La crueldad y la alegría. La historia de "Los Mataperros de Tepic"



“Aunque tuviera cien bocas y cien lenguas,
y mi voz fuese de hierro,
no podría enumerar todas las formas del crimen”.
Virgilio


I



En Tepic, Nayarit (México), cuatro adolescentes estaban destinados a cometer una atrocidad que escandalizó a la sociedad mexicana más que muchos crímenes cometidos contra seres humanos. Los jóvenes delincuentes eran Marco Antonio Bernal Ledón, Herber Prexady Flores Hernández, José Manuel Salmerón Campos y Ángel Marín González Ruiz, todos ellos con edades que oscilaban alrededor de los quince o dieciséis años. Los cuatro estudiaban la carrera de Ingeniería Automotriz en el Consejo Nacional de Educación Profesional Técnica (Conalep) de Tepic. Además trabajaban vendiendo lámparas. Se distinguían como buenos alumnos, obtenían calificaciones altas y las posteriores consultas psiquiátricas revelaron que ninguno de ellos había sufrido maltrato o violencia intrafamiliar. No utilizaban drogas y cuando todo ocurrió, ni siquiera habían consumido alcohol.

Todo eso no marcó ninguna diferencia.

Fue el sábado 27 de junio de 2009. Marco Antonio Bernal Ledón aseguró tiempo después que mientras él y sus amigos caminaban, un perro callejero trató de morderlos, así que decidieron matar al animal, aunque insistió en que antes trataron de comunicarse con la perrera municipal. Él y sus tres amigos buscaron y recogieron al perro. Lo metieron en un saco y lo llevaron a casa de Herber Prexady, golpeándolo en el camino.

Una vez en el patio del domicilio, instigaron a dos pitbull (raza de perros de pelea) a que mordieran al animal. Mientras esto ocurría, uno de ellos jalaba al perro de las patas traseras, para evitar que huyera y tratando de desgarrar más la carne. Luego de que los pitbull lo soltaron, lo tomó de la cola, alzándolo en vilo de ella, dándole una vuelta en el aire y azotándolo contra el suelo. Los perros volvieron a atacarlo, destrozándole a mordidas el hocico, las orejas y parte de la cara. Los adolescentes la emprendieron a golpes contra el animal: patearon su cabeza, su cuerpo, uno de los pitbull le mordió la pata delantera derecha y se la rompió, sacudiéndola además con su hocico. Para este momento los aullidos del animal eran desgarradores. Los jóvenes pusieron música de fondo; seleccionaron entre varias piezas hasta encontrar una canción que consideraron adecuada. Siguieron pateando al perro. Lo obligaron a ponerse de pie, y cuando trató de huir para refugiarse en una de las perreras de los pitbull, lo jalaron de la cola y lo lanzaron contra un árbol.

Tomaron una cadena. Le dieron de cadenazos. Hicieron que los pitbull volvieran a morderlo. Lo patearon otra vez. Lo azotaron de nuevo contra el piso. Con un palo empezaron a golpearlo; el perro seguía aullando de dolor. Le rompieron los dientes, le pegaron en las patas, el cuello y la cabeza. Le destrozaron el cráneo hasta matarlo. Grabaron todo en video y además tomaron más de cuarenta fotografías en alta resolución; durante el evento no dejaron de gritar, reírse a carcajadas, insultar al animal, darse ánimos unos a otros y dar indicaciones para que el perro no pudiera protegerse, ni huir, ni salvarse.

Desde que llegaron a la casa hasta la muerte del perro, sólo transcurrieron tres minutos.




II

El video completo


Era mayo de 2010. Durante varios días en la red social Facebook aparecieron comentarios acerca de este caso. Otras noticias ocupaban mi atención. Al principio supuse que se trataba de grupos que buscaban apoyo para crear un albergue destinado a los perros callejeros. Luego, alguien mencionó que en Nayarit habían torturado a un perro y filmado el evento. Busqué información en Internet y vi algunos fragmentos en un reportaje; sólo unos pocos segundos. Las imágenes me impactaron por su violencia.

