La visita de la vieja dama



Inquietante la obra de teatro La visita de la vieja dama, de Friedrich Dürrenmatt, montada por la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana (ORTEUV). Inquietante porque, bajo la apariencia de una comedia, se esconde en realidad una escalofriante alegoría de la naturaleza humana.

Afirmar que el retorno de Claire Zachanassian a su pueblo es un ajuste de cuentas sería una perogrullada; ¿no acaso todo retorno lo es? Lo inquietante es la propuesta emitida ante los famélicos habitantes de su terruño: una donación de mil millones (la mitad para las autoridades y la mitad para repartirse entre los habitantes) a cambio de una palabra manida e inaprensible: justicia. Que en este caso es más una venganza.

La afrenta a la anciana millonaria se remonta a cuatro décadas atrás. Alfred, su amante de juventud, es el perpetrador de un acto ruin que la conduce al periplo al final del cual, paradójicamente, la aguarda la fortuna. Claire es echada del pueblo, embarazada y vilipendiada, para convertirse en prostituta y luego, por caprichos de los dioses, erigirse en millonaria. Dueña del pueblo que la vio nacer, colapsa la economía del lugar para forzar a sus habitantes a considerar la oferta que la tiránica anciana lanza a la mitad de un homenaje: mil millones si alguien ejecuta a su ex amante. La propuesta, unánimemente rechazada por el populacho, termina sin embargo corroyendo los principios de todos y cada uno de ellos. Frente a ellos está un futuro de miseria; la solución: una vida de bajo nivel a cambio de un mejor nivel de vida. El ambiente se va enrareciendo a medida que todos caen en la compulsión consumista, intuyendo que al final tomarán la decisión que cambiará para siempre sus vidas.

El mensaje subyacente es siniestro: la única salida de la miseria es la corrupción, y un crimen compartido es más llevadero. El lenguaje de la masa se transforma: de los discursos airados defendiendo la vida de Alfred, hasta aquellos que justifican el deseo de “justicia” de la vieja dama y legitiman, de esta manera, el crimen. El linchamiento es solamente cosa de tiempo y cuando este ocurre, ni siquiera provoca una reacción de repulsa en la turba que aglutina necesidad y codicia. Tan sólo la alegría cuando el alcalde recibe el cheque prometido a cambio de un cadáver, para el cual se ha preparado un ataúd desde la llegada de Claire al pueblo.

El papel de la prensa en la obra es clarificador: no buscan la verdad ni aspiran a la objetividad, sino responden a la novedad y al blof. Obedecen a intereses más altos que el humanismo pregonado por la maestra del pueblo y del cual ella misma abjura para perorar sobre la justeza de Claire al reclamar la muerte de Alfred.

Un trasfondo social muy delicado aparece a cada momento. Claire, la vieja dama, es en realidad la voz del poder, y el poder es siempre la capacidad para causar daño y destrucción: nunca lo contrario. La voz de la anciana es la del resentimiento que no sabe de perdones: una revancha social que justifique los dolores padecidos a nivel personal. Es una esquizofrénica que le promete a su amante que, cuando finalmente la turba lo mate, lo llevará a su propiedad a orillas del Mediterráneo, a un mausoleo construido especialmente para él. La vieja dama, esa puta paupérrima con ínfulas de reina del mundo y la locura megalomaníaca en su discurso, simboliza a la vieja Europa y aún más, a la vieja Alemania. Los habitantes del pueblo son entonces émulos de los alemanes seducidos por el discurso nazi, tras la crisis nacional que siguió al Tratado de Versalles. Y el ex amante condenado será el chivo expiatorio, el cordero del sacrificio necesario para tener el pase a un mundo mejor: “la culpa de todo es de los masones, los comunistas y los judíos”, como se proclama en uno de los primeros diálogos de la obra.

