía a la calle a pegarle a la gente, con el pretexto de defender a las víctimas, sólo reflejaba la descomposición social producto del patriarcado. En lugar de perpetuar esos estereotipos violentos, habría que condenar sus acciones y su ideología. Deberíamos cancelarlo. El tal Capitán Drano ahorita estaría acosando morritas, diciendo vulgaridades y comentarios racistas, preso o señalado por el CONAPRED.[74]
En una época políticamente correcta, empapada de moralismo rancio y puritanismo ramplón, aquel personaje representaba la encarnación de una pesadilla para la vilipendiada “Generación de Cristal”: la del justiciero expedito que defendía a golpes los valores dominantes, que imponía y perpetuaba con su violencia el maltrecho statu quo.
XXV
Los superhéroes no existen. Pero el 8 de marzo de 2025, un nuevo joven se vistió con armadura, un escudo y una bandera de México como capa, y anunció en sus redes que trataría de evitar que los grupos del Bloque Negro vandalizaran los monumentos de la ciudad, durante las marchas feministas; para ello, decidió manifestarse de manera pacífica. Su nombre en Internet era Jorge IX IX, pero era más conocido como Capitán Durango, en clara alusión al antiguo vigilante xalapeño:
A unas horas de que comience me da miedo hacer mi manifestación pacífica, yo solo, pero ojalá y todo salga bien, yo considero que el patrimonio histórico es una de las cosas más importantes que nos definen como mexicanos, sé que da coraje vivir en esta sociedad dónde la vida no vale nada, pero el problema real es que nuestro gobierno, al menos en los niveles estatales y municipales, está totalmente coludido con grupos criminales, estos grupos criminales le quitan la vida a la gente con total impunidad. Me gustaría mucho que las feministas y los hombres hiciéramos una manifestación juntos, pero en contra de los gobiernos estatales y municipales, hacerles saber que es su maldito trabajo, darnos seguridad.[75]
La policía municipal duranguense lo detuvo y aunque no se levantaron cargos, ya que no ejerció violencia contra nadie, sí le quitaron su casco, su escudo y le pidieron que se retirara. Algunas fotos circularon por las redes y aunque muchos apoyaron su actuar, otros lo criticaron con dureza, sobre todo porque en su foto de perfil, aparecía embozado y con un arma de alto poder en las manos.
XXVI
Los superhéroes no existen. Por lo menos, no ahora. Muchos años después de su aparición, el Capitán pertenecía ya a los territorios de la leyenda. Varios atribuyeron su periplo vengativo a una fantasía estimulada por los rumores y la especulación. No se daban cuenta de que esa clase de historias, aunque estén basadas en eventos reales, entrevistas, testimonios, expedientes, fuentes periodísticas, también son, por fuerza, un ejercicio literario.
Narrar cómo un hombre sale a las calles creyéndose un superhéroe para pelear contra los delincuentes es, por antonomasia, un ejemplo de la ficción que irrumpe en la realidad o de la realidad disfrazada de ficción. Algunos lo consideran un simple mito urbano o un absurdo y pintoresco personaje. Pero el Capitán Drano fue real y la historia de su solitaria batalla contra el crimen seguirá narrándose por muchos años aunque, a pesar de que nos llene de desconsuelo, todos sepamos que los superhéroes no existen.
[2] López, César Daniel, “Entre lo blanco y lo negro. El mundo gráfico de Jesús Lee”, en “Palabra Otra”, suplemento cultural de Diario de Xalapa, año 2, n° 49, domingo 29 de julio de 2001.
[3] Lee, Jesús, “El peor de los mundos posibles”, en Diario de la Tarde, viernes 5 de febrero de 1999.
[4] López, César Daniel, Diarios (inéditos), 1999.
[5] Lee, Jesús, “El peor de los mundos posibles”, en Diario de la Tarde, viernes 5 de febrero de 1999.