Durante muchos años, mi interés por la historia criminal y mi actividad dentro de la criminología y el periodismo, me enfrentó a videos y fotografías explícitas. Eran grabaciones reales de magnicidios, accidentes, autopsias, asesinatos, crímenes de guerra, tortura, ejecuciones del crimen organizado, violencia contra animales, la mayoría de ellas mostrando la suciedad de la muerte y el dolor. Vi cientos de fotografías de las víctimas de asesinos en serie, muchos de ellos antropófagos, como Jeffrey Dahmer, Issei Sagawa o Andrei Chikatilo; la escena del crimen de Sharon Tate, el cuerpo partido de la Dalia Negra, las filmaciones de Auschwitz y otros campos de exterminio nazi, todas ellas chocantes, sangrientas, producto de acciones criminales o, en otros casos, de la crueldad bélica.

Lo que estaba a punto de ver era algo distinto. Lo ocurrido en Nayarit tomaba otro cariz. El reportaje que vi al principio contenía algunas entrevistas, aunque omitía las escenas más impactantes de la grabación original. Tuve la oportunidad de encontrar el video completo. Bastaron los primeros diez segundos para horrorizarme. Quité la reproducción. Algo latía en él, algo malsano. Una intuición profunda me indicaba que aquel video, de casi tres minutos de duración, me cambiaría, que me dejaría marcado. Pese a ello decidí que lo vería completo: intuía que necesitaba aquella clase de herida. Que aquel impacto me enseñaría algo, oscuro y profundo, que desconocía. Entonces lo vi. Muchas veces estuve a punto de detener la reproducción del video; no lo hice. Lo miré completo. Escuché con audífonos los gritos, las risas, la música de fondo, los aullidos y lamentos. El video me dañó, me dañó mucho. Hay eventos que nos tocan con una mano helada.

Y el mundo cambia para siempre.




III



Uno de los jóvenes subió el video y las fotografías a Facebook, porque “quería escuchar opiniones sobre él”; alguien lo encontró y lo publicó en YouTube. Una vez que los internautas lo descubrieron se volvió viral: comenzó el intercambio en línea y las muestras de horror, indignación y desprecio.

En toda la filmación de este sacrificio animal no hay un instante de piedad. Uno de ellos grita, feliz, cuando otro de sus amigos martiriza al perro: "¡Qué sádico!", celebrando su saña. “El video habla por sí solo, la forma en que lo hicimos, la forma en que festinamos”, dijo tiempo después Bernal Ledón a un medio de información.

El joven señalaría que subió el material a Facebook porque deseaba conocer el punto de vista de otras personas. Otro de los jóvenes confesó: “Como podrán ver, todo esto fue grabado con mi celular”, aunque Marco Antonio Bernal Ledón dijo que “fuimos por este joven para que lo grabara y tontamente se involucró, involuntariamente”.





¿Por qué documentar el horror y aún más, por qué darlo a conocer? Entre la filmación del acto y su difusión pasó casi un año. Durante ese tiempo, los cuatro adolescentes continuaron con sus vidas. Todo ese año, el video permaneció en su poder. ¿Cuántas veces lo vieron a solas cada uno de ellos? ¿Cuántas veces se reunieron a mirarlo? ¿Cuántas veces hasta conseguir ser indiferentes, cuántas hasta el momento de no verse afectados por las imágenes de ellos mismos cometiendo brutalidad tras brutalidad, en menos de ciento ochenta segundos? ¿Cuántas personas más vieron ese video en privado, invitados o convidados por ellos? ¿Por qué lo atesoraron, por qué nunca lo borraron?

¿En qué momento cuatro adolescentes cuyas vidas transcurren con normalidad, manifiestan y liberan la violencia que vive en ellos? ¿Qué mecanismos se activan para que, una tarde, los cuatro decidan realizar un festín sangriento y además documentarlo? Grabar el video fue un acto de fetichismo, una forma de retener con imágenes y sonido (y no sólo en la memoria) el acto cometido. Una manera de poder revivirlo cada vez que lo desearan, disfrutar de nuevo, fascinarse ante la propia crueldad, sentir el ambivalente orgullo de desaparecer al otro. Y ese orgullo fue el que los llevó a publicar el video. Las “opiniones” que deseaban escuchar eran de aprobación: que se les identificara con el estatus de asesinos. Que se les admirara y temiera, que alguien les preguntara cómo había sido, para poder mostrar lo duros que eran, lo importantes que se sentían, lo implacables que podían llegar a ser cuando necesitaban cobrar una supuesta afrenta. En su discurso ante las cámaras, la justificación del horror es un deseo de revancha: castigar una ofensa y no permitir que un enemigo tan poderoso y temible como un perro callejero quede impune.

En su entrevista, parecen esperar que alguien les pida: “Dime. Dime cómo lo hiciste. Dime qué sentiste. Dime lo grande que eres por torturar hasta la muerte a un animal indefenso”.




