Oratio finus




A la memoria de mi madre


“Morir, dormir… ¿dormir? Tal vez soñar”.
William Shakespeare



Al principio de El Aleph, Jorge Luis Borges escribió:

“La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. ‘Cambiará el universo, pero yo no’, pensé con melancólica vanidad”.

Me es imposible enfrentarme a un evento devastador, como la muerte de mi madre, sin recurrir a la palabra escrita. Fue ella quien me dio el regalo de la palabra cuando, con amor y paciencia, me enseñó a leer y escribir. No conozco otra manera de vivir, de poder continuar viviendo, en ese desolado cementerio en que se va convirtiendo el alma nuestra, a medida que vamos envejeciendo. Ya Huexotzincatzin, príncipe de Texcoco, escribió en 1484 uno de los más hermosos y serenos poemas acerca del tránsito al sitio del que nadie retorna:


“Ustedes me dicen, entonces, que tengo que perecer,
como también las flores que cultivé, perecerán.
¿De mi nombre nada quedará? ¿Nadie mi historia recordará?
Pero los jardines que planté, son jóvenes y crecerán.
Las canciones que canté... ¡cantándose seguirán!”


Uno de los momentos finales a su lado me marcó: mientras le daba un poco de té, de pie al lado de su cama, escuché un sonido en la puerta de entrada, como si alguien llamase de forma queda. Era un gato siamés, que todos los días acudía al jardín para echarse ante la puerta y que esta vez, golpeaba con su pata de manera insistente, como si llamase para entrar. Regresé al lado de mi madre y seguí dándole de beber ínfimos sorbos con un popote. Entonces ella, con un inmenso esfuerzo, estiró su mano derecha para hacerme cosquillas en el estómago, jugando conmigo como cuando era un bebé, tratando de hacerme sonreír. Ya no conseguí controlarme: terminé llorando a su lado, desconsolado. Ella me miró entonces: sus ojos denotaban un cansancio infinito. Vio mi rostro arrasado por las lágrimas, escuchó en mi garganta ese extraño aullido que el dolor bestial nos causa. Y siguió haciéndome cosquillas. La noche anterior a su partida, le canté una canción de cuna: la misma con que ella me arrulló de bebé tantas veces. Era ahora mi madre niña.

En 1913, el poeta japonés Saito Mokichi escribió:

“Mi madre, mi madre va a morir, mi madre con sus grandes pechos caídos que me dio la vida. Muere mi madre contemplada por dos golondrinas rojas en el travesaño del techo. Vino la gente a mirar a mi madre camino de la muerte, camino de la muerte. Una antorcha en mis manos para encender la pira de mi madre; los cielos, vacíos. Bajo el cielo estrellado cada vez más rojas las llamaradas; mi madre morera, quemándose. En las montañas comí brotes de bambú, ay madre morera, ay mi madre morera”.

Soy un hombre desencantado, un hombre que comprende lo finitos que somos, lo breve que es nuestra presencia en el Universo. No creo en una vida consciente después de esta, que implique memoria y reencuentro. Sé que mi madre y yo nunca volveremos a vernos. Paradójicamente, esta certeza del adiós definitivo es el único asidero, la única certidumbre ante el abismo insaciable y devorador que es la muerte. Nunca he sido bueno para decir adiós. Pero estoy consciente de que ahora, como en las líneas de aquel poema de Octavio Paz:


“Esto que digo es tierra
sobre tu nombre derramada:
blanda te sea”.




* Texto leído la mañana del 2 de junio de 2012, durante el entierro de Carmen Cecilia Meza, en el cementerio Bosques del Recuerdo.