[6] Correo electrónico personal enviado a un amigo el viernes 9 de abril de 1999.
[7] “Entrevista con el Capitán Drano”, Diario de la Tarde, martes 10 de agosto de 1999.
[8] “¡Surge superhéroe xalapeño!”, Diario de la Tarde, martes 22 de junio de 1999.
[9] “Limpiando la suciedad de la sociedad: un fenómeno llamado ‘Capitán Drano’”, en Análisis, domingo 15 de agosto de 1999.
[10] Ibid.
[11] Ibid.
[12] “¡Surge superhéroe xalapeño!”, Diario de la Tarde, martes 22 de junio de 1999.
[13] Ibid.
[14] De Riquer, Martín, Caballeros andantes, Editorial Ariel, España, 1967.
[15] “La novela policíaca” en LiteraturaSM. Puede consultarse en: https://es.literaturasm.com/novela-policiaca#gref
[16] Piernas, Alberto, “Grandes villanos de la literatura”, en Actualidad de Literatura. Puede consultarse en: https://www.actualidadliteratura.com/grandes-villanos-de-la-literatura/
[17] Sierra Medina, Claudia, “Debutará con 'Rompehuesos', una historia en cinco entregas” en Diario de Yucatán, viernes 6 de mayo de 2022. Puede consultarse en: https://www.yucatan.com.mx/imagen/2022/3/1/debutara-con-rompehuesos-una-historia-en-cinco-entregas-303108.html
[18] Ressler, Robert K., Dentro del monstruo. Un intento de comprender a los asesinos en serie, Alba Editorial, España, 2010.
[19] Ruiz de Gauna, Álvaro, El cine de acción que ya no se hace. 50 películas que marcaron una época, Editorial Océano, México, 2018.
[20] López Poy, Manuel, El universo de los superhéroes: Historia, cine, música, series y videojuegos, Redbook Ediciones, España, 2017.
[21] “Bandidos y bandoleros” en Historia y vida n° 13, España, 1978.
[22] “Bandidos legendarios” en Relatos e Historias en México n° 166, Editorial Raíces, México, octubre de 2020.
[23] Anderson, Vincent S., Bald Knobbers: Chronicles of Vigilante Justice, The History Press, Estados Unidos, 2013.
[24] Rios, Desiree, “Curtis Sliwa Has New York’s Attention Again. Was That Always the Point?” en The New York Times, sábado 30 de octubre de 2021. Puede consultarse en: https://www.nytimes.com/2021/10/30/nyregion/curtis-sliwa-nyc-mayor.html
[25] Johnson, Kirk, “Goetz Shooting Victim Says Youths Weren't Threatening” en The New York Times, sábado 2 de mayo de 1987. Puede consultarse en: https://www.nytimes.com/1987/05/02/nyregion/goetz-shooting-victim-says-youths-weren-t-threatening.html
[26] Quijano, Jackeline, “Reaparece la Sombra Negra para vengarse de pandilleros en El Salvador” en Noticias ya, viernes 25 de enero de 2019. Puede consultarse en: https://noticiasya.com/nacional/2019/01/25/reaparece-la-sombra-negra-para-vengarse-de-pandilleros-en-el-salvador/
[27] Cook, Helen, “Los 'escuadrones de la muerte' de Davao, los intocables sicarios de Filipinas” en La Vanguardia, viernes 29 de abril de 2016. Puede consultarse en: https://www.lavanguardia.com/politica/20160429/401448097778/los-escuadrones-de-la-muerte-de-davao-los-intocables-sicarios-de-filipinas.html
[28] “Jonathan Keith 'Jack' Idema” en The Economist, sábado 4 de febrero de 2012. Puede consultarse en: https://www.economist.com/obituary/2012/02/04/jonathan-keith-jack-idema
[29] “Un tortazo para Bill Gates” en Clarín, jueves 5 de febrero de 1998. Puede consultarse en: https://www.clarin.com/sociedad/tortazo-bill-gates_0_S1sPCCeCYe.html
[30] “Anonymus” en Wikipedia. Puede consultarse en: https://es.wikipedia.org/wiki/Anonymous
[31] Saul, Louise, “We Can Be Heroes: These 15 IRL Superheroes Will Save Your Day” en CBR, martes 6 de junio de 2017. Puede consultarse en: https://www.cbr.com/we-can-be-heroes-these-15-irl-superheroes-will-save-your-day/.