IV



La crueldad es siempre un acto de gozo. Nadie puede ser cruel si no lo disfruta. Herir a otro es un bálsamo, es la manera de demostrar algo, a los demás y a uno mismo. Es el resultado de un convencimiento: que el otro se lo merece. Que el otro se lo buscó. El victimario siempre asume una superioridad moral, por retorcida que pueda parecer. Es la mano inexorable del destino, el instrumento a través del cual se manifiesta una voluntad más grande: la del Yo interno que pide dolor, que se alimenta de sufrimiento, que anhela derramar sangre. Es la bestia interior, rabiosa y primitiva. Ser cruel es liberar una fuerza que no puede dominarse. Quien prueba la crueldad se vuelve adicto. Torturadores de todos los tiempos disfrutaron su labor. Miente quien afirma que sufrió al causarle daño a otro de manera voluntaria. La adrenalina, el empoderamiento, la embriaguez que acarrea la crueldad, es la principal causa de su existencia.

El Otro es despersonalizado, convertido en un objeto animado, un juguete viviente que recibe de lleno la explosión de nuestra violencia. Todo el rencor, la furia, el resentimiento, el anhelo de venganza, inclusive un malentendido deseo de justicia, se manifiestan cuando liberamos la crueldad. Es la agresión en su expresión más pura, porque es un acto gratuito y desproporcionado. Nos llena de calidez y alegría, por lo menos mientras lo estamos cometiendo.

Esa felicidad emana en los tres minutos del video; uno puede sentirla. Es la fiesta del sacrificio, el ritual de castigar por cualquier motivo, real o imaginario. Es además un festejo grupal, el evento gregario donde uno demuestra y se demuestra ser capaz de llegar hasta las últimas consecuencias. Por ende es un acto teatral, dramático, impostado en sus ropajes, aunque auténtico en su fría esencia. Torturar y matar es realizar una fantasía, la mayor de todas: el anhelo de destrucción que siempre habita en las entrañas y que desde pequeños se nos enseña a reprimir. Es abrirle la jaula a un demonio devorador que ha permanecido encerrado y encadenado, aunque siempre acecha, esperando el instante en que lo dejaremos salir.

Al terminar de ver la filmación, algo estaba roto en mi interior. Todos los postulados, las frases, los discursos acerca de la necesidad de actuar con justicia, de hacer cumplir las leyes, de tratar de comprender a los criminales, de escuchar su versión, perdían todo sentido. En tres minutos todo eso se redujo a polvo, eran frases hechas y argumentos huecos que respondían a una posición racionalista y que ante la visión de aquel acto sonaban casi insultantes. Lo que sentía y pensaba al concluir la reproducción de aquel video era rabia y una furia homicida. Mi único pensamiento era: “Deberían matarlos”. Quería hacerlo yo mismo y lo hubiera realizado con placer.

Hay personas que merecen morir. Y además merecen tener una mala muerte; una muerte dolorosa y lenta.




V



Nunca había comprendido, hasta ese instante, la energía que se libera cuando ocurre un linchamiento. Era un acto ajeno, que no encontraba eco en mi psique. El poder de la turba y sus motivaciones me era extraño. En un nivel racional, entendía los mecanismos que llevaban a ello: la indignación, el deseo de revancha, la sensación de injusticia, el anhelo de castigo, la felicidad de lo brutal. Los mismos elementos que posee el ejercicio de la crueldad. Al terminar de ver el video, experimenté la parte emocional. Hubiera apoyado a cualquier multitud enardecida que, portando antorchas, llevara a esos jóvenes a una plaza pública para ejecutarlos. Me hubiera dado gusto. Lo habría disfrutado.

    ¿Qué habían hecho aquellos cuatro adolescentes con su acto estúpido, que conseguían trastornarme de aquella manera? ¿Qué puntos vulnerables habían tocado, qué fibras internas insospechadas se agitaron? ¿Qué quebraron? Detestaba la clase de persona que hicieron aflorar en mí. Una sensación de asco y rechazo absoluto hacia ellos y sus acciones se agitaba en mi interior. Porque lo que demostraban no era otra cosa que el ejercicio puro y duro del mayor poder que un ser humano puede tener: el que nace de la absoluta impunidad. Inclusive el dictador, el tirano, el criminal de guerra, saben, en su fuero interno, que corren el riesgo de recibir, algún día, un castigo. Si su gobierno termina, si una revolución los derroca, si pierden una guerra, si la situación política, económica o militar cambia, existe siempre el riesgo de que sean aprehendidos, juzgados y condenados, asesinados, vilipendiados, exiliados. Y si alguien mata a un semejante, a un niño, a una mujer, a un anciano, a un hombre o a varios, es consciente de que existe la posibilidad de que tarde o temprano sea castigado, por la ley o la venganza.





