Quinceañeras



Si los problemas de género toman en cuenta la marginación agresiva y lesiva de la mujer, no lo hacen tanto con los aspectos “amables” del mismo problema, con la discriminación positiva.

La tradición social de los Quince Años, con toda la carga de rito iniciático que conlleva, es parte de una mentalidad imbuida de lleno en la reiteración de los estereotipos femeninos apegados a roles tradicionales. La quinceañera se convierte en la nueva carne de cañón que está lista para empezar a cumplir el papel de novia, esposa, madre.

El inicio de su supuesta adultez está signada por una mezcla de paganismo y rituales judeocristianos: el pastel, el vestido, la fiesta en la que se invierte una gran cantidad monetaria o el viaje especial, la presencia de amigos y familiares, los chambelanes que simbolizan pretendientes, el vals meloso, el discurso de un padrino que repite sin cesar lugares comunes ante el micrófono, los orgullosos padres, los celosos hermanos, el novio esmirriado que nunca dura mucho tiempo, las amigas que contemplan arrobadas el excesivo maquillaje y el mal gusto de esta ceremonia, la misa…

El arribo a la mal llamada “Edad de las Ilusiones” causa profunda huella en las niñas. Junto con la boda religiosa, forma parte del imaginario cultural de un amplio sector de las mujeres, que ven la vida como un impasse que conduce a dos fiestas socialmente impuestas: Quince Años y Matrimonio.

Los preparativos pueden durar semanas o meses, el periplo abarca apenas unas horas, los gastos son onerosos, el sentido es difuso. Nada cambia, ninguna realidad se altera, la chica continúa su vida normal cuando despierta al otro día, su mediocre cotidianeidad permanece intacta, todo se limita a formar parte de un álbum fotográfico o de un video con mala calidad de imagen y sonido, típica muestra de que la inmadurez y el ansia de significación siempre son un buen negocio.