[32] “Susana Distancia ya cobró vida, en Metepec se disfrazan de ella” en Cambio, martes 7 de abril de 2020. Puede consultarse en: https://www.revistacambio.com.mx/tendencias/susana-distancia-ya-cobro-vida-la-alcaldesa-de-metepec-se-disfraza-de-ella/
[33] Rascón, Marco, “Veinte años de Superbarrio” en La Jornada, martes 19 de junio de 2007. Puede consultarse en: https://www.jornada.com.mx/2007/06/19/index.php?section=opinion&article=018a2pol
[34] Vaca, Aquiles, “¡Los 'Buscaniños'!” en El Nuevo Alarma n° 111, martes 29 de junio de 1993.
[35] Camarillo, Abigail, “¡Zadrigman al rescate! Conoce al superhéroe mexicano que rescata perritos de la calle” en Animal Político, martes 27 de junio de 2023. Puede consultarse en: https://www.animalpolitico.com/tendencias/actualidad/zadrigman-superheroe-rescate-de-perros
[36] Brunat, David, “Peatónito, Superbarrio, Supergay... superhéroes mexicanos de carne y hueso”, en El Confidencial, miércoles 10 de septiembre de 2014. Puede consultarse en: https://www.elconfidencial.com/mundo/2014-09-10/peatonito-ciudadina-superbarrio-supergay-superheroes-mexicanos-de-carne-y-hueso_189359/
[37] “Súper Mojado, héroe de paisas” en El Universal Gráfico USA, viernes 2 de mayo de 2008.
[38] Altamirano, Claudia, “Enmascarados contra las injusticias mexicanas”, en El País, sábado 2 de enero de 2016. Puede consultarse en: https://elpais.com/internacional/2015/12/31/mexico/1451535302_143691.html
[39] Ibid.
[40] Flores, Vania, “El fenómeno de los Justicieros de Naucalpan” en La Silla Rota, jueves 20 de septiembre de 2018. Puede consultarse en: https://lasillarota.com/amp/justicieros-aumentan-naucalpan-edomex/248091
[41] “Identifican a ladrón golpeado en la México-Texcoco” en Excélsior, martes 4 de agosto de 2020. Puede consultarse en: https://www.excelsior.com.mx/comunidad/identifican-a-ladron-golpeado-en-la-mexico-texcoco-lo-reconoces/1397874
[42] Salcedo, María, “‘Batman’ justiciero tiene aterrorizados a los ladrones en México” en El Heraldo, jueves 25 de noviembre de 2021. Puede consultarse en: https://www.elheraldo.co/mundo/batman-justiciero-tiene-aterrorizados-los-ladrones-en-mexico-868343
[43] Walker Page, Thomas, “The real judge Lynch” en The Atlantic Monthly n° 530, diciembre de 1901.
[44] Leo Frank: linchamiento en Atlanta, Sumario del Crimen n° 67, Ediciones del Drac, España, 1992.
