
El atractivo de lo milagroso radica en su imposibilidad. Es la respuesta a un acto de fe o el azoro ante lo inesperado.
El milagro pasma y sorprende, y reafirma al hombre en el dogma. Producto de una casualidad (que no de una causalidad), representa la sugerencia de un orden mayor, capaz de alterar con su poder las leyes de lo establecido. Es inexplicable. Su esencia, imprescindiblemente sobrenatural.
Al milagro se le achacan solamente bienes; no hay milagros malignos. También se le acepta sin cuestionar su origen, pues se infiere que se trata de un obsequio divino, de una intercesión de los dioses, de la intervención de fuerzas que se encuentran más allá del entendimiento humano.
La parafernalia que rodea a estos sucesos es bien conocida y típicamente judeocristiana: el retablo, el ex voto, la medalla con la imagen de un santo, la estampita con el retrato de Cristo, el “milagrito” de oro o plata, la misa de Acción de Gracias. Los milagros tienen que ver con la desesperación, el dolor y el desaliento; son la última opción, el remedio para lo irremediable. La sinrazón institucionalizada que produce beatos y santos.
Bajado al nivel de lo terrenal, hay milagros cotidianos, que por prosaicos no se mencionan. En una época oscurantista, se trata de la demostración contundente de la existencia de la divinidad; en etapas racionalistas, refleja experiencias anecdóticas. Es motivo para la demostración de la fe o para el sarcasmo y la ironía. Los ojos del escéptico observan al milagro como el refugio pueril de los ignorantes. Los ojos del artista, como otra faceta de la absurda conducta humana.
Somos hijos de un suspiro de nuestros padres en el momento de la concepción: ese es el verdadero milagro. ¿O será acaso una sinrazón? Nuestra existencia es el resultado final de un juego de azar que ha durado millones de años y durará millones más, que implica toma de decisiones a cada segundo, movimientos, rutas seguidas o rechazadas, en fin. Somos irrepetibles y lo sabemos. No es un motivo para enorgullecernos ya que nada tuvimos que ver en ello. Además de la cadena que nos da origen y se remonta a una sopa de aminoácidos hace infinidades, competimos involuntariamente contra miles de opciones más, y nos hallamos aquí por una coincidencia asombrosa, una combinación de factores que jamás podrán volver a repetirse.
Pensar en ello conduce a la obsesión. Tener conciencia de que la parte verdaderamente importante de nuestro devenir es el insignificante rol que en el desarrollo universal tenemos con las opciones que elegimos, que cada vez que seguimos un camino abandonamos cientos, miles de alternativas distintas que a su vez nos llevarían a otras y a otras más, es demasiado para la mente humana. La saturación, lo sabemos, es la antesala de la locura.