Pero estos cuatro jóvenes intuían que su acto no tendría consecuencias, porque estaba dirigido contra un ser indefenso. Un ser que estaba en total y completa desventaja, pues enfrentaba a seis enemigos: cuatro seres humanos y dos perros de pelea. Un ser herido, humillado, maltratado, torturado hasta la muerte, sin posibilidad alguna de escapar, ni de ser defendido, ni de defenderse a sí mismo. Un ser cuya muerte ni siquiera estaba penada; porque cualquiera en México puede descuidar, maltratar, torturar y ejecutar a un animal sin enfrentar mayor castigo que una multa. Ante la ley, la vida de los animales es menos valiosa que el daño a un objeto. Si alguien conduce borracho y choca un automóvil, roba en una tienda o pinta un graffiti en un muro, va a prisión. Si alguien le da un puñetazo a otra persona, va a prisión. Si alguien vende una pieza arqueológica, va a prisión. Pero si alguien invita a sus amigos para torturar y matar a un animal, sólo paga una pequeña multa. Esos cuatro jóvenes estaban conscientes de que el suyo era un crimen sin consecuencias.

O eso creían.




VI





La escena más cruel de la película La Virgen de los Sicarios, basada en la novela de Fernando Vallejo, es el instante en que el joven asesino y su mentor encuentran a un perro malherido en un canal de desagüe. El chico, curtido en las lides del narcotráfico y el homicidio por encargo, es incapaz de dispararle al perro, ni siquiera para terminar con su sufrimiento. Es su viejo amigo quien termina con el dolor del animal y ese acto de piedad lo destroza. El perro ejemplifica una inocencia perdida en la Medellín de la década de 1980.

Ángel Marín González, uno de los cuatro adolescentes de Tepic, se justificó diciendo ante las cámaras: “Es que estamos chavitos”. La gente tenía otra opinión. Es obvio que la juventud no constituye una justificación del sadismo, la saña y la crueldad cometidas contra un animal indefenso. Su acto no tenía relación con la edad; para matar, cualquier edad es buena. Hay niños asesinos y ancianos homicidas.

Los Tribunales condenaron a los adolescentes a pagar una suma ridícula: $381.29 pesos. También a realizar un poco de trabajo comunitario regando plantas y a ir a visitar a una psicóloga para conversar con ella. Otra vez la estulticia de las leyes mexicanas. Otra vez la impunidad lacerante. Cualquier sanción que se les aplicara y no conllevase por lo menos la cárcel, era injusta.

¿Cómo estos muchachos podrían tener un futuro? Quedaron marcados para siempre. Internet, los periódicos, los noticieros de televisión, se encargaron de dar a conocer sus nombres, sus domicilios, sus rostros. Sobre todo, de difundir su bestial acto. No volverán, jamás, a vivir tranquilos. Muchos ciudadanos sólo esperaban a que el estado les quitara la protección para ir a cazarlos. La policía no podía protegerlos para siempre.

¿Y cómo alguien podría volver a confiar en ellos? ¿Cómo darles una segunda oportunidad a quienes, bajo la normalidad cotidiana y sin ningún tipo de historia familiar dolorosa o lacerante, fueron capaces de actuar de esa manera, sin mediar motivo alguno, más allá del disfrute de matar? ¿Quién los querría en una escuela como alumnos, quién les daría trabajo, quién se casaría con ellos? ¿Quién confiaría en que serán buenos padres y criarán bien a sus hijos? ¿Cómo se puede vivir en una sociedad civilizada después de cometer un acto así?