Ante la posibilidad de una mejoría en las cosas, el crimen está justificado. Alfred es entonces el pretexto para iniciar el sendero de la destrucción: hoy se dispone de una vida, mañana de miles de ellas. Y cuando Loby y Koby (esas mascotas humanas que la vieja dama lleva como peritos falderos) proclaman alegremente y a voz en cuello: “La vieja dama nos cortó los huevos y nos sacó los ojos”, lo que están diciendo en realidad es: “Nos quitaron el valor y nos cegaron a la realidad”. Y ese Poder que los emasculó y cegó es a quien terminaron sirviendo, cooptados por el palo de quien ahora les proporciona el pan.

Alfred acepta su destino con la resignación y la entereza de quien sabe que es inútil desafiar a un poder capaz de devastar o mejorar la economía. Porque el interés real es ese: la mejora económica. Y los habitantes del pueblo acceden a la riqueza antes de acceder al dinero: compran a crédito porque todos conocen, tácitamente, que Alfred está condenado desde el momento en que Claire lanzó su oferta. La vieja dama, conocedora de la naturaleza humana y sus mezquindades, permanece solamente esperando a que los demás transiten de la indignación al homicidio, de la condena a la complicidad, de la pobreza a la riqueza. Del humanismo a las verdades económicas.

La utilización del lenguaje para disfrazar con eufemismos lo que es injustificable, nos remiten a los días en que toda una sociedad (y los integrantes de muchas sociedades más) consideraron que los beneficios bien valían doblar y modificar la moral predominante. La respuesta final es Auschwitz. El virus que corrompe se instala en la colectividad porque entre todos es más fácil justificar lo que sea. Y ese pueblo natal de la vieja dama, con su presumible tradición de solidaridad y sus ínfulas de paraíso olvidado, termina volviéndose el huevo de la serpiente, la cuna siniestra donde se incubará el Mal. Corrompidos, todos los poderes fácticos ceden ante mil millones de razones: el cura del pueblo que representa a la Iglesia, el policía que simboliza la legalidad, la maestra que enseña a las nuevas generaciones, la enfermera que alivia el dolor, la familia de Alfred que deberían defenderlo, los medios de comunicación que deforman una historia y la transmiten tergiversada y manipulada, el alcalde que le propone a Alfred que se suicide y que luego preside el juicio donde el destino del viejo tendero está sellado de antemano.

“¿Quién mató al Comendador? / Fuenteovejuna, señor”. Pero el sentido de justicia del linchamiento en la obra de Lope de Vega se trastoca aquí y es sustituido por la codicia y la aceptación del “mal menor”. En un lugar donde la pena de muerte ha sido abolida, sólo queda actuar en las sombras, tal y como lo hacen todos los habitantes del pueblo, que sacrifican alegremente a uno de los suyos a cambio de la mejora material.

Quizás no sea posible conservar integridad y obtener al mismo tiempo la mejora material. Cualquier político sabe que la mentira y el engaño son intrínsecos a su labor y que la verdad (o lo que se supone lo es) nunca es conveniente. ¿Es reprochable la actitud de los pueblerinos o está plenamente justificada? ¿Vale más la existencia de un individuo que la mejora de toda una colectividad? Esta pregunta queda respondida en La visita de la vieja dama de manera tajante: no lo vale. Los intereses de la manada son siempre más importantes que la integridad de uno de sus miembros. Y algo aún más relevante: los intereses del Poder son siempre más convincentes que cualquier remedo de moral. En este sentido, La visita de la vieja dama es un respiro y una bocanada de aire muy, muy fresco entre las historias maniqueas sobre los valores humanos. Es la celebración de la mascarada y los puntos sobre las íes del Viejo y del Nuevo Orden Mundial.

Participan Lisa Owen, Francisco Beverido, Jorge Castillo, Carlos Ortega, Rogerio Baruch, Marco Rojas, José Palacios, Gema Muñoz, Rosalinda Ulloa, Héctor Moraz, Juana María Garza, Raúl Santamaría, Raúl Pozos, Hosmé Israel, Valeria España, Liliana Eselente, Guadalupe Balderas, Luz María Ordiales, David Landa, Alba Domínguez, Miriam Cházaro, Freddy Palomec, Karina Meneses y Luisa Garza. Dirige Alberto Lomnitz.