[45] Comisión Nacional de Derechos Humanos, “Linchamiento en Canoa, Puebla”. Puede consultarse en: https://testwebqa.cndh.org.mx/noticia/linchamiento-en-canoa-puebla-0
[46] Hernández, Bertha, “Linchamiento: la noche oscura en Tláhuac” en Crónica, sábado 25 de febrero de 2023. Puede consultarse en: https://www.cronica.com.mx/nacional/linchamiento-oscura-noche-tlahuac.html
[47] Morán Breña, Carmen, “Sangre sobre sangre en Taxco: el Jueves Santo que conmocionó a México” en El País, martes 16 de abril de 2024. Puede consultarse en: https://elpais.com/mexico/2024-04-16/sangre-sobre-sangre-en-taxco-el-jueves-santo-que-conmociono-a-mexico.html
[48] Astarita, Carlos, Rebeldes primitivos y bandidos en la Edad Media, Universidad de Buenos Aires, Argentina, 2013.
[49] Sadurni, J.M., “¿Cuánto sabes sobre los piratas?” en National Geographic, miércoles 9 de junio de 2021. Puede consultarse en: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/cuanto-sabes-sobre-piratas_16787
[50] “Los 10 mejores y más famosos pistoleros (reales) del Lejano Oeste” en Diario Crítico. Puede consultarse en: https://www.diariocritico.com/los-10-mejores-y-mas-famosos-pistoleros-reales-del-lejano-oeste
[51] Palomo, Elvira, “Los criminales más célebres de EEUU se convierten en piezas de museo” en El Mundo, sábado 24 de mayo de 2008. Puede consultarse en: https://www.elmundo.es/elmundo/2008/05/24/cultura/1211626168.html
[52] Durán King, José Luis, Vidas ejemplares, Siena Editores, México, 2004.
[53] Cruz Meza, Carlos Manuel, Monstruos entre nosotros. Historia y tipología de los asesinos, Instituto Literario de Veracruz, México, 2014.
[54] Hernández, Anabel, Los Señores del Narco, De Bolsillo, México, 2014.
[55] Rodríguez Villalvazo, Luis Enrique, Caligrafía de la violencia. Un ABC del narco, Instituto Literario de Veracruz / Secretaría Ejecutiva del Sistema y del Consejo Estatal de Seguridad Pública / Gobierno del Estado de Veracruz / Multigráfica, México, 2015.
[56] Reina, Elena, “La Justicia mexicana absuelve al líder de las autodefensas de Michoacán” en El País, miércoles 18 de julio de 2018. Puede consultarse en: https://elpais.com/internacional/2018/07/18/actualidad/1531933075_459657.html
[57] Cubero, César, “A 10 años de su última cacería… la historia sigue en ascenso, Don Alejo Garza Tamez” en Milenio, sábado 14 de noviembre de 2020. Puede consultarse en: https://www.milenio.com/virales/alejo-garza-tamez-10-anos-enfrentamiento-sicarios
[58] Aviña, Rafael, Asesinos seriales: Grandes crímenes. De la nota roja a la pantalla grande, Nueva Imagen, México, 1996.
[59] Ham, Ricardo, Asesinos seriales mexicanos: Las entrañas de una realidad siniestra, Ediciones B, México, 2016.
[60] Lazo, Norma, Sin clemencia. Los crímenes que conmocionaron a México, Grijalbo, México, 2007.
[61] De Mauleón, Héctor, “La fuga del Raffles”, en Ficticia. Puede consultarse en: https://museo.ficticia.com/cuentos/fugaraffles.html
[62] Cruz Meza, Carlos Manuel, Historia de la Muerte en México, Editorial Sképsy, Colombia, 2024.
[63] “‘Diana la Vengadora’, la mujer que asesinó a dos conductores en Ciudad Juárez”, en El Mundo, martes 3 de septiembre de 2013. Puede consultarse en: https://www.elmundo.es/america/2013/09/03/mexico/1378213077.html
[64] Ibid.
[65] López, César Daniel, “La caída del Capitán Drano”, en Diario de la Mañana, domingo 7 de agosto de 2005.
[66] Flanders, Judith, “The invention of murder”, en The Guardian, sábado 8 de enero de 2011. Puede consultarse en: https://www.theguardian.com/books/2011/jan/08/invention-of-murder-judith-flanders-review
[67] Testimonio recabado con Martín “N”, domingo 13 de febrero de 2000.