Su desesperada posición recuerda el caso de Robert Thompson y Jon Venables, “Los Niños Asesinos de Liverpool”, que secuestraron, torturaron y asesinaron a James Bulger, un niño de dos años. Su juicio, encarcelamiento, tratamiento psiquiátrico y liberación demostraron que un criminal de ese calibre no puede reformarse. Tras salir de la cárcel, el gobierno inglés les dio una nueva identidad y trató de protegerlos. Pasaron apenas unas semanas para que Jon Venables volviera a delinquir y fuera encarcelado de nuevo, por poseer pornografía infantil, y acosar a una chica y a su pequeño hijo. La mayor presión para los niños asesinos de Inglaterra era la sentencia popular que pesaba sobre sus cabezas: la madre de su víctima declaró en público que apoyaría a quien los matara. Y la gente deseaba que murieran. “La voz del pueblo es la voz de Dios”, clamaba Hesiodo desde el abismo de los siglos. Y ese pueblo que es y será siempre el mismo, no queda conforme con ciertas sanciones.




VII



Tres de los cuatro adolescentes concedieron una entrevista televisiva, destinada a justificarse. Mientras hablaban con el conductor del programa, era notorio que tenían una sola preocupación: que la opinión pública olvidara su acto. En sus declaraciones nunca hubo arrepentimiento por el animal sacrificado, sino miedo al rechazo social, temor a ser agredidos, a convertirse ellos en las nuevas víctimas propiciatorias. A sufrir lo que hicieron sufrir a otro.

Por eso pidieron perdón e inclusive llegaron a afirmar con cinismo, que ellos mismos estaban “indignados” por cómo habían actuado. Como si aquel crimen lo hubieran cometido otros y no ellos. Como si fuera algo ajeno, algo que no era responsabilidad suya. Como si al decir eso, enunciaran un mantra que conseguiría distanciarlos de sí mismos y de su pasado, y los colocaría del lado de la sociedad que ahora los señalaba. Un extraño desdoblamiento para poder ser, otra vez, victimarios, ahora de sí mismos y de sus propias acciones.

“Queremos volver a nuestra vida normal”, reclamaban. “Dennos una segunda oportunidad”. “Somos humanos y cometemos errores”. Frases huecas y lugares comunes, que sólo remarcaban y subrayaban el sinsentido de su acto. Porque martirizar a un ser vivo no es algo que se comete “por error”. Torturar no es algo que se olvida y ya, matar por placer no amerita segundas oportunidades. Hay actos que no merecen el beneficio del perdón. Esos jóvenes no robaron por hambre, no lesionaron por accidente, no rompieron un cristal o hicieron trampa en un examen. Ellos causaron un dolor atroz a otro ser vivo, prolongaron su agonía y le dieron una muerte vil. Y luego pidieron con cinismo que todo se olvidara y que no existieran las consecuencias. Siendo su único objetivo la justificación, sus respuestas durante la entrevista carecen de interés. En ellas no hay motivos reales o la búsqueda de comprender por qué se actuó de cierta manera; sólo el temor a ser segregados y la urgencia de enterrar un hecho vergonzante de su pasado: el equivalente simbólico a deshacerse con rapidez de un cadáver.

El director de la escuela donde cursaban sus estudios los expulsó y su acción fue aplaudida, por ser congruente con la manera en que una institución educativa debe proceder en casos así, sin intentar encubrirlos o deslindarse del asunto. La gente fue hasta sus domicilios para apedrear sus casas. Los medios de información acudían a entrevistarlos y el hecho se convirtió en una noticia a nivel nacional e inclusive internacional. La condena fue unánime. La policía tuvo que asignarles protección, pues sabían que la gente los lincharía en cuanto los encontrase. La madre de Ángel Marín declaró a una reportera de la televisora TV Azteca: “No doy entrevistas porque no obtengo ningún beneficio”. Luego añadió que no entendía por qué tanto escándalo, si se trataba sólo de un perro. Que a diario muchos perros morían atropellados y nadie decía algo. Su justificación era patética, aunque comprensible; no es fácil ser la madre de un monstruo.

¿Qué pensaría en realidad la familia de estos jóvenes? ¿Cuál era el sentimiento de sus padres, qué sintieron al ver el video? ¿Soportaron verlo completo? ¿Desviaron la mirada de la pantalla? ¿Lo vieron con ellos?

Hacia el exterior, mostraban enojo e indignación, se comportaban como se esperaba que procedieran: regañando a sus hijos, reconviniéndolos, amonestándolos, siendo estrictos pero justos. Apoyándolos frente a la indignación social, como se supone que los padres deben hacerlo.

Pero cuando los miraron a los ojos y descubrieron que se trataba de seres extraños y ajenos, ¿sintieron temor o repulsión? ¿Los recordaron en una escena de su video, festejando de manera enloquecida el dolor y la muerte? ¿Se reprocharon por ya no poder confiar en ellos, por mirarlos con suspicacia, por no creerles? Cuando esos padres estuvieron a solas, antes de dormir o despiertos en la madrugada, ¿qué pensaron? ¿Tuvieron miedo de los entes que engendraron? ¿Trataron de entender qué pasó, se preguntaron en qué fallaron como padres? ¿Sintieron la vergüenza de defender lo indefendible, de tener que dar la cara ante la sociedad? ¿Fueron conscientes de que sus hijos son unas malas personas?





VIII

La entrevista completa


Dice el criminalista y criminólogo Robert K. Ressler, fundador de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI, creador del concepto de “asesino en serie” y quien elaboró los perfiles de los peores criminales del siglo XX:


Los asesinos en serie comienzan matando y torturando animales cuando son niños o jóvenes. Estos estudios han convencido a los sociólogos, los legisladores y las cortes, que los actos de crueldad contra los animales deben merecer nuestra atención. Estos son los primeros síntomas de una patología violenta, que incluye víctimas humanas. El abuso animal es no sólo el resultado de un defecto menor de la personalidad del abusador, sino un síntoma de un profundo disturbio mental.


Las investigaciones de la psiquiatría y la criminalística muestran que quienes cometieron actos de crueldad contra los animales no pararán ahí, muchos de ellos agredirán después a otros seres humanos. El FBI ha encontrado que la historia de la crueldad contra animales es uno de los rasgos que con regularidad aparece en sus bases de datos, cuando revisan los antecedentes de violadores o asesinos en serie. Además el Manual de Psiquiatría y Desórdenes Emocionales lista la crueldad contra los animales como un criterio de diagnóstico para los desórdenes de conducta:


Un examen a pacientes psiquiátricos que han torturado gatos y perros, encontró que todos ellos tenían altos niveles de agresión contra la gente. Para los investigadores, la fascinación con la crueldad hacia los animales, es un foco rojo en las vidas de los violadores y asesinos en serie. Fueron niños que nunca aprendieron que está mal arrancarle los ojos a un perro.


La mayoría de la sociedad mexicana de 2010, habituada a las balaceras entre narcotraficantes y militares, a las ejecuciones diarias, a las decapitaciones, a los homicidios sin resolver, se volvió cínica y endurecida. La violencia cotidiana insensibilizó a gran parte de la gente. Leer encabezados acerca de cadáveres desmembrados tirados en calles y carreteras dejó de causar impacto. Inclusive los secuestros y posteriores asesinatos, la negligencia en casos criminales, las violaciones cometidas por soldados, o los abusos sexuales contra niños perpetrados por sacerdotes pederastas, no lograron una respuesta homogénea y unánime de la sociedad. Porque el elemento político o religioso siempre permeaba, un tufillo a partidismo que enrarecía toda discusión y toda acción sobre estos temas, convirtiendo los discursos en tendenciosos.

Y de pronto, la muerte brutal de un perro callejero movió a miles de personas, las unió pese a sus diferencias políticas, religiosas, sociales, económicas, geográficas. De pronto, hasta viejos enemigos apoyaron la misma causa. De pronto, todos se movilizaron bajo una bandera que nada tenía que ver con la suciedad de la política, ni siquiera con una injusticia cometida hacia otro ser humano. De pronto, todos se manifestaban en distintas formas contra la ejecución de un ser que jamás pudo formar parte de camarillas, grupos de poder, corrientes ideológicas o clases sociales. Alguien que tuvo el poder para unir a la gente, quizás porque no era humano.

El de Nayarit no era, ni con mucho, el primer caso de brutalidad contra animales ocurrido en el país. Unos jóvenes de la Ciudad de México entraron en 2007 a un refugio de animales llevando unas tijeras de podar y les cortaron las patas a todos los perros que encontraron allí. En Puebla y Sinaloa otros jóvenes torturaron y mataron perros, y en Ciudad Madero, Tamaulipas, un adolescente llamado Luis Jeovany Quezada Rangel amarró a un perro callejero a un poste, lo roció con gasolina y le prendió fuego, quemándolo vivo; un amigo suyo grabó todo en video y también lo subió a Internet. Tras sufrir la condena pública, dio de baja su correo electrónico, abandonó la escuela, se refugió un tiempo en casa de un amigo suyo llamado Óscar y después desapareció; se rumoró que su familia lo envió a otro estado.