[68] “Cansancio de vivir. Entrevista con un superhéroe xalapeño”, Gráfico de Xalapa, domingo 14 de mayo de 2000.
[69] López, César Daniel, “La caída del Capitán Drano”, en Diario de la Mañana, domingo 7 de agosto de 2005.
[70] Testimonio de Carlos “N”, sábado 5 de agosto de 2000.
[71] Testimonio de Hugo “N”, septiembre de 2000.
[72] Página de Facebook de “El Juanote”, miércoles 23 de enero de 2019.
[73] Página de Facebook de “Reporte 24 Veracruz”, martes 7 de mayo de 2019. Puede consultarse en: https://www.facebook.com/24Reporte/posts/572830813126002/
[74] Testimonio de Esperanza “N”. Miércoles 8 de mayo de 2019.
[75] “¿Quién es el 'Capitán Durango'? Joven se hizo viral durante el 8M”, en El Siglo de Torreón, lunes 10 de marzo de 2025. Puede consultarse en: https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/2025/quien-es-el-capitan-durango-joven-que-se-hizo-viral-durante-el-8m.html
SOBRE EL AUTOR
Carlos Manuel Cruz Meza (Xalapa, Ver., 1973) es escritor, periodista y criminólogo. Cursó estudios profesionales de Letras Españolas en la Universidad Veracruzana, y de Criminología y Criminalística en el CLEU. Entre otras distinciones, es Premio Nacional Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor (2024); Premio Nacional Bellas Artes de Dramaturgia Baja California Luisa Josefina Hernández (2019); Premio Nacional de Crónica Beatriz Espejo (2019); Premio Nacional de Cuento de la Universidad Autónoma de Campeche (2024); Premio Nacional de Periodismo, otorgado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) y Editorial Almadía (2015); Premio a la Excelencia Artística y Cultural de la Asociación Mexicana de Talento Artístico y Cultural (AMTAC) (2024); reconocimiento como uno de los 100 Líderes más importantes del país, otorgado por la revista Líderes Mexicanos (2024); y acreedor al PECDA en Literatura (2004 y 2018). Además ha recibido premios, becas y reconocimientos de diversas instituciones, entre ellas la Organización de Naciones Unidas, la Presidencia de la República, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Universidad de Guadalajara, el Colegio de Sociólogos, la Asociación Nacional de Periodistas y el Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE). Ha dictado conferencias en la UNAM, la Universidad Veracruzana, la Universidad del Claustro de Sor Juana, el INACIPE, la Biblioteca Vasconcelos, el Centro Cultural Finca Palmira y el Instituto Mora. También ante instituciones de seguridad pública. Es miembro del Consejo de la Crónica del H. Ayuntamiento de Xalapa (2026). Colaborador en medios como Tierra Adentro, El Universal, Milenio, La Palabra y el Hombre, La Ciencia y el Hombre, Replicante, Fotozoom, Reflex, Playboy, Alarma, Bostezo, Líder, Mórbido, Soflama, Phantasma, Straversa, Filología. Gacetilla de la Universidad de Antioquia y Archipiélago, entre otros. Textos suyos han aparecido en revistas circulantes en varios países de Europa y América, entre ellos Chile, Colombia, España y Venezuela. Participó en la investigación diagnóstica sobre feminicidio y violencia de género en México, como parte de la Comisión Especial sobre Crímenes Violentos contra Mujeres, organizada por el Gobierno Federal y el Congreso de la Unión durante 2005 y 2006. Es además miembro de la Sociedad Mexicana de Criminología; de la Barra Nacional de Criminólogos y Criminalistas; y de la Escuela Europea de Criminología, con sede en España. Trabajó en periódicos, revistas, radio, cine, televisión e Internet. A la fecha tiene dieciocho libros publicados en papel, en México y el extranjero.
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