Lo ocurrido en Nayarit caló hondo en el imaginario popular. Algo encajó en la psique colectiva, algo en este caso revolvió los estómagos y las conciencias para unir a muchas personas. Se formó así un movimiento en defensa de los derechos de los animales, que aglutinó no sólo a la sociedad de Tepic, sino a los habitantes del estado de Nayarit primero; luego a gente de todo México; y al final, a personas de varios países del mundo, entre ellos Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, España, Canadá, Francia, Holanda, Bélgica, Brasil, Chile y Argentina.

El perro sacrificado fue bautizado como “Callejerito”, un nombre cursi y ramplón, que de pronto convertía la indignación por aquel acto en una escena de telenovela. El apelativo lo volvía personaje de un poema decimonónico: tratando de mostrar ternura, transmitía puerilidad y chabacanería. La obsesión mexicana con las ternezas baratas y los diminutivos se impuso. Después, alguien le compuso una canción. No se daban cuenta de que nombrarlo lo convertía en otra cosa: una gran parte de su fuerza radicaba en su anonimato de perro callejero, que simbolizaba a todos los animales maltratados. A las víctimas, inclusive humanas, de la violencia gratuita.

Quizás el mayor golpe mediático fue la aparición del caso en un foro de la página oficial de Paul McCartney, quien aprobó la difusión en su website de ese lamentable hecho. El ex Beatle era vegetariano y defensor de los animales desde muchos años atrás, y había vetado a China de sus giras a causa del maltrato hacia los animales practicado de manera sistemática en aquel país asiático. Su conversión inició un día de pesca, al descubrir que el pez atrapado boqueaba con desesperación y sufría tras ser herido por el anzuelo.

Los nayaritas consiguieron reunir, en un solo día, un documento con cinco mil firmas pidiendo una Ley Federal para proteger los derechos de los animales y aplicar mayores sanciones a los maltratadores. El Secretario General de Gobierno de Nayarit, Roberto Mejía Pérez, anunció que se endurecería la Ley de Protección a la Fauna para evitar el maltrato y asesinato de animales. Se organizó además un movimiento internacional que convocó a realizar marchas en todas las ciudades del mundo el sábado 22 de mayo de 2010.

Pero nada de eso podía borrar el sufrimiento, el dolor, el terror y la muerte que ocurrieron en esos tres minutos a causa de cuatro adolescentes.








IX



Los jóvenes torturadores se convirtieron en los más buscados. Se formaron foros en Facebook condenándolos. Mucha gente ofreció recompensa a cambio de diferentes cosas: que alguien les cortara los dedos, que los secuestraran y arrojaran a los pitbull, que los torturaran, que los mataran. Se proporcionaron direcciones de correo electrónico para contactar a los que ofrecían diferentes cantidades económicas, que fluctuaban entre $2,000 y $10,000 pesos, a cambio de los asesinos, vivos o muertos. La ciudad de Tepic amaneció cubierta por carteles con las fotografías, los nombres y las direcciones de los cuatro jóvenes criminales, ofreciendo recompensa por ellos e instigando a la gente a matarlos.

Nadie intuía que los casos de menores homicidas tomarían fuerza en los años siguientes. Uno de los más publicitados fue el de Edgar Jiménez Lugo “El Ponchis”, un niño drogadicto de doce años de edad, que se desempeñaba como sicario de un cártel de la droga. Torturó y ejecutó a veinte personas; algunas perecieron colgadas del techo por las muñecas y golpeadas a palazos, reventando sus cuerpos como si fueran piñatas vivientes antes de prenderles fuego. Con ayuda de sus hermanas, desmembraba los cadáveres y los envolvía en bolsas de plástico, para luego tirarlos en diferentes sitios o enterrarlos en fosas clandestinas. Junto con otros niños, grababa videos documentando sus actividades criminales, publicándolos luego en Internet. En 2010 fue identificado, perseguido y arrestado por el ejército cuando intentaba huir a Estados Unidos; para entonces tenía catorce años de edad.

En 2013, Ana Carolina López Enríquez, de diecisiete años de edad, planeó y ejecutó el asesinato de sus padres con la ayuda de unos amigos, en Chihuahua; su finalidad era robarles dinero y quedarse con su casa. Otro caso ocurrió en 2015: cinco niños, también de Chihuahua, en grupo torturaron, mataron y enterraron a Christopher Raymundo Márquez Mora, de seis años de edad, bajo el pretexto de que estaban “jugando al secuestro”. Dos de las homicidas eran niñas. Una de ellas, Valeria Janeth Coronado, fue quien instigó a los otros chicos y actuó con más crueldad contra el menor. Tras sacarle los ojos, sepultaron el cuerpo y le colocaron encima un animal muerto, para que el olor confundiera a la gente y no se dieran cuenta de que allí estaba el cadáver del pequeño.

Atentar contra la vida sin ningún otro motivo que la diversión es un acto aberrante, condenable bajo cualquier óptica. Argumentar que darle un duro castigo a un infractor es convertirse en su igual, soslaya que el criminal cometió un delito y que su castigo está respondiendo a ese acto. Un crimen es gratuito, un castigo es compensatorio. La pena de muerte no es un acto intimidatorio, ni su finalidad es prevenir otros delitos similares; se instaura y aplica para castigar delitos graves, que atentan contra la vida o la integridad física de las personas.

El miedo a ser injustos nos ha llevado a la permisividad. Hay delincuentes comprobados: secuestradores, torturadores y homicidas que documentan con fotos y videos sus crímenes, los cuáles no deben quedar libres y a los que de ninguna manera es posible reformar o reinsertar. La gravedad de sus actos no permite exculparlos. Buscar motivaciones, averiguar sus historias de vida, definir qué influyó para que cometieran un acto así, sirve para propósitos de conocimiento y prevención: tiene un valor académico y criminológico, pero nunca debe usarse como una justificación de su violencia. ¿Por qué la sociedad debe cargar con el costo económico y social de mantener en prisión a un criminal violento durante veinte, treinta, cuarenta años, en vez de ejecutarlo? ¿Por qué debe asumir el riesgo cuando es liberado? ¿Por qué un torturador o un asesino tienen derecho a la vida y sus víctimas no?

Estamos habituados a ser socialmente correctos; a no señalar al otro y a velar por los derechos de los criminales, más que por los derechos de las víctimas. Hemos olvidado que hay actos que no pueden ser justificados. Que hay delitos que nos lesionan como sociedad y como seres humanos. Que existen crímenes que deben ser castigados con ejemplaridad. Y que si un sistema de justicia estatal no responde a esa necesidad, corre el riesgo de verse rebasado.








X

Los carteles





En su poema “Los Justos”, el escritor argentino Jorge Luis Borges afirma:

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando al mundo.





En esta historia, nadie acaricia a un animal dormido. Estas cuatro personas, las que cometieron ese acto, están, por el contrario, condenando al mundo. La afirmación de Hannah Arendt acerca de la banalidad del Mal viene a mi mente. Ella la mencionó después del juicio de Adolf Eichmann, cuando uno de los principales artífices y ejecutores del genocidio nazi tomó tal distanciamiento de sus actos, que demostró la escasa importancia que otorgaba a un crimen de tales proporciones. Pienso en Eichmann y pienso en Josef Mengele, dos hombres tan similares y tan diferentes: el primero, un operador eficiente y eficaz, distanciado de su labor exterminadora, cumpliendo horarios y cuotas de cadáveres; el segundo, un sádico atormentador que disfrutaba ejercer el poder sobre la vida y la muerte, sobre el dolor y la agonía, aplicando la crueldad y gozando con su encomienda, siendo deseado y admirado por las mismas mujeres a quienes torturaba.

Pienso además en el pueblo alemán bajo el régimen nacionalsocialista; personas normales de familias normales, que acudían a sus trabajos, consistentes en torturar personas por centenares, ejecutarlas en grupo, procesar sus cuerpos para elaborar productos y quemar los despojos convirtiéndolos en cenizas, antes de reiniciar el proceso, una y otra vez, todos los días, durante años, en una cadena de montaje diseñada para tal fin. Una actividad monótona, como ensamblar autos o empaquetar zapatos.

Y pienso en estos cuatro adolescentes, que jamás imaginaron que el martirio de un anónimo perro callejero tendría tan fuertes repercusiones. Que torturaron y mataron, y después siguieron como si nada con su cotidianeidad, yendo a la escuela, saliendo con sus amigos, riéndose y divirtiéndose, durmiendo y comiendo con tranquilidad, con un secreto guardado, siempre un secreto gozoso y violento, preciado y malévolo. Un secreto que decidieron revelar para quizás, sin darse cuenta, comenzar a pagar esa terrible cuota de sangre que destrozó tantas vidas.


Este texto obtuvo el Premio Nacional de Periodismo 2015, otorgado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), Editorial El Salario del Miedo y Editorial Almadía.